¿Y si homenajeamos a Batlle?

Que José Batlle y Ordóñez es parte de la matriz uruguaya no debiera ser discutible. Pruebas al canto: que un expresidente nacionalista haya mencionado en una reunión de políticos de pensamiento económico liberal la importancia del Estado en amparar a los ciudadanos que le necesitan para gozar verdaderamente de su libertad (“hacerle piecito”, fue la referencia), o que un expresidente tupamaro, en la casa del Partido Colorado afirmase que era “blanco hasta Batlle” evidencia aquello de la “batllidad” oriental que tantas veces mencionáramos en esta tribuna.

En la gran mayoría de colorados, batllistas y no batllistas, seguramente será posible encontrar la influencia de Don Pepe en su su línea de pensamiento —o por lo menos así debería ser—.

Así que celebrar un nuevo aniversario del nacimiento del líder colorado más importante de todos los tiempos no supondría un gran esfuerzo a pesar de los años transcurridos desde su llegada al mundo, no importa cuántos ya, una vez que su pensamiento, acción y realización se han incorporado no sólo a la historia, sino, además, al sentir nacional.

Sin embargo, la pregunta del título cabe. En un mundo de fricciones donde el blanco y el negro se ha colado en el espíritu que promueve la tolerancia, desplazando la discusión racional, es homenajear a Batlle insistir en uno de sus legados más importantes, lograr la igualdad de los ciudadanos a partir de la educación, condición sin la cual la igualdad de oportunidades sería apenas un enunciado. Sin educación poco espíritu crítico habrá.

Es pertinente la interrogación del título cuando año tras año nos enfrentamos a informes devastadores en materia penitenciaria, donde nuestro país no logra superar situaciones que parecen negar algunas de las causas que motivan nuestro orgullo. En un país que superó la barbarie de la pena de muerte, que la privación de la libertad suponga un empeoramiento personal tanto para adolescentes como para jóvenes adultos, no es admisible. Los uruguayos, políticos y ciudadanos, deberíamos preocuparnos en zanjar las diferencias que nos han impedido hasta ahora concretar políticas públicas en esta materia. Otro homenaje pendiente.

Y también podemos cuestionarnos si a un hombre de verbo, acción y realización, lo homenajeamos lo suficiente cuando no hemos sabido garantizar a la población la seguridad que le permite vivir su vida con libertad, en el sentido amplio de su ejercicio. Son demasiados años de una limitación evidente que continua a pesar de que la academia y la evidencia marcan caminos donde las diferencias políticas deberían ceder ante la gravedad del tema.

Ahora, para colorados, para batllistas, permítasenos algunas reflexiones que sin duda conectan con las metas que no se han alcanzado y cuyo logro constituiría un homenaje sincero a un reformador. Nuestra colectividad hace 20 años que no gobierna y su devenir viene siendo discutido con bienvenido énfasis luego de estas últimas elecciones departamentales y locales en que el partido obtuvo unos resultados vergonzosos.

Más allá de las causas, que las hay muchas, y que van desde malas estrategias electorales, pérdida de identidad partidaria, disfunciones organizacionales, desconexión con el electorado, lo cierto es que parecería ser que una de las líneas directrices del coloradismo insiste en la práctica de lo que, a nuestro juicio, es pronóstico de nuevos fracasos: perseverar con la concretización de una nueva estructura política que garantice una coalición en la cual somos socio minoritario.

En esa estructura, en la que hemos participado sin suerte tanto en el ámbito municipal como nacional, nada, más allá de la difuminación política, parece aventurar un futuro mejor. Un futuro en que los colorados dirijan el gobierno.

A estas alturas un verdadero homenaje a Batlle dentro del partido sería reexaminar la historia que convirtió a nuestra colectividad en un partido de masas que oyó, integró y representó al pueblo  de una forma innovadora, diferente, auténtica. Y con la modestia del caso, contraponerla a la realidad actual.

Porque no basta con rasgarse las vestiduras ante la derrota y abandonar la nave tras una carrera sin protagonismo real o complacerse con algún cargo en el gobierno al que no se dirige. Ni es suficiente como meta impedir la victoria de un partido sin sumar para el propio.

Lo que realmente vale la pena —el homenaje a la figura señera de don Pepe— es la valentía de analizar si seguimos siendo lo que éramos y nos destacaba. Si cumplimos con la esencia que garantizaba triunfo tras triunfo electoral. Y como seguramente no será así, tener la valentía de cambiar.