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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

Sin brújula ni timón

Somos parte de un tiempo donde el abandono ha dejado de ser una excepción y se ha transformado en una forma de vivir. Un clima espeso, donde las instituciones pierden fuerza, la ética se diluye y la gestión pública se achata bajo el peso de su propia inercia. Y lo más preocupante: parece no haber nadie al mando.

El presidente Yamandú Orsi dijo a mediados de junio que su gobierno estaría “lejos de hacer temblar las raíces de los árboles”. La frase, en apariencia moderada, encierra una verdad más profunda: este no es un gobierno dispuesto a transformar, ni siquiera a molestar. Gobernar, para este Frente Amplio renovado, parece ser simplemente sostener el decorado, evitar conflictos visibles, administrar sin convicción y seguir adelante como si nada ocurriera.

Pero las cosas ocurren. Y debemos estar atentos. Protegiendo las instituciones y resguardando a la Democracia. Porque cuando se normaliza el desgobierno, el descontrol y el acomodo, la República comienza a vaciarse desde adentro.

La diplomacia uruguaya ha recibido un golpe serio en su credibilidad. Hoy, Francia y Alemania han dejado de confiar plenamente en nuestros documentos. La actual directora nacional de Migración, comisario general Dra. Myriam Coitinho Sánchez, se apresuró —sin consulta previa ni coordinación técnica— a validar pasaportes que omiten el campo de lugar de nacimiento, una decisión improvisada que ya ha generado inconvenientes concretos. No se trata de un detalle administrativo: es un síntoma más de cómo se gestiona, con liviandad, lo que requiere seriedad y rigor institucional. Y mientras tanto, el gobierno calla. Calla cuando debería explicar. Y eso, en diplomacia, cuesta caro.

La desprolijidad institucional no se detiene. En los últimos días, la designación del contraalmirante retirado Daniel Héctor Núñez generó indignación en el ámbito político y social. Fue nombrado simultáneamente como asesor asistente de sanidad del Ministerio de Defensa y como presidente del Instituto Antártico Uruguayo. La decisión, firmada el pasado 2 de julio por la ministra Sandra Lazo y la presidente en ejercicio Carolina Cosse, representa una superposición de funciones contraria a todo principio de eficiencia y control republicano.

¿Cómo se explica que una misma persona tenga mando sobre funciones tan distintas y específicas?
Esa es la señal que el gobierno eligió dar: la concentración en lugar del equilibrio, el acomodo en lugar de la transparencia.

Mientras tanto, en las calles, el avance del narcotráfico y la violencia callejera es tan visible como la falta de respuesta policial. Lo que antes eran territorios disputados, hoy son barrios dominados. El Estado retrocede, y el crimen avanza. La violencia en el reciente clásico entre los dos colosos del fútbol no fue una anécdota: fue un espejo. Y lo que refleja es la normalización del descontrol.

La línea de conducción del Frente Amplio —no importa el apellido o la coyuntura— ha dejado más irregularidades que resultados positivos. Esta gestión no es la excepción. En pocas semanas, el presidente del Instituto Nacional de Colonización, Eduardo Viera, renunció. ¿El motivo? Era productor y explotaba un predio perteneciente al propio instituto que presidía, incurriendo en una flagrante incompatibilidad ética. También la exvicepresidente de la Administración Nacional de Puertos, Alejandra Koch, debió dejar su cargo tras aprobar un ascenso administrativo a su propio esposo, en una decisión que vulnera cualquier principio básico de imparcialidad.

Esto no deja de ser un escalón más de la extensa escalera de quince años de gobierno frenteamplista, donde se acumulan innumerables casos que hasta hoy se arrastran, y donde el silencio ha simulado el olvido. La memoria institucional ha sido reemplazada por la lógica del “pasó y ya fue”, como si las faltas se diluyeran con el paso del tiempo y el recambio de nombres.

En paralelo, el gobierno promueve un supuesto “diálogo social” que, lejos de ser un espacio genuino de escucha plural y construcción colectiva, parece una puesta en escena cuidadosamente guionada.
Organizaciones sociales críticas, sectores académicos independientes y voces disidentes han quedado al margen. Se convoca a conversar, pero no a incidir. Se invita a participar, pero no a transformar.

Un verdadero diálogo social exige transparencia en sus objetivos y consecuencias concretas en las políticas que de él se desprenden. Sin embargo, nada de eso está hoy garantizado. Lejos de constituir una herramienta genuina de concertación, el diálogo promovido por el oficialismo parece operar más bien como una coartada política, destinada a legitimar decisiones que ya han sido tomadas de antemano.

Esta pericia me remite a un episodio elocuente: el llamado “Encuentro con la Cultura” convocado por Danilo Astori, bajo la atenta mirada de Luis Mardones, pocos meses antes de las elecciones de 2009, en el Teatro Estella D’Italia. En aquella ocasión, una voz disidente surgió desde el público con una interpelación simple pero contundente: “Danilo, ¿y nosotros para cuándo?”

Una vez más, se simula apertura para continuar encerrados en la lógica del poder compartido entre pocos. El diálogo, así concebido, no incluye: administra expectativas, maquilla exclusiones y posterga transformaciones reales.

A todo esto se suma ahora una nueva señal preocupante: la propuesta del PIT-CNT de aplicar un impuesto del 1% a quienes más tienen, que ha comenzado a discutirse internamente dentro del Frente Amplio y que ya cuenta con el respaldo de algunos sectores. Se presenta como una medida solidaria, pero detrás de esa palabra —tan noble como manipulable— se esconde la lógica simplista de cargar siempre sobre los mismos para tapar los errores de gestión. El país necesita equidad, sí, pero también necesita eficiencia, responsabilidad y sentido común. Las políticas públicas no pueden reducirse a transferencias sin estrategia ni control, porque entonces el sistema tributario deja de ser instrumento de justicia y se transforma en una maquinaria de castigo ideológico.

Y mientras todo esto sucede, el presidente Orsi se retira este fin de semana. Literalmente. Decidió participar de un retiro ideológico denominado “Democracia para Siempre”, junto a Gabriel Boric, Gustavo Petro, Lula da Silva y Pedro Sánchez. Una postal que pretende ser simbólica, pero que resulta ofensiva para muchos. Porque cuando las economías fracasan, la violencia crece y las instituciones se debilitan, no es momento de encuentros espirituales entre presidentes. Es momento de gobernar.

El país necesita liderazgo y mucho menos excusas, necesita ética pública. Y, sobre todo, necesita que el presidente tome el timón con firmeza. Porque la democracia se sostiene con presencia, con responsabilidad, y con coraje cívico.
Porque cuando un presidente se ausenta, el vacío que deja se llena rápido: de desilusión, de violencia o de esa indiferencia que adormece y desgasta. Y ningún país puede avanzar si lo empuja el desencanto.

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