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Sobre la Violencia (III)
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Sobre la Violencia (III)

En este periplo que iniciamos hace algunas semanas, nos hallamos a la deriva, flotando en las aguas tumultuosas de la incertidumbre que envuelve a la violencia. Nos sumergimos en las profundidades de su existencia, indagando en el porqué de su arraigo, un arraigo que parece encontrar su morada, sin apenas excepción, en los más vulnerables de entre nosotros. Este viaje introspectivo nos llevó a contemplar, desde la dolorosa perspectiva de Auschwitz, la urgente necesidad de evitar que tales horrores se reproduzcan, una urgencia que abrazamos a través de la mirada filosófica penetrante de Adorno.

 

Después, como buceadores en las aguas turbias del psicoanálisis de Freud, trazamos un marco conceptual para comprender las subjetividades que nos atraviesan en el laberinto de una cultura que, con frecuencia, nos reprime. Esta represión, a su vez, genera un malestar interno, una tormenta emocional que, en ocasiones, se manifiesta en la forma de violencia objetiva. Nos sumergimos en las profundidades de nuestra psique colectiva, explorando cómo las cadenas invisibles del inconsciente influyen en nuestra interacción con el mundo que nos rodea.

 

El aporte de Primo Levi

 

En las entregas previas, nos sumergíamos en la complejidad del contexto histórico, sugiriendo una suerte de carencia de responsabilidad individual en medio de las turbulentas corrientes del tiempo. Para enriquecer y profundizar aún más nuestro análisis, resulta esencial adentrarnos en el sugerente concepto del hombre gris propuesto por Primo Levi.

 

Levi fue un escritor y químico italiano de origen judío, nacido el 31 de julio de 1919 en Turín, Italia, y fallecido el 11 de abril de 1987 en la misma ciudad. Es ampliamente reconocido por su testimonio y literatura relacionados con el Holocausto y su experiencia como prisionero en el campo de concentración de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Su vida dio un giro dramático cuando, en 1943, fue arrestado por su participación en la resistencia antifascista. Fue deportado a Auschwitz en 1944, donde pasó un año en condiciones extremadamente precarias y peligrosas. A pesar de todo, sobrevivió y fue liberado en 1945. Después de la guerra, Primo Levi regresó a Turín y retomó su carrera como químico. Sin embargo, su experiencia en Auschwitz lo llevó a escribir de manera extensa sobre el Holocausto y sus reflexiones sobre la condición humana. En su obra “Los hundidos y los salvados” (1986) presenta una reflexión a propósito de la naturaleza de la crueldad humana y la moralidad de los individuos en los campos de concentración desde una mirada profunda a las dinámicas sociales y psicológicas en dicho entorno.

 

Levi, como sobreviviente del Holocausto, utiliza el término “hombre gris” para referirse a aquellos prisioneros de los campos de concentración que se adaptaron a la vida en el campo y participaron en la opresión de sus compañeros. Estos hombres, en apariencia insignificantes y débiles, se convirtieron en instrumentos de violencia y opresión. El “hombre gris”, según la perspectiva del autor, no es un ser completamente ajeno a la ética o desprovisto de responsabilidad, sino más bien un individuo que se mueve en la penumbra moral, adaptándose a las circunstancias extremas de su entorno. Este concepto emerge de la experiencia única de Levi en Auschwitz, donde la supervivencia implicaba, en muchos casos, ceder a la brutalidad circundante y adoptar una posición de aparente conformidad para evitar la atención no deseada.

 

En el tejido de la narrativa de Levi, el “hombre gris” representa la adaptación pragmática a un entorno deshumanizado, donde las decisiones morales son sometidas a una presión insoportable. Este término encapsula la ambigüedad moral y las difíciles elecciones que algunos individuos enfrentaron en condiciones extremas. No es una exención de la responsabilidad, sino una exploración de los límites éticos en situaciones límite, donde las nociones convencionales de bien y mal se desdibujan.

 

Al incorporar el concepto del “hombre gris” a nuestro análisis a propósito de la violencia, ampliamos la perspectiva sobre la responsabilidad individual en contextos históricos adversos. Ahora, nos enfrentamos a la complejidad de las decisiones tomadas en medio de la adversidad extrema, reconociendo que, incluso en las sombras más oscuras de la historia, persisten matices éticos que desafían nuestras concepciones convencionales de la responsabilidad. Este enfoque nos invita a examinar más a fondo la complejidad humana en tiempos de crisis, sin simplificaciones excesivas ni juicios apresurados.

