o cómo indignarse correctamente sin esfuerzo intelectual
Hay indignaciones que nacen del alma y otras que vienen con manual de uso. La del conflicto entre Estados Unidos y Venezuela pertenece claramente a la segunda categoría: indignación ideológica con garantía, vencimiento y repuestos originales.
De pronto, la izquierda regional —esa que suele andar distraída cuando la represión no habla inglés— descubrió la palabra soberanía. La encontró en un cajón, al lado de un póster del Che y una bandera que solo se despliega cuando el villano usa traje azul y estrellas blancas. Porque claro: Estados Unidos mete la cuchara en Venezuela y se arma el escándalo moral. Columnas, comunicados, ceños fruncidos, y el clásico “¡Yanqui go home!”, pronunciado desde un iPhone fabricado en China y con petróleo comprado en dólares.
Ahora bien —pregunta ingenua de Clodomiro—: ¿Dónde estaban esos mismos indignados cuando en Venezuela se reprimían protestas? ¿Cuando hubo presos políticos? ¿Cuando se suspendieron las garantías? ¿Cuando las elecciones se parecieron más a una obra de teatro que a una democracia? Ahí, curiosamente, la soberanía estaba ocupada, no atendía llamados.
El petróleo venezolano en manos de Estados Unidos es, según el relato progresista, una obscenidad geopolítica. Pero cuando ese mismo petróleo estuvo —o está— bajo la órbita de Rusia, Cuba o Irán, el tema se volvió súbitamente complejo, delicado, lleno de matices… y digno de un prudente silencio. Porque no es lo mismo imperio que “aliado incómodo”. No es lo mismo dominación que “acompañamiento estratégico”. Y no es lo mismo intervenir que “solidaridad internacional”. Todo depende del acento del que manda.
Lo más encantador del debate es el recuerdo selectivo. Muchos de los que hoy rasgan vestiduras por la no injerencia extranjera fueron los primeros en pedir ayuda internacional durante la última dictadura uruguaya. Y con razón, dicho sea de paso. Pero entonces la pregunta cae sola, como empanada mal cerrada: ¿La ayuda extranjera es mala siempre o solo cuando viene del país equivocado? Porque además, pequeño detalle histórico: fue un gobierno de izquierda el que llamó a George W. Bush para pedir ayuda en el conflicto con Argentina. Sí, Bush. El mismo Bush. El de Irak, el del imperio, el del mal… pero útil cuando el vecino te corta los puentes.
Las declaraciones recientes del Frente Amplio sobre Venezuela son un ejercicio admirable de orfebrería política: hablan de Estados Unidos, de imperialismo, de petróleo… pero logran omitir la palabra “dictadura” con una elegancia que ya quisiera un contorsionista del Circo del Sol. Ni una mención clara a Maduro como autócrata. Ni una condena sin asteriscos. Ni un “che, acá también hay un problema”. Es la izquierda del sí, pero, del no, aunque, del esto es grave, pero miremos para otro lado.
Mientras tanto, el Partido Colorado aparece celebrando la captura de Maduro. Sí, celebrando. Como si de repente se hubiera despertado con vocación de sheriff hemisférico. Entonces Clodomiro se frota el bigote y se pregunta: ¿Es esta la nueva derecha? ¿El Partido Colorado se volvió una especie de Fox News con acento rioplatense? Porque una cosa es denunciar dictaduras —bien— y otra muy distinta es festejar operaciones militares como si fueran goles en el Centenario.
Conclusión (inevitablemente incómoda):
1 – La izquierda se indigna selectivamente
2 – La derecha festeja apresuradamente.
3 – La soberanía se usa como comodín retórico.
4 – Y la coherencia sigue sin aparecer, declarada en rebeldía desde hace años.
Y cierro —como corresponde— con una frase que Batlle y Ordóñez nunca dijo, pero que hoy vendría bárbaro: “Nada debilita más una causa justa que defenderla solo cuando conviene.” Dicho esto, apago la radio internacional, sirvo un mate con carqueja y espero la próxima indignación… que seguramente llegará puntual, ruidosa y perfectamente incoherente.
Epílogo
Manual rápido para indignarse sin pensar
Para quienes quieran sumarse al debate sin el desgaste de la reflexión, Clodomiro ofrece este práctico instructivo de verano:
1 – Si Estados Unidos aparece en la noticia, indignarse. No importa el contexto.
2 – Si la represión no es en inglés, relativizar. Decir “es complejo”.
3 – Nunca usar la palabra dictadura si el dictador dice “compañero”.
4 – Invocar la soberanía solo cuando la viola el país incorrecto.
5 – Citar a Batlle y Ordóñez únicamente cuando no pueda desmentirnos.
6 – Terminar con un comunicado, aunque no sepamos bien qué pasó.
Cumpliendo estos pasos, el ciudadano indignado podrá participar del debate público sin leer, sin incomodarse y sin traicionar su coherencia… porque nunca la tuvo.
Y ahora sí, para cerrar con humor batllista adulterado, algo como: “La política internacional, decía Batlle —o podría haber dicho si hubiera tenido Twitter—, es demasiado seria como para dejarla en manos de quienes solo leen titulares.”
Clodomiro se retira entonces, no porque el tema se haya agotado, sino porque la indignación del día ya fue servida y mañana habrá otra, con distinto villano y la misma falta de memoria.



