26.4 C
Montevideo
Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

Octubre de 1985.  

En mi anterior columna tenía ocho o nueve años. En esta ya había cumplido los 18 y me encontraba en Israel. Corría el Yom Kippur de 1985, que coincidió con el 24 de septiembre. Esa misma noche me expulsaron del kibutz por negarme a trabajar en una fecha tan solemne. Dos semanas después, dormía durante dos noches consecutivas junto a palestinos de mi edad, residentes en Judea y Samaria. Eran empleados de una cadena de comidas rápidas llamada Señor Sandwich, cuyos dueños eran argentinos. Para los empresarios resultaba más barato alquilarles un apartamento en el centro de Tel Aviv que contratar a judíos.

Uno se hacía llamar Jaque Mate; de ahí deduzco  que pueblo inventó el juego. Se quejaba de los controles a los que era sometido cada vez que regresaba de su casa a territorio sionista. Me pregunto si todavía vive.

En aquel bendito año aún no existían los “Acuerdos de Oslo”, ni el moderno Estado de Israel había soportado dos intifadas, lo que me permitió conocer los dominios de la futura Autoridad Palestina de arriba abajo.

Desde el kibbutz Ein Hashlosha, en el desierto del Neguev, donde dos años más tarde se casaría mi hermano, divisaba los minaretes de las mezquitas de Kan Yunis, en Gaza. A la pregunta de si el 7 de octubre de 2023 la muchachada palestina entró a saquear y a matar en aquella comuna socialista donde solo se hablaba español, la respuesta es sí. Por suerte privilegiaron lo primero, y el kibbutz solo lamentó cinco asesinatos, todos ellos conocidos de mi hermano.

Pero octubre de 1985 tuvo otro episodio que traigo a colación. El gran caudillo nacionalista Wilson Ferreira Aldunate visitó Israel. ¿Se dan cuenta? Han pasado 40 años.

Pese a ser  el líder de la oposición, fue recibido como si se tratara de un jefe de Estado. Se reunió con el entonces primer ministro Itzjak Shamir, con el presidente Herzog —padre del actual mandatario—, con Ariel Sharon y con otras personalidades del gobierno israelí, entonces integrado por una coalición de laboristas y derechistas.

A su regreso al país relató sus impresiones. Ningún detalle del Estado judío le pasó inadvertido. Sobre la religiosidad del israelí medio comentó:

“Es muy curioso: hay un porcentaje bastante más elevado del que yo suponía de judíos no religiosos, pero mi impresión es que hacen trampa, que tienen la vana ilusión de creer que no lo son, pero lo son…”.

Visitó el kibutz Tel Itzjak, las universidades y Jerusalén, siempre rodeado de inmigrantes judeo-uruguayos. Nunca le hubiese parecido progresista congelar una agencia de innovación en aquella universidad, pero ¡basta de lamentos discepolianos!

Wilson afirmó: “Los judíos uruguayos son notables porque son intransferibles. A veces me da la impresión de que son más judíos que los otros judíos —los que siguen viviendo en Uruguay—, pero al mismo tiempo son uruguayos, también con singular y divertida intensidad. Si yo fuera judío, viviría en Israel”.

Y añadió: “También aquí digo que tengo una doble posición comprometida, porque por un lado desearía que los judíos vivieran en Israel y, por otro, que los judíos de Uruguay siguieran viviendo aquí, porque los precisamos. Pero supongo que ese desafío permanente que viven los judíos con esas dos fuerzas que están ahí… y está bien que estén”.

Si hubiese que resumir la impresión que el Estado judío dejó en Wilson, bastarían sus propias palabras:

“La tierra no es simplemente una dimensión física. La tierra exige que el hombre tenga con ella una relación que no sea solamente jurídica, sino también necesariamente de amor… la tierra es más importante que los hombres. Son estos los que pertenecen a la tierra y no al revés… Si los judíos no tuvieran ‘el libro’ para invocar como prueba de su derecho a la tierra prometida, habría bastado con lo que han hecho con ella para merecerla”.

En el año 2008, su hijo Juan Raúl leyó  una primera versión de mi columna y escribió:

En algún tiempo creí que había heredado de mi padre el amor a la causa judía. Después de su muerte entendí que solamente me había dejado pistas.

Mi suerte ha sido seguirlas y descubrir su verdadero significado. He dicho que sin el judaísmo no solo mi fe, sino mi vida, carecería de sentido”.

Wilson hablaba de “esa cosa tan cargada de espiritualidad que es el judaísmo”.

Era solo una pista. Cuando un día le pregunté por aquella enorme casualidad de que, en nuestro rescate con vida de la Argentina de 1976, ocho de los diez intervinientes fueran judíos, su respuesta fue simplemente: “No es casualidad”.

Cuando en los años de exilio brindaba en los nuevos años diciendo “Le shaná habaá b’Yerushalayim… y Montevideo”, era también una pista.

De niño, papá se refería a D’s en la mesa como El Innombrable. Solo cuando asistí en el liceo a mi primer Bar Mitzvá comprendí de dónde venía aquello.

O cuando en los pleitos entre blancos y batllistas, sobre si escribir su nombre con mayúscula o minúscula, él decía: “Es tan grande su existencia que no cabe ni en letras de molde”.

Un día tuvo una agria discusión con un artista argentino judío no sionista, y le dijo: “Pero, ¿y la tierra? La suya, la de sus paisanos”.

Cuando saludábamos a un amigo judío con el tradicional Shalom, explicaba:

“Hay una palabra que los judíos usan y que lo traduce todo maravillosamente, porque habla de paz, no solamente en el sentido de ausencia de guerra u hostilidad, sino también de profunda solidaridad interior. Y por eso es que debemos desearnos todos a todos —judíos, cristianos, de cualquier otra denominación e incluso a aquellos que no tienen la dicha de creer en D’s— la paz en los términos que usan los judíos: Shalom, Shalom”.

Para continuar leyendo EL DIA, por favor remueva su blockeador de avisos.  Gracias!