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Sobre la violencia (I)
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Sobre la violencia (I)

¿Por qué existe la tendencia de volcar la violencia hacia el más débil?

La violencia, es un dilema que recorre el tapiz de la humanidad desde tiempos inmemoriales. Pero, cuando se encauza hacia aquellos que la sociedad juzga como los más vulnerables, se torna aún más perturbador. ¿Qué será que incita a los individuos a depositar su ira en quienes parecieran carecer de medios para replicar? Es un misterio profundo, podríamos decir incluso, que es un reflejo de nuestra condición humana, un vórtice que, nos atrae hacia un abismo de cuestionamientos sin aparentes respuestas. Y, ¿qué nos dice esto sobre quienes dedicamos y dedican sus vidas a la noble labor de la enseñanza? ¿Por qué es tan vital enfrentar esta interrogante?

En una opinión apresurada, podríamos decir intuitivamente que quizás sea la fragilidad percibida de estos seres, el detonante de tan triste violencia. En su vulnerabilidad, algunos hallan la triste oportunidad de afirmarse, de sentirse en el control, o de buscar redimir sus propias inseguridades. Es, en definitiva, un oscuro reflejo de nuestra esencia, ese lugar donde la empatía y la compasión, tantas veces, ceden terreno al egoísmo y la crueldad. Asimismo, cabe considerar que la violencia dirigida hacia los más desprotegidos puede ser un fruto de las estructuras sociales y culturales que perpetúan la desigualdad. La marginación, la discriminación y la ausencia de oportunidades se erigen como detonantes para la agresión dirigida a quienes menos recursos poseen. En ocasiones, es la propia sociedad, sin quererlo, la que alimenta estos impulsos destructivos, en una espiral que demanda una mirada crítica y profunda reflexión.

El desentrañar los motivos tras la violencia dirigida hacia los más frágiles es un sendero de complejidades, una suerte de crisol donde confluyen los hilos de lo psicológico, lo sociológico y lo cultural. Sin embargo, al poner en cuestión este enigma, podemos dar los primeros pasos hacia la búsqueda de soluciones que aboguen por la igualdad, la compasión y la solidaridad, ejerciendo la tarea de la aspiración del destierro de la violencia desde el aula. 

Mediante la constante reflexión crítica y la aspiración de una transformación consciente, quizás, a medida que el reloj avanza, podamos aspirar a un mundo donde la vulnerabilidad no sea víctima de la violencia, sino un eco que genere solidaridad y un escudo protector que resguarde a aquellos que más lo requieren. Es nuestro papel histórico dirigirnos hacia una comprensión más profunda de las raíces de la violencia, promoviendo la solidaridad dentro y fuera de cada espacio, en especial en las aulas. Esto sienta las bases para un mundo en el que la vulnerabilidad no sea una invitación a la violencia, sino una llamada a la construcción de un futuro más justo y compasivo.

“La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas en la educación. Hasta tal punto precede a cualquier otra que no creo deber ni poder fundamentarla”. 

Theodor W. Adorno fue un filósofo y sociólogo alemán asociado a la Escuela de Frankfurt. Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, realizó investigaciones sobre la autoridad y la personalidad autoritaria en la sociedad. Adorno examinó críticamente las condiciones que llevaron al surgimiento del nazismo y la barbarie en la Alemania nazi, su trabajo se centró en la comprensión de las tendencias y condiciones sociales que permitieron el surgimiento del totalitarismo.

En su obra “La educación después de Auschwitz” (1966), nos dice que la violencia hacia los más vulnerables brota de la deshumanización y la escasez de empatía. Su voz se alza para proclamar que la educación debe orientarse hacia la forja de individuos con cimientos morales y éticos, sembrando la semilla de la solidaridad y el respeto hacia los semejantes. Sin ese faro educativo, en un sentido poético, los corazones pueden naufragar en la indiferencia y la crueldad, especialmente hacia aquellos que se perciben como diferentes o inferiores.

En sus palabras, Adorno nos invita a reflexionar sobre los horrores del pasado, como el Holocausto, a fin de evitar repetir los mismos trágicos errores y erigir una sociedad más justa y apacible. La educación, después de Auschwitz, se transforma en un acto de recordar y aprender de la historia, para no perpetuar el dolor y la violencia contra los más frágiles. El autor desafía la noción de que la educación puede ser neutral y apolítica, sosteniendo que debe ser crítica y nutrir la conciencia social. Es a través de una educación que cultiva la empatía y el respeto hacia los demás que podemos contrarrestar la peligrosa inclinación a dirigir la violencia hacia aquellos que menos pueden defenderse.

Tomando como punto de partida la pregunta inicial, Adorno afirma que Un esquema confirmado por la historia de todas las persecuciones es que la ira se dirige contra los débiles ante todo contra aquellos a quienes se percibe como socialmente débiles y al mismo tiempo -con razón o sin ella- como felices”. La declaración de Adorno nos coloca ante un panorama sombrío pero imperante. Nos habla de cómo, a lo largo de la crónica de la humanidad, la ira y la violencia con frecuencia se concentran en aquellos que la sociedad considera como socialmente débiles, y, en ocasiones, se les percibe, con o sin justificación, como afortunados o favorecidos de alguna manera.

