La nueva epidemia silenciosa de nuestra época.
En los últimos años, la salud mental dejó de ser un tema marginal para convertirse en uno de los grandes desafíos globales. Las cifras lo confirman: cada vez más personas reciben un diagnóstico de ansiedad o depresión, y los servicios de salud —públicos y privados— registran un incremento sostenido de consultas. Pero ¿qué está pasando? ¿Estamos realmente más enfermos o simplemente hablamos más del tema?
La respuesta, como ocurre con los fenómenos complejos, no es única. Se trata de una combinación de cambios sociales, biológicos, culturales y económicos que moldean la vida moderna. Y, en ese contexto, también surge un debate necesario: ¿estamos diagnosticando demasiado o, por fin, estamos mirando lo que siempre estuvo allí?
Un cambio cultural clave: del silencio al reconocimiento
Uno de los factores más influyentes es también uno de los más positivos: hoy existe menos estigma.
Las campañas de prevención, la difusión en redes y medios, y la popularización del tema hicieron que muchas personas reconozcan síntomas que antes se naturalizaban o se ocultaban.
Pedir ayuda ya no es visto como una debilidad. Por el contrario, se interpreta como un signo de autocuidado. Este cambio cultural amplió las consultas y, por tanto, los diagnósticos.
Esto no implica necesariamente más enfermedades, sino más detección.
El estilo de vida moderno: un terreno fértil para la ansiedad
La forma en que vivimos también ha cambiado profundamente. Y no siempre para bien.
Hoy convivimos con hábitos que favorecen la ansiedad y la depresión:
• Sedentarismo: pasamos gran parte del día sentados, lo cual altera hormonas vinculadas al estado de ánimo.
• Menos luz solar: la vida puertas adentro reduce vitamina D y desajusta los ritmos del sueño.
• Malnutrición: dietas ultraprocesadas que inflaman, suben y bajan la glucosa y afectan a la microbiota intestinal, pieza clave en la regulación emocional.
• Falta de sueño: dormir poco o mal es uno de los mayores precipitantes de ansiedad.
• Aislamiento social: paradójicamente, estamos hiperconectados digitalmente pero más solos en la vida real.
• Multitarea y sobreestimulación digital: el cerebro humano no evolucionó para procesar 300 notificaciones al día.
En los jóvenes, además, pesan el estrés académico, la incertidumbre laboral y una presión social constante por “rendir” y “ser exitosos” que pocas generaciones anteriores experimentaron.
La pandemia: el punto de inflexión
COVID-19 fue un golpe emocional global.
El aislamiento, la incertidumbre económica, la pérdida de seres queridos y los cambios abruptos en la rutina generaron lo que los especialistas describen como “un terremoto psicológico”.
La Organización Mundial de la Salud estimó que la prevalencia de ansiedad y depresión aumentó alrededor de un 25% en el mundo durante ese período. Esa huella persiste.
Determinantes biológicos y sociales que no podemos ignorar
La vulnerabilidad a los trastornos del ánimo no depende solo del contexto:
• Las mujeres presentan más diagnósticos, en parte por factores hormonales y sociales.
• Las personas con antecedentes familiares tienen mayor riesgo.
• Los traumas en la infancia son un factor silencioso pero decisivo.
• La urbanización y el envejecimiento poblacional también influyen.
La salud mental es un puente entre cerebro, cuerpo y entorno. Y cuando cualquiera de esos pilares se altera, se resiente la estabilidad emocional.
¿Hay sobrediagnóstico? La pregunta incómoda
Muchos psiquiatras coinciden en que, junto con el aumento genuino de casos, existe cierto sobrediagnóstico.
Las razones son diversas:
1. Criterios diagnósticos más amplios
Desde la década del 80, los manuales psiquiátricos expandieron definiciones e incluyeron síntomas más leves dentro de categorías clínicas. Lo que antes se llamaba estrés normal hoy puede etiquetarse como trastorno.
2. Médicos presionados por el tiempo
En la consulta general, donde todo debe resolverse en pocos minutos, es más rápido prescribir un ansiolítico que explicar procesos adaptativos. Eso deriva en diagnósticos y tratamientos que no siempre son necesarios.
3. Autodiagnóstico digital
Internet, tests online y redes sociales normalizaron frases como “soy ansioso” o “estoy deprimido”. Pero muchas veces se trata de angustias transitorias, no de trastornos clínicos.
4. Influencias culturales y de la industria farmacéutica
Nadie puede negar que existe presión por simplificar la compleja experiencia humana en etiquetas rápidas. Y también existen intereses económicos en el mercado de los psicofármacos.
¿Entonces qué está pasando realmente?
La respuesta no es dicotómica.
Hay más casos reales, pero también más diagnósticos. Hay más sufrimiento auténtico, pero también más medicalización de emociones humanas normales.
Vivimos en un mundo que genera más ansiedad… y al mismo tiempo, somos más conscientes de ella.
Ambas verdades conviven.
El desafío hacia adelante
La salud mental es el gran tema de nuestro tiempo.
No se resuelve únicamente con psicoterapia ni solo con medicamentos. Tampoco con motivación en redes sociales.
Requiere:
• políticas públicas que promuevan el bienestar,
• ciudades que favorezcan la conexión humana y el movimiento,
• educación emocional desde la infancia,
• y un sistema de salud que distinga entre el sufrimiento normal de la vida y los trastornos que realmente necesitan tratamiento.
Y, sobre todo, requiere escucha humana, algo que ninguna app puede reemplazar.
Conclusión
El aumento en los diagnósticos de ansiedad y depresión no es un fenómeno simple, pero sí es un llamado de atención. Somos una sociedad más informada y menos silenciosa, pero también más exigida, hiperconectada y desconectada a la vez.
Comprender este panorama es el primer paso para construir una cultura que cuide la mente con la misma seriedad con que cuida el cuerpo.


