África es el continente con mayor diversidad lingüística y étnica del planeta. Cuando esas rivalidades quedan partidas por una frontera artificial, el conflicto suele adquirir dimensión internacional.
Como explica Seth Frantzman en The Jerusalem Post, las fronteras de Somalia —como las de muchos países de África y Medio Oriente— están profundamente arraigadas en la era colonial. En numerosos casos, las potencias europeas ocuparon esos territorios durante períodos relativamente breves, a veces de apenas algunas décadas.
Las autoridades coloniales trazaban líneas sobre mapas que no respondían necesariamente a realidades históricas, étnicas o culturales. Cuando esos imperios se disolvieron, especialmente a partir de la década de 1960, los nuevos Estados quedaron atrapados dentro de fronteras impuestas.
Las actuales fronteras africanas fueron delineadas en gran medida por Francia y el Reino Unido, con aportes de Alemania, Portugal, España y otras potencias menores. El resultado de esa intromisión europea fue la unificación forzada de regiones diversas bajo banderas comunes.
Desde entonces, cada vez que un Estado o un grupo armado intenta modificar su división territorial, se le acusa de violar el “derecho internacional”, que en la práctica suele significar la intangibilidad de fronteras trazadas por Europa entre 1890 y 1960.
Italia había invadido Somalia y Etiopía en la década de 1880. Fue derrotada por las fuerzas locales en 1896, pero volvió a ocupar la región durante la era fascista. En 1941, el territorio pasó a manos británicas. Las fronteras modernas de Somalia y Etiopía se explican en gran medida por ese período histórico.
Somalilandia se ubica entre Etiopía y Somalia.
El historiador Eric Hobsbawm relataba en 1994 que en Somalia existían entonces sesenta y dos partidos políticos, cada uno representando a una tribu o clan.
Somalilandia británica fue independiente por un breve lapso en junio de 1960. Esa independencia duró apenas cinco días: se fusionó con la Somalia italiana, también recién independizada. Fue una unión de la que muchos somalilandeses se arrepintieron casi de inmediato, según consignó la BBC.
De este modo, Somalilandia formó parte de Somalia únicamente entre 1960 y 1991.
Somalia fue armada primero por la Unión Soviética, cuando el emperador de Etiopía —su rival histórico— se alineaba con Estados Unidos, y luego por los estadounidenses, cuando Etiopía cambió de bando tras el derrocamiento de su autócrata en 1974.
Las tensiones internas comenzaron casi de inmediato tras la aprobación de la ley que fundó la República de Somalia. El 20 de julio de 1961, apenas un año después de su creación, se celebró un referéndum para redactar una nueva Constitución. Pese al rechazo mayoritario de los somalilandeses, el texto fue aprobado y se convirtió en la carta magna de la naciente república.
En 1967 Abdirashid Ali Shermarke fue electo presidente y nombró primer ministro al somalilandés Mohamed Haji Ibrahim Egal. Dos años más tarde, Shermarke fue asesinado por su propio guardaespaldas, en un episodio que derivó en un golpe de Estado liderado por el general Mohamed Siad Barre, quien se hizo con el poder. Somalia pasó entonces a denominarse República Democrática de Somalia.
Años después, Barre inició una guerra con Etiopía y en 1988 ordenó el bombardeo de Hargeisa, capital de Somalilandia.
Durante ese período, la fuerza aérea somalí llevó a cabo bombardeos masivos sobre Hargeisa, causando la muerte de miles de civiles y la destrucción parcial de la ciudad. Un informe encargado por las Naciones Unidas y publicado a comienzos de este siglo concluyó que “el crimen de genocidio fue concebido, planificado y perpetrado” por el gobierno somalí contra el pueblo isaaq en el norte del país entre 1987 y 1989.
El militar marxista-leninista no solo generó rechazo en Somalilandia, sino en todo el país, y ese malestar desembocó en una revolución. “Cuando me vaya de Somalia, dejaré edificios, pero no gente”, prometió Barre a fines de la década de 1980, según la BBC.
Tras varios años de una guerra sangrienta, Siad Barre fue derrocado en 1991, lo que dio paso a una prolongada guerra civil. Ese mismo año, Somalilandia declaró su independencia, pero la comunidad internacional la obligó a permanecer dentro de las fronteras heredadas del período colonial.
La falta de reconocimiento internacional constituye una de las muchas hipocresías de las Naciones Unidas. El secesionismo genera temor entre numerosos Estados miembros. Paradójicamente, la Autoridad Palestina se manifestó en contra del reconocimiento que Israel otorgó a Somalilandia hace pocas horas.
Los países occidentales tampoco se muestran proclives a avalar cambios territoriales. “Tenemos muchos intereses en África y no queremos irritar a los países del continente. Solo reconoceremos a Somalilandia si antes lo hace la Unión Africana”, afirmó en 2016 a Swissinfo.ch el exdiplomático francés en la región, Alain Peloux.


