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Milei y la peligrosa libertad
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Milei y la peligrosa libertad

El Presidente argentino Javier Milei  con su Decreto de Necesidad y Urgencia, que a propósito de Adam Smith y sus enseñanzas, decide liberar muchas áreas de la  vida social,  incluida la  medicina, de reglamentaciones que a su juicio y los de su secta mesiánica son absurdas, me retrotrae a los primeros años de la Revolución Francesa cuando bajo el paradigma de la abolición de las corporaciones y privilegios – tema principal de la Riqueza de las Naciones- se generó en el hexágono un inusitado problema de salud pública. 

Luis XIV. 

Durante  su  reinado, los decretos de Marly, promulgados  en el mes de marzo de 1707,  habían reglamentado para todo el siglo XVIII  la práctica de la medicina y  su formación. Se trataba entonces de luchar contra “ los charlatanes, los empíricos  y las personas sin título y sin capacidad que ejercían la medicina”. Estaba prescripto que la  misma, en lo sucesivo, se enseñaría en todas las universidades del reino que tenían o habían tenido una facultad. Debe saber el lector que las mismas eran un ámbito de los gremios, corporaciones o cofradías, donde mediante la autoregulación y los permisos reales, sus miembros, que además eran cristianos honestos, formaban precios y  suponían números clausus, lo que se trasladaba, según Adam Smith, con mucha razón, en mayores  costos para el consumidor. Me aburrí de enseñar ese tema en mi etapa docente, en lo referido a la  clase  de comerciantes y su matrícula.  

Volviendo a la salud pública, el decreto de Marly establecía que para ejercer la medicina, los médicos  no recibirían su grado sino después de tres años de estudios, debidamente comprobados por inscripciones hechas cada cuatro meses.  El estudiante debía rendir examen cada año y recibiría los títulos de bachiller, licenciado y doctor.  Deberían asistir obligatoriamente a los cursos de anatomía, de farmacia química y galénica, y a las demostraciones de plantas.  El artículo 26 del decreto postulaba como principio: Nadie podrá ejercer la medicina ni dar ningún remedio ni siquiera gratuitamente si no ha obtenido el grado de licenciadoTodos los religiosos mendicantes o no mendicantes estarán y permanecerán comprendidos en la prohibición. 

A  mediados del siglo, las críticas son unánimes. Los charlatanes siguen floreciendo, la enseñanza canónica dada en la facultad no responde ya a las exigencias de la práctica ni a los nuevos descubrimientos; reina la concusión, los estudiantes compran sus exámenes y hacen escribir sus tesis a médicos necesitados. 

La Revolución Francesa. 

La  misma  se encuentra por consiguiente en presencia de dos series de reivindicaciones: una a favor de una limitación más estricta del derecho de ejercer; la otra a favor de una organización más rigurosa de los estudios universitarios. Ahora bien, dice Foucault, en el Nacimiento de la Clínica,  ambas series van al encuentro de todo este movimiento de reformas que desemboca en la supresión de las cofradías y corporaciones y en el cierre de las universidades. 

De ahí, dice  el filósofo francés, nace una tensión entre las exigencias de  reorganización del saber, de la abolición de los privilegios y por último  la vigilancia eficaz de la salud de la nación. ¿Puede la medicina ser una profesión libre  sin ser protegida por ninguna ley corporativa, ninguna prohibición de ejercicio, ningún privilegio de competencia? ¿Puede ser la conciencia médica de una nación tan espontánea como su conciencia cívica o moral?, se preguntaban los girondinos.  Hacia el año XI de la Revolución, a instancias de Cabanis, sobre la base de la competencia, en el interior de un liberalismo económico inspirado de modo manifiesto en Adam Smith, se procura un profesional médico liberal y formado.  Los médicos contestan defendiendo sus derechos corporativos y haciendo valer que dichos derechos  no tienen el sentido del privilegio sino de la colaboración entre pares a la hora de transmitir el saber.  

El decreto de agosto de 1791.

En dicha normativa se cierran las universidades. Los girondinos, casta de comerciantes que hoy podríamos llamar libertarios,  apelan a  esa cualidad.  Católicos como Durand, Maillane, antiguos oratorianos como Daunou o Sieyes, moderados como Fourcroy son partidarios del más extremo liberalismo en la enseñanza de las ciencias y artes.  La religiosidad que estaba a cargo también de la cura de los desposeídos, se une a los girondinos. 

Fourcroy, en su Reporte sobre la enseñanza libre de ciencias y artes, París, año II de la revolución, dice  “ Los ciudadanos ilustrados en las letras y en las artes están invitados a entregarse a la enseñanza en toda la extensión de la República Francesa. Ni exámenes ni otros títulos de competencia que la edad, y la experiencia, la veneración de los ciudadanos; el que quiera enseñar matemática, bellas artes o medicina deberá solo obtener de su municipalidad un certificado de civismo y de probidad, si lo necesita y merece. La enseñanza, en el régimen del liberalismo económico y de la competencia, se concilia con la vieja libertad griega: el saber, espontáneamente, se transmite por la palabra, y en él triunfa quien lleva en ella la mayor verdad “.

Paradójicamente, son los de la Montaña quienes proyectan una enseñanza centralizada y controlada en cada grado por el Estado. Bouquier, hace una distinción entre los conocimientos indispensables al ciudadano, y sin los cuales éste no puede convertirse en un hombre libre (el Estado le debe esta educación, como le debe la libertad misma) y los conocimientos necesarios para la sociedad. 

El 18 de agosto de 1792, la asamblea creada por la Revolución Francesa había declarado disueltas todas las corporaciones religiosas y congregaciones seculares de hombres o de mujeres eclesiásticos o laicos. 

Cuando se llega a Termidor, los bienes de los hospitales son nacionalizados, las corporaciones prohibidas, las sociedades y academias abolidas, la universidad, con las facultades y escuelas de medicina, ya no existen. Una de las últimas medidas de la Convención termidoriana había sido suspender el 2 de Brumario del año IV  de la Revolución, la ejecución de la ley de nacionalización de los bienes de los hospitales.  Sobre un nuevo informe, el 12 de vendimidiario de ese  año,  estos son confiados a las administraciones municipales. 

La vuelta a la cordura. 

Desde la leva en masa del otoño de 1793, muchos médicos partieron para el ejército, voluntarios o llamados; los empíricos tienen completa libertad de acción. Una petición dirigida el 26 de mayo del año II a la Convención y redactada por Caron, denunciaba, incluso entre los médicos formados por la facultad, a vulgares charlatanes…el público es víctima de una multitud de individuos poco instruidos que, por su autoridad, se erigen en maestros del arte, los cuales distribuyen remedios al azar y comprometen la existencia de millares de ciudadanos ( Mensaje del Directorio al Consejo de los Quinientos del 24 de nivoso del año VI citado por Baraillon en su informe del 6 de germinal del año VI desde la Revolución). 

El gobierno pide al poder legislativo que limite esa peligrosa libertad.  El 14 de frimario del año III, Fourcroy presenta a la Convención un informe sobre el establecimiento de una Escuela de Salud en París, a sabiendas que ello supone en parte restaurar  la  corporación de los médicos.  Al abrirlas, se esperaba atraer a los oficiales de la salud formados de modo insuficiente y a hacer desaparecer por efecto de la libre competencia a los empíricos y a tantos médicos improvisados.  No ocurrió nada de eso.    En ventoso del año IV Baraillon propone a los Quinientos una resolución donde nadie podrá ejercer el arte de curar si no tiene un título, sea de las nuevas escuelas, sea de las antiguas facultades.  

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