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Los últimos del Titanic
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Los últimos del Titanic

Ya sabemos lo que suponíamos pero sigue vigente la reflexión de esta columna escrita hace unos días. El Titan operaba en aguas internacionales, donde ninguna autoridad exige el cumplimiento de medidas de seguridad

A lo largo de los últimos días, los medios de comunicación nos han venido relatando la angustiosa desventura del Titan, ese batiscafo, con cinco personas a bordo, que el pasado domingo emprendió rumbo al legendario pecio del Titanic, sedente a casi cuatro kilómetros de profundidad en las aguas del Atlántico Norte. En el momento en que escribo estas líneas, nada se sabe del pequeño submarino.

En él embarcaron cinco aventureros millonarios. Su pista se perdió durante el descenso. Aviones militares detectaron ruidos sospechosos que tal vez procedieran del sumergible. Aparte de eso, nada se ha sabido hasta el momento. De permanecer vivos dentro, los ocupantes se habrían visto sometidos a las condiciones más adversas: oscuridad absoluta, temperatura rayana en la congelación, carencia de bebida y alimento. A pesar de ello –o por ello, precisamente–, se ha desencadenado un espectacular operativo en el que participan medios navales y aéreos de Canadá, Estados Unidos, Francia y Reino Unido. El corazón exige que todo se intente para salvar cinco vidas humanas, aunque la cruda y descarnada razón nos obligue a perder la esperanza.

El Titan operaba en aguas internacionales, donde ninguna autoridad exige el cumplimiento de medidas de seguridad. Cada cliente que pagó 250.000 euros por su pasaje al frío renunció expresamente a toda clase de indemnización por posibles daños, incluida la muerte. Una legión de abogados luchará por los intereses de sus familiares.

No habrá abogados que defiendan a los cientos de migrantes que mueren ahogados cada año en esa fosa común que se llama Mediterráneo. También ellos asumen enormes riesgos, pero no para experimentar nuevas sensaciones, sino para huir del hambre, de la persecución política y de la guerra. Mientras el mundo contiene la respiración esperando noticias del Titan, los Estados ribereños de un mar que fue crisol de culturas discuten inhumanamente sobre si se debe intervenir para socorrer a hombres, mujeres y niños «ilegales», sin papeles, desahuciados de nuestra sociedad global. Justificamos la inacción con el argumento hipócrita de no provocar un «efecto llamada»; de no promover el negocio de unos desalmados que mercadean con personas. Para ellos no hubo ni hay despliegue de medios; no hay prisas. Pareciera que sus vidas valen menos que las de los aventureros que –ojalá no sea así– se añaden, ciento once años después, a la nómina de víctimas del Titanic.

Habrá quienes tachen esta columna de demagógica. Que se lo miren. Cientos de cadáveres yacen cada año en el fondo de nuestro mar.

(*) Profesor de Derecho Penal, Universidad de Salamanca

https://www.lagacetadesalamanca.es

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