Esta noción pone de relieve cómo las complejas dinámicas de poder y la hostilidad pueden ser dirigidas hacia aquellos que se encuentran en situación de vulnerabilidad o marginación en nuestra sociedad. La idea de que estos individuos son “felices” o “gozan” de ventajas puede desencadenar sentimientos de envidia y rabia en otros, y, lamentablemente, esto puede culminar en actos de violencia.

Más adelante señala que “Desde el punto de vista sociológico me atrevería a agregar que nuestra sociedad, al tiempo que se integra cada vez más, incuba tendencias a la disociación”. La afirmación de Adorno nos introduce en un dilema aparentemente paradójico que capta en la sociedad moderna. Por un lado, se observa un crecimiento de la integración en términos de comunicación, tecnología y economía. Pareciera que vivimos en un mundo más conectado que nunca, lo que podría hacernos creer que la cohesión social se fortalece.

Sin embargo, Adorno no se deja atrapar por esta apariencia. Sostiene que, bajo la superficie de esta integración, se esconden fuerzas que promueven la disociación y la fragmentación en la sociedad. A pesar de la supuesta unidad en ciertos aspectos, existen divisiones y conflictos latentes en otros. Estas “tendencias a la disociación” nos hablan de la fragmentación de la sociedad en términos de desigualdad, exclusión, diferencias culturales y sociales, conflictos políticos y económicos, entre otros factores.

Lo que Adorno nos quiere transmitir es que, en la sociedad moderna, la integración y la disociación coexisten de manera compleja. Las divisiones pueden estar ocultas a simple vista o enmascaradas por una apariencia de unidad. Este análisis más profundo nos revela que la sociedad es multifacética y que la impresión de cohesión puede ser engañosa. La realidad subyacente es mucho más compleja de lo que parece a simple vista.

Volviendo momentáneamente al inicio, nos encontramos en un punto de inflexión en el que se nos plantea una pregunta fundamental: ¿cómo podemos evitar que se repita Auschwitz? Esta pregunta, que trasciende el contexto y se adentra en lo más profundo del significado, nos conduce a una reflexión profunda sobre el propósito de la educación.

En su esencia, el fin educativo no debería limitarse a la mera transmisión de conocimientos, sino que debe ser como se señaló anteriormente, un faro que nos guíe hacia un futuro donde la barbarie y la injusticia no se repitan. 

Para lograr esto, debemos ser conscientes de que las condiciones objetivas y subjetivas que llevaron a Auschwitz están presentes en nuestra sociedad actual. Aquí es donde la autocrítica reflexiva se convierte en una herramienta poderosa, ya que nos permite identificar y comprender las conductas que podrían dar lugar a tragedias similares.

Este proceso de reconocer y confrontar lo que Adorno llamó “conducta cosificada” nos invita a despojar a las personas de su humanidad, a reducirlas a meros objetos o cifras en un sistema. Es el primer paso hacia la deshumanización que allanó el camino a Auschwitz. La reflexión crítica y la acción consciente pueden contrarrestar este proceso insidioso y preservar la humanidad en cada uno de nosotros.

Este concepto, el de conducta cosificada, nos sumerge en una reflexión sobre la sociedad de nuestros días, donde a menudo vemos cómo la conciencia se vuelve complaciente, pasiva y superficial, moldeada por las estructuras sociales y las corrientes culturales imperantes. La “conciencia cosificada” nos presenta un panorama en el que las normas, los valores y las formas de vida establecidas son aceptados de manera acrítica, es decir, que no hay un cuestionamiento ni una postura crítica. En este escenario, las personas se ven influenciadas y esculpidas por la cultura de masas, la omnipresente publicidad y la industria del entretenimiento, lo que las lleva a abrazar una visión de mundo uniforme y atada a lo convencional.

Adorno, nos advierte que esta conciencia es un reflejo del conformismo y la alienación que caracterizan a la sociedad moderna. En este contexto, la capacidad de pensar de manera crítica, de reflexionar sobre nuestra propia existencia y de cuestionar las normas preestablecidas se desdibuja. En lugar de desarrollar una conciencia auténtica y una ética personal, abrazamos un conjunto de valores y creencias que nos son impuestos desde el exterior.

En este sentido, esta “conciencia coagulada” se convierte en un obstáculo para la emancipación individual y social, ya que nos impide cuestionar las injusticias y desafiar las estructuras de poder. Nos sumerge en una forma de vida alienante en la que nos distanciamos de nuestra propia humanidad, convirtiéndonos en meros consumidores pasivos, en detrimento de seres humanos reflexivos y críticos.

Sin embargo, no podemos pasar por alto el hecho de que esta tarea, la de evitar que el horror se repita, trasciende lo individual; se teje en una compleja red de dimensiones morales, políticas e históricas. La dimensión moral nos recuerda la importancia de valores como la solidaridad, la justicia y la compasión en la formación de una sociedad más humana. La dimensión política nos impulsa a actuar colectivamente para cambiar estructuras y sistemas que perpetúan la desigualdad y la violencia. Y la dimensión histórica nos conecta con el pasado, recordándonos que la memoria de las atrocidades pasadas debe ser una guía constante hacia un futuro más luminoso.

En este punto de reflexión, en el que somos desafiados a asumir la responsabilidad de forjar un mundo en el que Auschwitz no tenga cabida en nuestra historia, no podemos dejar de lado al individuo situado en una sociedad determinada, en una cultura determinada, profundizando necesariamente o complementando lo anteriormente señalado desde la mirada del psicoanálisis en esta pretensión de comprender la violencia: para ello acudiremos a Freud en la próxima entrega…

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