Hace una semana propuse, desde estas mismas páginas, que no existía el centro político como un mero punto geométrico, intermedio entre la izquierda y la derecha. Sostuve que, en lugar de ello, debía entendérselo como el momento político de encuentro entre quienes aceptan la necesidad del cambio en la sociedad, pero están decididos a llevarlo a la práctica de manera gradual en función de las posibilidades objetivas de materializarse que ese cambio tiene. Como se trata de un momento de encuentro político, de centralización, propuse también identificar ese momento como “centralidad progresista” en lugar de “centro”, entendiendo por progreso el movimiento en que se expresa el cambio social.
Creo que ese es el atributo identitario original y, en consecuencia, principal, puesto que lo que distingue a quienes se sitúan en esa posición política es primero que nada su actitud frente al cambio social. Esa es la señal que los hace diferentes de la izquierda y de la derecha y, más marcadamente aún, de los extremos de la izquierda (quienes quieren cambiarlo todo y ahora) y de los extremos de la derecha (quienes quieren que nada cambie nunca o que sólo admiten como cambio aquel que permite retroceder hacia posiciones anteriores a aquellas a las que el cambio pudo haber conducido antes).
Es el primer atributo, pero no el único. Existen otros, derivados de éste, que también adquieren un valor principal. El más significativo es el de adhesión a la democracia. Y es que la imposición de las ideas o propuestas de izquierda o derecha, en la medida que estas propuestas se acerquen al extremo y en consecuencia se alejen de la mayoría de la sociedad (o, de otra manera, en la medida que tengan como oposición a todo el resto de la sociedad), sólo pueden alcanzarse por medios no democráticos -específicamente por la fuerza y en este caso los ejemplos de Lenin y de Fidel Castro son buenos- o, si alcanzan posiciones de poder debido a situaciones coyunturales dentro de la sociedad (esta vez los ejemplos válidos son los de Mussolini y Hitler), sólo pueden mantenerse en él mediante medios no democráticos.
Inversamente, quienes se sitúan en una posición de centralidad progresista, sólo pueden imponer sus propuestas por medios democráticos, pues la gradualidad exige la concurrencia consciente y la aceptación del cambio de parte de las mayorías. Más aún, como la gradualidad progresista se ve favorecida por la amplitud del consenso y éste sólo puede alcanzarse por medios democráticos, la democracia no sólo es el medio en que puede desarrollarse la actitud política centralizadora y progresista, sino que su ampliación se convierte también en su fin permanente.
La opción de ampliación permanente de la democracia genera, también, otras características que son propias de la identidad de centralidad progresista. Las principales entre ellas probablemente sean el pensamiento crítico y la tolerancia y, como consecuencia de esta última, el respeto y la promoción de los derechos humanos.
La posibilidad del cambio social sólo puede originarse en la crítica social. Y la crítica social, a su vez, sólo es posible en individuos y organizaciones que practiquen la libertad de pensamiento, esto es que hagan del cuestionamiento la expresión más libre de su inteligencia. Que sean capaces de observar la vida y la sociedad críticamente, es decir, que sean movidos por un pensamiento crítico. Y el pensamiento crítico es, por definición, lo opuesto a ideologías herméticas que pretenden explicar el presente el pasado y el futuro sin dejar margen al análisis (sólo la exégesis es permitida) y mucho menos a la crítica. Ideologías que encuentran su lugar natural en los extremos de la política, como el marxismo en la izquierda o el anarcocapitalismo o libertarismo en la derecha.
Pero el verdadero pensamiento crítico debe incluir, sobre todo, la posibilidad de cambiar de opinión, esto es la capacidad de enfrentarse a la realidad dispuesto a persuadir, pero también a ser persuadido. Y eso es algo que sólo puede ocurrir cuando existe la tolerancia del otro, de aquel que se está dispuesto a escuchar y tratar de entender para tratar de convencer, pero también para poner a prueba las convicciones propias. Y tolerar al otro significa, en última instancia, aceptarlo en la totalidad de sus derechos como ser humano.
Una visión realista, que quiera abarcar en su totalidad y complejidad a la centralidad progresista como actitud política, debe tener en consideración, así, la existencia de ese conjunto de elementos identitarios, vinculados entre sí hasta formar un todo: tanto un individuo como una fuerza política se identifican con la centralidad progresista cuando aceptan la necesidad del cambio en la sociedad y buscan llevarlo a la práctica de manera gradual, cuando adhieren a la democracia no sólo como un medio para alcanzar sus objetivos sino como un fin en sí misma, cuando se orientan por el pensamiento crítico en su relación con la sociedad y cuando practican la tolerancia y respetan los derechos humanos de todos los demás como norma de vida.
Ahora bien: si miramos sin apasionamientos a los partidos que actualmente ocupan el escenario político de nuestro país, ¿hasta dónde podemos decir que la centralidad democrática se extiende hacia la derecha y hacia la izquierda? Mi opinión, ya planteada hace una semana, es: hacia la izquierda, hasta algún punto dentro del Partido Socialista, hacia la derecha, hasta algún punto dentro de la UDI.
Probablemente dentro de esos límites se encuentra la coalición de fuerzas políticas mayoritaria que permitirá a nuestro país recuperar la estabilidad política y abrir paso, nuevamente, al crecimiento económico.




