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Montevideo
Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
jueves, enero 22, 2026

Decir que el mundo está pendiente del resultado de las elecciones en Venezuela, quizá resulte exagerado. El mundo en el que vivimos tiene una amplia oferta de tragedias sobre las que   preocuparse. Tampoco es cuestión de calificar los motivos por los que muchos pueden estar preocupándose por Venezuela. Es claro que entre los muchos encontraremos a un número mayor de interesados antes que preocupados. El régimen venezolano tiene todas las características propias del realismo mágico y el colorido del folklore caribeño. Un líder fuerte que irrumpió en la siesta conformista del país e intentó hacerse del poder por la fuerza, al tiempo que proclamaba las aspiraciones más caras de las mayorías. El intento fracasó, pero no fue en vano. Pese a que se hiciera todo lo posible por sacarlo de la troya, consiguió ser candidato y arrasar en las elecciones. Hugo Chávez supo representar los anhelos de un pueblo que veía como Venezuela era devastada por partidos políticos desdibujados después de la virtual desaparición de sus partidos tradicionales. Entonces, sin el marco de organizaciones políticas serias, la democracia venezolana inició su agonía en la la corrupción, la politiquería sin rumbo y los partidos marketineros vacíos de ideas. Sin embargo, el mal ya estaba hecho y la solución no era aquel extravagante caudillo. La corrupción y los candidatos shampoo suelen conducir a los pueblos a soluciones indeseadas. Para evitarlas hay que reaccionar antes, cuando el sistema aún funciona. Después siempre será demasiado tarde.

Chávez construyó un régimen autoritario al que fue remendando, calafateando y moldeando. Modificó la constitución, refundó instituciones y vació la economía para cumplir sus sueños mesiánicos. Su personalidad -pese a los excesos- blindó ese proceso. Cuando la crisis económica estalló y la agitación social y política se desató, el 11 de abril de 2002 se produjo un golpe de estado. Chávez fue derrocado y a los dos días lo restituyeron las fuerzas militares leales. Este episodio marcaría el curso de los acontecimientos futuros. ¿Qué se negoció durante esas cuarenta y ocho horas? Lo que hoy se puede afirmar es que a la popularidad del líder se le sumó una cúpula militar en calidad de socia. La muerte de Chávez y el ascenso de Maduro no alteraría esa fórmula. El tema son los militares y con ellos se negocia o se los derrota en el idioma que entienden mejor. Parece que el mejor camino es evidente.

El gobierno de Venezuela ha sido dirigido desde entonces por los militares y una gavilla de arribistas, fanáticos y narcotraficantes. Maduro es el líder fatal signado por un casi único destino posible: salir del Palacio de Miraflores con los pies para adelante o rumbo a alguna prisión en Estados Unidos. El pajarito de Chávez se ha volado y dejó en su lugar la sombra de Noriega.

La oposición no es mucho mejor. Sus primeros afanes no iban más allá de la restauración de aquella política anodina y ladrona. Después vino el mamarracho del supuesto “presidente encargado” Juan Guaidó. Ese show esperpéntico no solo fue impulsado por la oposición, también contó con el respaldo, apoyo y reconocimiento de varios países. España, Francia, Reino Unido, Alemania y, por supuesto, Estados Unidos, respaldaron ese intento por derrocar a Maduro. Tal como lo calificara la BBC, Estados Unidos buscó una victoria “barata” ante un desgastado Maduro. El problema es que el desgaste de Maduro se podía aliviar con clientelismo populista y sostenerse con represión. El intento fue un completo fracaso. No solo no se logró el objetivo buscado, sino que se empujó al régimen a los brazos de los enemigos geopolíticos de Estados Unidos.

A las elecciones del pasado domingo se llegó a través de negociaciones para aliviar las sanciones impuestas a Venezuela por Estados Unidos. La condición para ofrecer dicho alivio era la convocatoria a elecciones libres, transparentes y sin exclusiones. Nada de esto ha sido conseguido y el juego pareciera volver al punto de partida.  Lo triste es que cada fracaso tiene un alto costo en vidas, las sanciones que sobrevienen recaen sobre la sufrida población y la angustia por la sobrevivencia hacen que Venezuela arriesgue cada vez más en el tablero geopolítico. Así como está la situación -con Maduro arrinconado entre la condena internacional y sus propios generales- no se puede esperar otra cosa que algún temerario e irresponsable movimiento.

En este estado de las cosas, los países de América Latina deberían llamarse a la prudencia máxima. Sin embargo, dejando a la diplomacia -ya bastante enclenque- sobándose su cirrosis en los cocktails, los presidentes se dedican a hacer prensa para defender al régimen o para atacarlo en función de un cúmulo de intereses ajenos a la cuestión de fondo. Todos hablan según sus intereses locales. Convierten a la crisis venezolana en una puja local con sus adversarios de turno. Todos corren a pronunciarse para no darle ventajas al competidor del barrio, al enemigo geopolítico o para buscar una revancha de antiguos pleitos ideológicos. Y así se consigue mucho ruido, mucha prensa, pero ningún avance o contribución a la solución del conflicto. Al final uno no sabe si es puro cinismo o la primitiva pobreza intelectual que nos viene de Macondo.

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