Manual breve para chocar, censurar y nominar a Trump al Nobel

o cómo el mundo perdió el sentido del humor, pero ganó comunicados 

La semana fue pródiga en enseñanzas. No necesariamente buenas, pero enseñanzas al fin. Terminó con un accidente de tránsito del ministro del Interior, Carlos Negro, que nos recordó una verdad elemental, y es que nadie está por encima de la ley, salvo cuando se le vence la libreta sin darse cuenta. Si lo pensamos bien, es un gesto profundamente republicano: el ministro chocando en el tránsito, como cualquier hijo de vecino… pero con custodia, comunicado y conferencia implícita.

Fue un accidente que, en términos prácticos, fue menor. Pero en términos simbólicos, fue una clase magistral de filosofía política aplicada al asfalto. Porque no todos los días vemos al responsable máximo del orden, la ley y el control siendo sorprendido por una rotonda, un semáforo o una distracción humana. La realidad —esa anarquista incorregible— le recordó al ministro que no distingue cargos, escalafones ni jerarquías.

Volvamos a la libreta de conducir…Vencida. No extraviada. No mal escaneada. No víctima de un error informático heredado. Vencida por el simple y viejo paso del tiempo. Ese enemigo silencioso que el Estado controla para todos… menos para sí mismo. La escena es digna de un tratado filosófico: el ministro responsable del cumplimiento de la ley circulando con una habilitación que había caducado, como un colet olvidado en la heladera de la República. No fue mala fe. Fue algo peor: confianza institucional excesiva. Esa sensación tan humana de creer que el vencimiento aplica siempre a los demás. Porque la libreta no se vence sola. Se vence en silencio, como se vencen los contratos sociales cuando nadie los revisa.

Durante años nos dijeron que el problema del país era la informalidad, la falta de controles, la viveza criolla. Y de pronto descubrimos que el símbolo máximo del orden público no había pasado por el trámite más básico del civismo motorizado. Nada grave, dirán. Es cierto. Pero profundamente ilustrativo. Porque no estamos ante un delincuente vial, sino ante una figura pública que nos enseñó, sin querer, que el Estado también posterga trámites, también dice “después renuevo”, también cree que un papel vencido no cambia la esencia de las cosas. La ley seguía siendo la ley. El ministro seguía siendo ministro. Solo que el permiso para manejar había quedado atrapado en un limbo burocrático, ese lugar donde descansan las buenas intenciones.

Y ahí apareció la pregunta incómoda: ¿quién multa al ministro del Interior? ¿la ley se autoinfracciona o espera a que alguien la mire feo? El gesto posterior fue impecable: explicación, disculpas, visita al herido, trámite iniciado. Todo correcto. Todo en regla… a posteriori. Pero el daño simbólico ya estaba hecho. Porque en un país obsesionado con la norma, el formulario y el sello, resulta casi poético que el desliz haya sido exactamente ese, un documento vencido. No corrupción. No abuso. No conspiración. Calendario.

La República Oriental no cayó por un golpe de Estado, sino por una fecha que pasó de largo. Y así, el ministro nos dejó una lección involuntaria de educación cívica avanzada: la ley no se rompe solo con malas acciones, también se erosiona con olvidos pequeños, prolijos y muy humanos. Al final, todos manejamos con cuidado. Pero algunos, además, deberían revisar la fecha.

Mientras tanto, en el plano internacional, alguien tuvo la brillante idea de nominar a Donald Trump al Premio Nobel de la Paz. Sí, Trump. El mismo que confunde diplomacia con inmobiliaria y que, como si fuera poco, amenazó con quedarse con Groenlandia. Uno no sabe si reír, llorar o pedir que el Nobel incorpore una categoría nueva: “Paz conceptual”, para quienes no iniciaron guerras… porque estaban ocupados peleándose con mapas. Machado lo propuso. Trump sonrió. Y el mundo confirmó que la ironía ya no es patrimonio del humor, sino de la política internacional.

Pero volvamos a casa, que acá también tenemos material. La censura —o autocensura, que es más elegante— al espectáculo de Doña Bastarda en el INAU nos dejó una pregunta vieja como el carnaval mismo: ¿hasta dónde llega el humor y dónde empieza el miedo a incomodar? La respuesta parece clara. El humor llega hasta donde no molesta a nadie. Y ahí, curiosamente, deja de ser humor. Nuestro carnaval, otrora irreverente, filoso y popular, atraviesa una etapa delicada con mucho mensaje y poca gracia. Mucho discurso correcto. Poco riesgo. Demasiada bajada de línea y escasez de remate. La murga se volvió asamblea. El cuplé, comunicado. Y el humor… bueno, el humor pidió licencia sin goce de sueldo. No es que falte talento. Falta libertad para equivocarse, exagerar, molestar y reírse incluso de las causas nobles.

Por eso, humilde recomendación de Clodomiro: miren el Carnaval de Cádiz. Ahí el humor es político, sí. Pero también inteligente, musical, corrosivo y profundamente artístico. Se ríen del poder, de sí mismos, del público y del mundo entero… sin necesidad de pedir perdón antes de cantar. En Cádiz entendieron algo que nosotros estamos olvidando, el humor no educa por obediencia, educa por inteligencia. 

Entre ministros que chocan, presidentes que quieren comprar islas, premios Nobel que parecen chistes largos y murgas con miedo a la risa, queda claro que el problema no es la falta de humor. El problema es la falta de coraje para bancarlo. Y cierro, como corresponde, con una frase que Batlle y Ordóñez no dijo, pero debería estar colgada en cada escenario de carnaval: “Cuando el humor necesita autorización, deja de ser humor y pasa a ser propaganda.”

Dicho esto, Clodomiro cruza la calle mirando a ambos lados, escucha murga extranjera y espera —con esperanza moderada— que alguien vuelva a animarse a hacer reír sin pedir permiso.

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