Hace veinte años, cuando el Dr. Jorge Batlle ya había culminado su presidencia, solía juntarse con un grupo de jóvenes interesados en política, dando una especie de pequeñas clases de ciencia política. Históricamente lo había hecho, pero ahora era ex presidente. Un lujo. En una de esas charlas, nos dijo:
“Vayan y lean a Batlle”, en referencia a José Batlle y Ordóñez.
Según su visión, en las ideas de Batlle y Ordóñez residían las claves del éxito político colorado del pasado y también del futuro.
En el contexto actual, puede afirmarse que para algunos sectores Batlle y Ordóñez es una figura distante o poco vigente frente a las nuevas demandas ciudadanas. Sin embargo, volver a sus fundamentos filosóficos permite comprender con claridad las bases republicanas, liberales y sociales sobre las que se construyó el Uruguay moderno.
Tal como expone el libro de Jorge Buscio, José Batlle y Ordóñez, el pensamiento batllista se nutrió de grandes tradiciones filosóficas: Kant, Krause, Ahrens, entre otros. Estos autores definieron al Derecho y al Estado como espacios de libertad compatibles con la justicia y el bien común. Desde la Ilustración, fueron moldeando la arquitectura filosófica de un sistema republicano que Uruguay adoptó con singular madurez.
El pensamiento occidental ha elaborado, a lo largo de siglos, un legado que sigue vigente: desde Platón y Aristóteles, pasando por el humanismo cristiano de Tomás de Aquino, la Modernidad con Locke, Descartes, Rousseau, Montesquieu, Kant, Fichte, Schelling, Krause, Ahrens, Tiberghien, hasta culminar en figuras como Batlle y Ordóñez.
La tradición ilustrada sentó las bases conceptuales de la libertad moderna.
Kant definió el Derecho como: “el conjunto de condiciones por las cuales el libre albedrío de cada uno puede coexistir con el de los demás, según una ley general de libertad.”
Touchard agregó que: “la única forma política que responde a ese fin es la forma republicana (opuesta a la despótica), que implica mecanismos concretos como el sistema representativo y la separación de poderes.”
Krause sostuvo que: “El Estado tiene la misión de mantener todo el desarrollo social en la senda de la justicia y de asegurar a todos los ámbitos del destino humano los medios necesarios para su perfección.”
Y anticipaba: “Lejos de hallarse en decadencia, la humanidad apenas ha entrado en la edad de la juventud; comienza recién a adquirir conciencia de su objeto social. Le espera todavía un gran perfeccionamiento.”
Ahrens, discípulo de Krause, afirmaba: “Es necesario que el Estado se desprenda de formas de centralización mecánica y burocrática tan opresivas para la libertad.”
Y advertía que la libertad, por sí sola, no resuelve todos los problemas de la sociedad, por lo cual el Estado debe asumir un rol activo para garantizar el orden, la justicia y el bien común.
En definitiva, hay siglos de reflexión filosófica donde ampliar lo ya discutido se torna una tarea por demás ardua si de creatividad se trata.
En contextos sin globalización, pero con universidades como nodos de pensamiento, estas ideas circularon y germinaron. Su influencia práctica en los Estados ha sido persistente y profunda. En base a estas ideas se crearon sistemas de derecho, constituciones y normas, formas de Estado y formas de gobierno. Y durante estos dos siglos —con desafíos— hemos ido puliendo el sistema republicano.
¿Y ahora? El desafío de hacer frente al presente, en tiempos de modernidad líquida, exige una gestión pragmática, eficaz y con fundamentos.
En Uruguay nos encontramos en los tiempos de exigir gestión y resultados positivos. En eso, los ciudadanos parece que no estamos conformes.
Resultados en educación, en desarrollo social y económico, en seguridad, en seguridad social, en acceso a la vivienda, en buenos trabajos privados. En todo esto no estamos, ni debemos estar, conformes. Hay una carencia de resultados positivos en la gestión. Primer debe y desafío.
En esta nueva era —marcada por transformaciones aceleradas, inteligencia artificial y desafíos globales—, no se trata de redescubrir viejas ideas, sino de aplicarlas con lucidez a los retos contemporáneos.
El camino es claro: reformas. Avanzar hacia un Estado eficiente, desburocratizado, con una educación estable, una justicia fortalecida y una agenda de reformas que mire al futuro y abierto al mundo sin perder sus raíces. La Inteligencia Artificial es ya una realidad de rápido aterrizaje que se incorporará como herramienta de gobierno. El futuro es gobierno con inteligencia artificial. Sin dudas.
Respecto de las reformas necesarias no hay líder que lo haga, o no existe o no desea pagar el costo político que el sistema demanda.
Uruguay no puede permitirse correr detrás del mundo. Debe estar a la vanguardia.
Y esa vanguardia solo será posible si se construye sobre cimientos filosóficos sólidos, conjugando tradición y modernidad, identidad y transformación.
El listado de reformas existe; lo tienen los técnicos. Lo saben los políticos. Falta capacidad, voluntad y coraje. Poca cosa…
Los cambios vendrán de la mano de la sociedad cuando esté dispuesta a avanzar en ese sentido. Vendrán de la mano de nuevas generaciones que lean el lenguaje de la modernidad de su era y de la mano de la libertad.
El desarrollo fue posible y es una realidad para algunos. Debe ser para todos y más rápido.
La idea de la libertad no es nueva, solo hay que redescubrirla. Lean a Platón y a los otros. Batlle lo hizo.



saludos estimado amigo .YO SERIA ATREVIDO SI OPINO A ESTE EDITORIAL
SOLO PUEDEDO SALUDAR SU TRABAJO .