Otra etapa

Unos días atrás se inauguró una nueva legislatura. A diferencia de la anterior, y la anterior a la anterior, y aún otra más, la coalición del futuro gobierno no cuenta con una mayoría de bancas que le apoye para su accionar.

Se podrá discutir mucho, con distintos enfoques, si la falta de respaldo parlamentario es buena o mala. Los uruguayos hemos escuchado diferentes argumentos sobre el punto: qué es malo, porque ello implica un gobierno “debilitado” para llevar adelante sus planes. Que es bueno porque, al fin y al cabo, un parlamento dividido no es otra cosa que la representación de las diferentes corrientes que inspiran el voto ciudadano y eso es expresión democrática.

Sin entrar en la polémica argumental sobre una y otra razón, sí es bueno aclarar que la representación proporcional integral no es sinónimo de democracia. La proporcionalidad, en varios países que no necesitan pasar por un examen democrático —Inglaterra, España— no es integral, y los escaños se distribuyen de una forma bastante diferente a como lo hacemos aquí.

Y también nos parece del caso insistir sobre un punto en el que ya hemos incursionado en esta columna editorial. La negociación como arte de la política, como expresión también intrínseca de una democracia bien asentada. Esa, será necesaria en este período que se inicia. 

Se nos disculpará la reiteración sobre el asunto, pero después de mucho analizar el fraccionamiento político-electoral de nuestro país, y ahora aún más, nos resultaría atractivo que el sistema político considerara el parlamentarismo como una opción para nuestra República. Sobre todo si queremos preservar la identidad de nuestros partidos políticos con su historia, su evolución (en fin, su alma) sin traicionar los principios que les inspiran.

Ojalá que en estos cinco años venideros se considere la idea.

Es verdad, la nueva composición de las cámaras no es del todo la que hubiésemos deseado. Pero la voz del pueblo es sagrada. Empezando, para ser claros, habrá representantes que, aunque legítimamente han ganado sus escaños, lo han hecho con propuestas que provocan, a nuestro juicio,  “la risa y el desprecio”. Habrá que ver cómo se comportan luego de tanta cháchara. . .

Mientras tanto, algunas buenas noticias iluminan el camino que ha hecho de Uruguay un país con un rasgo distintivo. Se ha publicitado que técnicos que ocuparon posiciones de responsabilidad política del gobierno que concluye, tendrán cabida en la futura administración. Para quienes creemos que las políticas públicas han de ser necesariamente el producto de la evidencia, aplaudimos el hecho. Sentimos que si la negociación es democracia en acción defender desde la gestión misma posiciones técnicas es un avance que beneficiará a al país.

Según ya se ha puesto de manifiesto, aún con mayoría parlamentaria, el Poder Ejecutivo encabezado por Luis Alberto Lacalle Pou, ha promulgado una buena cantidad de leyes en cuya facción representantes del gobierno y la oposición han cedido posiciones en aras del bien común. Semejante dato, debiera ser suficiente para —desbrozado de malezas el prado— ver una realidad distinta a la que nos quieren pintar unos cuantos energúmenos que viven su propia y estrecha realidad en las redes sociales.

Por desgracia, proteger a la sociedad del maniqueísmo interesado se ha convertido en un colosal reto debido a las amenazas de la desinformación. Baste tener en cuenta que se utilizan las plataformas para mentir escandalosamente sobre políticos, difundir información que confunde a los receptores e influencia peligrosamente a la opinión pública, para espeluznarnos ante la concreción de que una mentira dicha mil veces se convierte en verdad.

Los parlamentarios que estrenaron sus sillas el 15 de febrero, los que han recibido el respaldo de sus electores y han sido reelectos tienen, entonces, una tarea agregada a la que les corresponde por antonomasia. Defender a capa y espada que negociar no es claudicar, que transar no es vender, que dialogar es construir República.

El mito del enemigo que no sienta en la mesa en la que nacen políticas para ejecutarse de consenso, en una democracia, sólo existe en cabezas tontas. O, sin pecar de vanidosos, en países que no tienen nuestra buena suerte.