Hace 137 años José Batlle y Ordóñez fundaba El Día. Sus propósitos eran bien distintos y más apremiantes que los de nuestra hora. En su momento había mucho por hacer: de entrada, después de derrotada la Revolución del Quebracho, batir a la dictadura de Santos por otro medio. Y con suerte, construir su tiempo.
El Día, hoy, encuentra a sus lectores en el período de estabilidad institucional más largo que haya vivido el país, y con un mapa político que dista mucho del bipartidismo construido en los siglos 19 y principios del 20.
No obstante, muchas de las corrientes de pensamiento que existían dentro de las dos colectividades que construyeron el Uruguay contemporáneo subsisten en la actualidad. Conviven –algunas veces desdibujadas– en varios partidos y sectores que conforman las dos coaliciones que compiten por el poder y que parecen consolidarse como bloques políticos en el futuro inmediato.
La miríada de lemas, sublemas, sectores, subsectores que integran el sistema político nacional difuminan sus diferencias en la apelación a la conciencia o la emoción, lo que dificulta —felizmente— el encasillamiento del colectivo en compartimientos estancos. Nuestro pueblo es plural.
Si alguna línea clara habría que trazar, sin duda, es la que divide a los demócratas de quienes no lo son. Que los hay, los hay. Y llegado el caso, en la profundidad de su ser o en la concreción de su obrar, se les nota. A esos no destinamos nuestra prédica, salvo para prevenirnos de sus designios ulteriores.
Creemos que en la normalidad de este tiempo el contenido noticioso de El Día.uy debe ser independiente, fomentando el sentido crítico mediante información veraz. Nos aterran, y a evitarlo dirigimos nuestro esfuerzo, las concepciones maniqueas y las descalificaciones idiotizantes.
Por eso insistimos en la educación como condición imprescindible y concomitante a cualquier esfuerzo para mejorar la condición social. El progreso económico nunca será suficiente si nuestra gente no es capaz de mantener sus logros en momento de crisis, cuando las habilidades individuales son la última tabla de salvación.
Nuestra línea editorial responde a convicciones republicanas y democráticas. Aspiramos a que el colectivo, cualquiera sea su preferencia política, goce de las máximas libertades y derechos y encuentre en el gobierno la defensa a los más vulnerables, la nivelación de las oportunidades y el acicate a la iniciativa individual, promoviendo el esfuerzo propio.
Creemos que es deber del Estado impulsar, regular, corregir el mercado y esforzarse para que el punto de partida en la carrera de la vida sea igual y justo para cada hombre y para cada mujer. Y esperamos que pacto social se cumpla: si el Estado perfeccionó aquel cometido igualador, esos hombres y mujeres han de estar a la altura, siempre hacia un mejor destino, nunca a la mediocridad complaciente.
Los propósitos de Batlle, entonces, eran bien distintos. Los objetivos de su idea, por el contrario, continuan vigentes e imperecederos. Como Vesta, cuidamos su llama.


