En la mañana uruguaya del 26 de enero, el moderno Estado de Israel recuperó a su último secuestrado, Ran Gvili. A los efectos teóricos, doy por concluido el conflicto y retomo una reflexión filosófica crítica sobre la estatalidad del sionismo. El espacio en la prensa escrita es tirano; no pretendo, por tanto, hacer perder tiempo al lector.
Analizaré a dos pensadores que, como yo, se opusieron a los Estados Nación: Hannah Arendt y Karl Popper.
En una entrevista televisiva realizada un año antes de su muerte, Hannah Arendt (1906-1975) explicaba las principales diferencias entre un Estado federal como Estados Unidos y el modelo estatal finalmente adoptado por el sionismo en la Tierra de Israel-Palestina.
Estados Unidos —decía Arendt— no es un Estado-nación. No está unido por herencia, recuerdos, suelo, lengua ni origen identitario. Los únicos norteamericanos originarios son los pueblos aborígenes; todos los demás son ciudadanos. Lo que une a los estadounidenses es la aceptación de la Constitución. Para alemanes o franceses, la Constitución puede ser un simple texto jurídico modificable; en cambio, en Norteamérica es casi un documento religioso, el recuerdo permanente de un acto fundacional considerado sagrado.
Ese acto consistió en reunir a un conjunto de minorías étnicas provenientes de diversas regiones, sin nivelar ni anular sus diferencias.
Los padres fundadores se concentraron especialmente en preservar los derechos de las minorías, convencidos de que en un cuerpo político sano debía existir una pluralidad de opiniones.
Israel, por el contrario, es un Estado-nación. Su actitud hacia los árabes nativos dependió en gran medida de una identificación instintiva y poco reflexiva de los judíos fundadores, en su mayoría provenientes de Europa Central.
Para Theodor Herzl y Bernard Lazare, el origen judío tenía un significado político y nacional: no concebían un lugar para los judíos en el mundo si el pueblo judío no se constituía como nación.
Arendt escribía en 1946, en El Estado judío cincuenta años después, que el sionismo podía inscribirse entre los numerosos “ismos” de la época, cada uno de los cuales pretendía explicar la realidad y predecir el futuro sobre la base de leyes históricas supuestamente irresistibles. Al igual que otros movimientos contemporáneos, como el socialismo o el nacionalismo, nació de un entusiasmo genuino por la política, pero compartió con ellos el destino de haber sobrevivido a las condiciones políticas que lo hicieron posible.
Según esta concepción, la nación es entendida como un organismo eterno, producto de un desarrollo natural inevitable de cualidades innatas; los pueblos no son organizaciones políticas, sino personalidades sobrehumanas. En este sentido, y casi desde el inicio, la desgracia del proyecto de un hogar nacional judío fue ir acompañado de una ideología nacionalista centroeuropea. Por razones ideológicas, los sionistas desdeñaron a los árabes palestinos, que habitaban un territorio concebido como vacío, para que encajara en sus ideas preconcebidas de emancipación nacional.
El movimiento político-ideológico sionista recibió un fuerte espaldarazo tras la catástrofe europea, pero ese impulso lo impregnó de elementos no deseados. Para muchos judíos que atravesaron esa experiencia, todos los gentiles pasaron a ser indistinguibles de los perpetradores del crimen. De allí surgió el deseo de emigrar a la Tierra de Israel-Palestina: no porque imaginaran que allí estarían seguros, sino porque querían vivir entre judíos, ocurriera lo que ocurriera.
Lo que los sobrevivientes del Holocausto anhelaban por encima de todo era el derecho a morir con dignidad: en caso de ser atacados, hacerlo con las armas en la mano. Desapareció —probablemente para siempre— la preocupación básica que acompañó a los judíos durante siglos: sobrevivir a cualquier precio. En su lugar emergió un rasgo nuevo y esencial: el deseo de dignidad a cualquier precio.
