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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

Paz con sabor nórdico

El Premio Nobel de la Paz se juzga en Oslo por un comité de cinco miembros nombrados por el Parlamento noruego. No son jueces internacionales ni una mesa de la ONU.  Son personalidades elegidas por los políticos de Noruega, con mandatos de seis años. Ese detalle, casi siempre ausente del brillo ceremonial, es el corazón del problema. Cada miembro es, en los hechos, una foto del equilibrio parlamentario noruego del momento, congelada por un sexenio. Y sobre esa foto ideológica —no sobre una representación plural del planeta— se interpretan guerras, dictaduras, transiciones democráticas y causas globales.

La idea original de Alfred Nobel apuntaba a premiar “la fraternidad entre las naciones, la reducción de ejércitos permanentes y los congresos de paz”. Es decir, arquitectos de paz y diplomacia efectiva. Con el tiempo, el comité amplió el perímetro hasta abarcar temas que, sin ser ajenos a la convivencia, son causas geopolíticas de alcance difuso: medioambiente, libertad de prensa, agenda de derechos, e incluso la validación simbólica de liderazgos “prometedores” más que logros concretos. Ese giro “progresista” tuvo luces —visibilizó luchas legítimas—, pero también distorsionó el mandato, coronando a veces aspiraciones antes que resultados. Los casos de Henry Kissinger en 1973 (paz no consolidada), Yasser Arafat en 1994 (pasado terrorista) u Obama en 2009 (demasiado pronto) alimentan la sensación de desacierto.

La raíz de estas oscilaciones no es un misterio: cinco políticos noruegos —retirados o afines a partidos— interpretan año a año qué significa “paz”. En el siglo XXI, esa interpretación ha tenido un sesgo que muchos perciben como centro-izquierdista: énfasis en organismos multilaterales, clima, activismo social y derechos, frecuentemente alineado con la sensibilidad socialdemócrata nórdica. No es una conspiración; es la lógica de un comité nacional. El mundo es enorme, diverso y conflictivo; Noruega es pequeña, próspera y homogénea. No hay representación global en la mesa que decide el premio más global de todos.

Para aterrizarlo localmente. Si Alfred Nobel hubiera sido uruguayo, ¿qué veríamos? En un ciclo con predominio del Frente Amplio, el equilibrio tendería a la centro-izquierda; con mayor peso de Partido Nacional y Partido Colorado, se movería más al centro. En ese espejo, José “Pepe” Mujica habría sido un candidato fortísimo. ¿Es un disparate? No, es la traducción local del mismo mecanismo. El resultado dependería menos de un canon universal de “paz” y más de quién nombra a los cinco.

Este año  felicitamos a  la ganadora: María Corina Machado. Líder opositora venezolana de centro-derecha, abiertamente confrontada con el “socialismo” de su país. Su elección quiebra la racha percibida como inclinada a la izquierda y sugiere dos lecturas posibles: o bien hay un reequilibrio ideológico dentro del comité, o bien el mérito y el momento se impusieron a la etiqueta política. En cualquier caso, confirma la tesis central: el premio oscila con la composición del comité y el clima internacional.

¿Sigue siendo un honor recibirlo? . Por dos razones. Primero, por tradición: más de un siglo construyendo un panteón moral reconoce algo real. Segundo, por la compañía: nombres que difícilmente alguien discuta encarnan el estándar al que todo laureado aspira. Pensemos en Martin Luther King Jr., Madre Teresa de Calcuta, Desmond Tutu, Malala Yousafzai y Dag Hammarskjöld. Ser ubicado junto a ellos eleva. Obliga. Protege. Abre puertas y salva vidas.

La conclusión incómoda —y brutalmente honesta— es doble. Primero: el diseño institucional del Nobel de la Paz es demasiado pequeño para un premio que pretende ser universal. Descansa en una miniatura política noruega que fija el lente con el que se mide “la paz”. Segundo: pese a esa limitación, el laurel conserva un prestigio singular. No porque cinco noruegos sean oráculos, sino porque el Nobel de la Paz condensa una aspiración humana compartida: creer que individuos y organizaciones pueden doblegar la violencia y ensanchar la dignidad.

Obtenerlo es un honor —un honor que no está libre de debate. Y quizá por eso mismo perdura. Porque la paz no es una línea recta, sino una conversación áspera entre principios y poder. El Nobel de la Paz sobrevive a sus errores e imperfecciones porque, al final, refleja nuestras esperanzas: las de un mundo menos cínico, más justo y, sí, más pacífico. Y ese espejo, aunque a veces empañado, todavía ilumina.

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