 

En el prisma de la percepción de Levi, una posible explicación del porqué la violencia se cierne sobre los más vulnerables radica en la dinámica de poder. Quienes ostentan posiciones privilegiadas, ya sea por su fuerza física, estatus social o autoridad, a menudo buscan mantener ese poder a expensas de los más débiles. La violencia se erige como una herramienta para ejercer control y subyugar a aquellos considerados inferiores.

 

Además, la violencia hacia los más frágiles puede ser una consecuencia directa de la deshumanización. Cuando se reduce a una persona a una condición menos que humana, se legitima tratarla de forma violenta. Esta deshumanización se manifiesta en situaciones de conflicto, donde se genera una mentalidad de “nosotros” contra “ellos”, negando la humanidad de aquellos percibidos como diferentes o inferiores. Este proceso de despojar a otros de su humanidad es el preludio de actos de violencia atroces.

 

En la sociedad actual, encontramos ejemplos de hombres grises en diferentes ámbitos. Por ejemplo, en el ámbito laboral podemos observar a personas que, por temor a perder su empleo o a ser excluidas del grupo, se someten a prácticas injustas o inmorales. Estas personas pueden participar en la opresión de sus compañeros o en la toma de decisiones que perjudican a otros, sin cuestionar ni resistirse a estas acciones.

 

La falta de responsabilidad individual en el ámbito laboral puede estar relacionada con varios factores. Uno de ellos es la presión social y la conformidad. En ocasiones, las normas y valores establecidos en un entorno laboral pueden fomentar la violencia o la opresión hacia los más débiles. Si la violencia es aceptada y justificada por la sociedad en general, aquellos que son considerados débiles pueden convertirse en blancos fáciles para la agresión.

 

Siguiendo con la ejemplificación, en el ámbito político, uno de los ejemplos más evidentes es cuando los líderes políticos utilizan su autoridad y poder para mantenerse en el cargo, incluso si eso implica someter a los más débiles. Estos líderes pueden justificar sus acciones con argumentos de seguridad nacional, estabilidad económica o beneficio personal, pero en realidad están perpetuando la violencia y la opresión. Otro factor a considerar es la dinámica de poder en el ámbito político. Aquellos que se encuentran en una posición de poder, ya sea por su fuerza física, su estatus social o su autoridad, a menudo buscan mantener ese poder a expensas de los más débiles. La violencia se convierte en una herramienta para ejercer control y someter a aquellos que son considerados inferiores.

 

Finalizando con esta sinfonía de reflexiones de la presente entrega, no podemos pasar por alto la influencia de la conformidad social. En ocasiones, la violencia dirigida hacia los más vulnerables surge como un producto de la presión social que dicta seguir las normas y valores establecidos. Cuando la violencia es tolerada y justificada por la sociedad en su conjunto, aquellos considerados débiles se tornan blancos fáciles para la agresión. Desde la perspectiva del “hombre gris” de Primo Levi, hallamos elementos que nos permiten explorar, desde las dinámicas de poder, cómo incluso aquellos aparentemente débiles pueden convertirse en perpetradores de violencia.

 

En este viaje introspectivo y en la paleta de pensamientos que compartimos, se revela la importancia de la reflexión filosófica como guía, la necesidad de cuestionar lo evidente y de construir y compartir mínimos éticos. Estos mínimos éticos no solo nos ofrecen un andamiaje moral sólido, sino que también se erigen como cimientos para una coexistencia más armoniosa. En la búsqueda de una mejor sociedad, la reflexión filosófica se convierte en el catalizador que nos impulsa a mirar más allá de las superficies, a comprender las complejidades de la condición humana y a construir un tejido ético que nos una en nuestra diversidad. Así, al construir y compartir estos mínimos éticos, estamos tejiendo el tapiz de una sociedad más compasiva, más justa, más humana y sobre todo; menos violenta.

 

 

Referencias Bibliográficas

 

Levi, P. (1986). Los hundidos y los salvados. Editorial Muchnik

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