Los sionistas están convencidos —y así lo han expresado reiteradamente— de que el mundo, la historia o una moral superior les deben una reparación por las injusticias sufridas por los judíos durante dos mil años, y en particular una compensación por la catástrofe de los judíos europeos. A juicio del sionismo, ese crimen no fue exclusivamente obra de la Alemania nazi, sino de todo el mundo civilizado. Los árabes palestinos replican, en cambio, que dos injusticias no producen justicia alguna y que ningún código moral puede justificar la persecución de un pueblo para reparar la persecución de otro.
Israel puede convertirse en un factor relevante para el desarrollo de Oriente Próximo, pero siempre seguirá siendo una pequeña isla en medio de un mar árabe. El judaísmo, a diferencia del cristianismo, no es únicamente una fe: es una religión nacional en la que religión y nación coinciden.
A los 14 años, Arendt le dijo a su maestro de judaísmo que no creía en Dios. Él respondió: “Nadie te lo pide”.
En la entrevista concedida a Roger Errera y Jean-Claude Lubtchansky, Arendt concluyó: Israel es el representante del pueblo judío en el mundo; que eso nos agrade o no es otra cuestión.
Para Karl Popper, el nacionalismo halaga nuestros instintos tribales, nuestras pasiones y prejuicios, así como el nostálgico deseo de liberarnos de la responsabilidad individual.
Desde Alejandro de Macedonia en adelante, todos los Estados civilizados de Europa y Asia adoptaron la forma de imperios compuestos por poblaciones de origen profundamente entremezclado.
El nacionalismo resurgió a mediados del siglo XIX en una de las regiones más heterogéneas de Europa: Prusia, que entonces contaba con una considerable población eslava. Así, hace menos de doscientos años, el principio del Estado-nación fue reintroducido en la teoría política. Pese a ello, a mediados del siglo XX ya se encontraba tan difundido que suele darse por sentado, muchas veces sin plena conciencia de ello.
Desde entonces constituye un supuesto tácito del pensamiento político popular. Muchos lo consideran incluso el postulado básico de la ética política, especialmente a partir del bienintencionado —aunque poco reflexionado— principio de la autodeterminación nacional promovido por Woodrow Wilson.
Resulta difícil comprender cómo alguien con un conocimiento mínimo de la historia europea —marcada por desplazamientos, mezclas tribales e innumerables oleadas de pueblos— pudo haber propuesto un principio tan impracticable. Wilson, demócrata sincero, cayó víctima de un movimiento surgido de una de las filosofías políticas más reaccionarias y serviles jamás impuestas a la humanidad.
El principio del Estado-nación, es decir, la exigencia de que el territorio del Estado coincida con el de una nación, no es en absoluto tan evidente como suele parecer hoy. Incluso si todos supieran con precisión qué quieren decir al hablar de nacionalidad, no estaría claro por qué ese concepto debería aceptarse como categoría política fundamental, por encima de otras como la religión, el territorio, la lealtad dinástica o un credo político —como la democracia, que bien podría considerarse el factor unificador de la políglota Suiza—.
Mientras que la religión, el territorio o el credo político pueden definirse con cierta claridad, nadie ha logrado explicar qué es una nación de manera tal que ese concepto sirva como base de la política práctica. Si se afirmara que una nación es simplemente el conjunto de personas que viven o han nacido en un determinado Estado, la dificultad desaparecería, pero ello implicaría abandonar el principio del Estado-nación, que exige que sea la nación la que determine al Estado, y no a la inversa.
Ninguna teoría que sostenga que una nación se define por un origen común, un idioma común o una historia común resulta aceptable o aplicable. El principio del Estado-nación no solo es inaplicable: nunca ha sido concebido con claridad. Es un mito, un sueño irracional, romántico y utópico.
Bibliografía
Hannah Arendt, Una revisión de la historia judía y otros ensayos, Paidós, 2005.
Entrevista de Roger Errera y Jean-Claude Lubtchansky a Hannah Arendt, disponible en YouTube.
Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos.

