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Si es digno debe ser Bélgica
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Si es digno debe ser Bélgica

Pero, en realidad, no tendría que ser la opción. Uruguay debería hacerlo mejor.

Creo que el primer artículo en el cual me referí a la eutanasia, en El Día impreso, debe haber visto la luz en 1986, 1987, a más tardar. Por aquellos años también me preocupaba la cuestión del aborto, que se inscribía en las políticas punitivas, más que en las soluciones de salud pública.

Han pasado ya casi cuatro décadas. Y si bien la interrupción del embarazo superó visiones conservadoras, más preocupadas en los aspectos morales del problema que en las soluciones a un dilema de salud y de derechos —más, superó hasta un veto a contranatura por parte del presidente Tabaré Vázquez—, la posibilidad de una muerte digna continúa siendo negada a los uruguayos, en Uruguay.

Mientras tanto, en algún cajón del Palacio Legislativo, un proyecto de ley sobre el punto, sigue durmiendo el sueño de los justos.

“Nacida hemipléjica, casi ciega, Lydie Imhoff, de 43 años, estaba perdiendo el uso de sus extremidades gradualmente. El año pasado, ella tomó la decisión de viajar desde su Francia natal hacia Bélgica para someterse a la eutanasia; por ‘temor a vivir en un cuerpo muerto’”, nos cuenta France 24, que a principios de este año acompañó a Imhoff, en su tránsito a una muerte deseada. . . mediante la cual conservar el sentido de la vida.

“Antes de irse a dormir, Lydie tiene la entrevista final con su doctor, Yves de Locht, sobre el día siguiente. ‘¿Todavía estás convencida de hacer esto?’ le pregunta. ‘Sí! ¿Y tú estás seguro de que no me voy a despertar, verdad?’, responde Lydie”. “‘Dime lo que todavía tienes en tu mente’, le pregunta él “‘ Estoy pensando en la gente que dejo atrás’”. ‘¿Sabes los que estarán pensando?’” quiere saber ella “‘No importa lo tristes que estén, ellos saben que habrás sido liberada’” afirma el médico.

El diálogo es revelador, y nos acerca a la realidad de las cosas. Y, más, nos pone en contacto con la forma —llegado el caso— en que lidiaríamos con nosotros mismos, a la hora de encarar nuestra última aproximación a la realidad.

Naturalmente, cuando escribía, hace 40 años, que sería justo vivir en un país que regulara la práctica de una muerte asistida estaba lejos de pensar en el fin de mis propios días. No es un tema que, salvo algún trastorno impuesto por el destino, ocupe la cabeza de un joven de menos de 30 años. Son otras las decisiones que a esa edad por lo general tomamos sobre nosotros mismos, para las cuales no existen restricciones legales. Como ejemplo desde nosotros para nosotros mismos, podríamos mencionar el casamiento, los hijos, la carrera. 

Decisiones que, bien que se miren, tienen su efecto más importante sobre quien vive la vida y que, como tales, no deberían ser, y no son, objeto de regulaciones, una vez que tenemos la capacidad de decidirlas y ejecutarlas.

Pero resulta que todo tiene su tiempo en la vida. Hasta pensar en nuestra propia muerte, que por algo existe el testamento. Al cabo, desde que nacemos sabemos que el final es ineludible y llega el momento en que es más ineludible, cada día más. Por eso, quizá lo que cualquiera escriba sobre la eutanasia a partir de cierta edad, cuando el telón va cayendo, si bien no es más auténtico que lo que pudo haber pensado antes, es más real, porque la eventualidad cobra otro sentido.

Si a eso le agregamos que el transcurso de los años nos pone en contacto con situaciones que viven otros y no querríamos para nosotros, nos hace tomar conciencia de la vulnerabilidad propia en circunstancias no deseadas, pero posibles.

En tanto, en los temas objeto de estas líneas —el aborto y la eutanasia— seria gracioso si no fuera triste, haber asistido a razones similares para su dilación en el tiempo. Parece que son asuntos espinosos ante los procesos electorales, o al menos eso es lo que se dice “desde las alturas”. Como son temas controversiales conllevan fuga de votos. 

Ahora, lo importante seria definir la controversialidad. Para mi, lo controvertido es que mediante el poder del Estado convertido en ley, alguien sustituya la forma del buen morir, para dejar la vida como si fuera propia.

Que haya que viajar a Bélgica parece un escollo inútil. Perverso.

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