o por qué celebramos una vuelta al sol mientras miramos para otro lado
La fiesta de fin de año es, si uno se detiene a pensarlo con la seriedad que merece una sidra tibia, un fenómeno inexplicable. Celebramos que la Tierra completó otra vuelta alrededor del Sol, algo que hace puntualmente desde hace millones de años, sin aplausos, sin brindis y sin necesidad de ropa blanca. Y sin embargo, ahí estamos: emocionados, conmovidos, prometiendo cambios profundos porque el calendario decidió cambiar de número. El tiempo no cambió. Nosotros tampoco. Pero el almanaque hizo clic y eso, en Uruguay, amerita asado.
Desde una perspectiva ligeramente intelectual —pero no tanto como para arruinar la fiesta— el Año Nuevo es apenas una convención arbitraria, una superstición laica aceptada por consenso. Nada empieza realmente. Nada termina del todo. Pero fingimos que sí, porque el ser humano necesita excusas para comer como si el cuerpo no tuviera consecuencias. Y ahí aparece ella: la parrilla. No como utensilio, sino como eje civilizatorio. El fuego une más que cualquier pacto social. Y en la parrilla, como en la política, hay jerarquías claras. La carne principal tiene su prestigio. Pero las verdaderas vedettes del fin de año son las achuras. Y entre ellas, el choto.
El choto es curioso. Está. Se cocina. Se sirve. Pero nadie lo mira demasiado. Es silencioso. Discreto. Acompaña sin protagonizar. Y ahí es donde el choto deja de ser gastronomía y se convierte en categoría política. Porque este año hemos visto emerger una figura fascinante: el militante choto. Aquel que antes gritaba. Que denunciaba. Que marchaba. Y que hoy, ante los tarifazos de OSE, UTE, ANTEL y la elegante devolución de FONASA, mastica en silencio. Está en la parrilla política. Se calienta. Pero no chisporrotea.
El agua sube. La luz sube. Las comunicaciones suben. La devolución baja. Y el choto militante observa, con mirada filosófica, como diciendo: —“No es lo mismo, pero es parecido.” Antes era indignación. Ahora es comprensión técnica. Antes era lucha. Ahora es contexto. El choto no confronta. Acompaña.
No se trata de criticar por criticar. Se trata de señalar que el silencio también es una postura política, aunque venga envuelto en papel aluminio. El choto militante no se quema. No se pasa. No se rebela. Cumple su función: estar, llenar el plato, no arruinar la fiesta. Y así llegamos al brindis. A la promesa vacía. Al “el año que viene veremos”. El calendario vuelve a girar. La parrilla se apaga. Las tarifas siguen. Y el choto…sigue callado.
Y cierro, como corresponde, con una frase que Batlle y Ordóñez jamás dijo, pero que hoy explica mucho:
“Las revoluciones se anuncian con discursos,
pero los silencios también gobiernan…
especialmente cuando están bien asados.”
Feliz Año Nuevo.
Que el tiempo siga girando.
Y que, alguna vez, alguien se anime a hablar, aunque se queme un poco.


