En un artículo publicado el 6 de enero de 2026 en Washington Examiner, en la sección de política exterior y defensa, el analista Michael Rubin sostiene que el presidente Donald Trump considera al príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman —conocido como MBS— como uno de sus amigos extranjeros más cercanos.
El Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita también ha invertido hasta 2.000 millones de dólares en Affinity Partners, la firma de inversión propiedad de Jared Kushner, yerno de Trump.
Tradicionalmente, los presidentes estadounidenses realizan su primer viaje oficial al exterior a México, Canadá o Europa. Trump, sin embargo, rompió esa costumbre durante su primer mandato y eligió Arabia Saudita como su primer destino internacional, donde se reunió con Mohammed bin Salman.
Esa decisión enfureció a sectores progresistas de Estados Unidos y Europa, que buscaban convertir al líder saudí de facto en un paria internacional por su presunto papel en el asesinato del opositor saudí Jamal Khashoggi, columnista de The Washington Post.
A los realistas, en cambio, no les preocupó. Comprendieron lo que muchos activistas por la democracia y los derechos humanos no supieron ver: Mohammed bin Salman podía ser un reformista, pero una monarquía absoluta reformada no equivale a una democracia.
Bin Salman no percibe contradicción entre abrir el país a los extranjeros y ampliar ciertos derechos a las mujeres, por un lado, y encarcelar o torturar a sus opositores en el Ritz-Carlton, por otro.
Trump instó activamente a Bin Salman a sumarse a los Acuerdos de Abraham y se mostró frustrado por su persistente negativa a normalizar relaciones con Israel.
En paralelo, Bin Salman fue recibido con honores en Moscú, intercambió visitas con Xi Jinping y firmó acuerdos multimillonarios con China. Asimismo, alcanzó entendimientos no solo con la República Islámica de Irán, sino también con los hutíes.
Yemen del Sur fue un Estado independiente entre 1967 y 1990, alineado con la Unión Soviética en plena Guerra Fría.
Según informó France 24, la semana pasada aviones saudíes atacaron a las fuerzas del Consejo de Transición del Sur (CTS), un grupo secesionista respaldado por Emiratos Árabes Unidos.
El ataque marcó una nueva escalada en un conflicto que evidencia la creciente divergencia entre dos antiguas aliadas del Golfo en Yemen.
Emiratos Árabes Unidos había anunciado previamente su retirada de Yemen tras un ultimátum saudí, episodio que dejó en evidencia el deterioro de la relación bilateral. Las diferencias también se reflejan en la coordinación dentro de la OPEP, donde ambos países ejercen una influencia decisiva sobre la política petrolera global.
A comienzos de diciembre, fuerzas del CTS ocuparon por sorpresa varias provincias estratégicas, ricas en petróleo y fronterizas con Omán y Arabia Saudita. Riad respondió bombardeando un envío de material bélico de origen emiratí, acusando directamente a Abu Dabi de respaldar la ofensiva.
Emiratos Árabes Unidos se retiró tras recibir un ultimátum, y posteriormente el gobierno yemení recuperó el control de los territorios perdidos.
En el escenario yemení, además del gobierno reconocido internacionalmente, los hutíes y las fuerzas del sur, emerge un cuarto actor: la Congregación Yemení por la Reforma (Al Islah), es decir, la rama local de la Hermandad Musulmana. Se trata de una de las facciones más radicalizadas del movimiento, con presunto financiamiento de Qatar y Turquía, relaciones ambiguas con Arabia Saudita y vínculos especialmente tensos con Emiratos Árabes Unidos.



