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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

Los partidos políticos ya no están en el corazón de las democracias

Para Pierre Rosanvallon, la democracia de partidos perteneció a un tiempo histórico en el que las sociedades se organizaban alrededor de clases sociales con identidades nítidas y coherentes.

El modelo parlamentario británico de comienzos del siglo XIX no regresará. ¿Por qué? Porque aquel parlamento estaba compuesto por élites relativamente independientes en sus opiniones, lo que le permitía ser un verdadero espacio de control, deliberación e investigación.

Antes, las protestas sociales eran encauzadas por partidos y sindicatos. Hoy, esos organismos representan mucho menos a la sociedad: ya no son movimientos de clase, y las sociedades tampoco se estructuran de ese modo.

Durante décadas, los partidos fueron portavoces organizados de fuerzas sociales: el comunista encarnaba al mundo obrero; el socialista, a empleados e intelectuales; otros representaban a comerciantes o industriales. Ese papel se extinguió porque respondía a un orden social que dejó de existir.

Un segundo elemento de su fortaleza era la capacidad de ser los grandes arquitectos de los parlamentos. Eran ellos quienes los conformaban. Sin embargo, en casi todas partes ese vínculo se transformó: los poderes ejecutivos se han robustecido frente a los legislativos. Vivimos en sociedades sometidas a crisis recurrentes —climáticas, terroristas, sanitarias— que exigen respuestas inmediatas. El tiempo político ya no coincide con el tiempo parlamentario, y el poder que mejor se acomoda a esa urgencia es el Ejecutivo.

El populismo

El populismo surge como el síntoma del agotamiento del modelo representativo tradicional.

Una de sus marcas más persistentes —aunque tal vez imprecisamente llamada “iliberalismo”— es la deriva hacia un autoritarismo democrático: bajo la justificación de haber ganado elecciones, se busca concentrar el poder. Así, la ideología populista se traduce en práctica populista: limitar la independencia del poder judicial, recortar la influencia de los tribunales constitucionales, suprimir organismos autónomos y restringir la libertad de prensa, vista apenas como la voz de intereses contrarios al “Pueblo”. Viktor Orbán, por ejemplo, considera legítimo atacar a la prensa crítica porque la interpreta como instrumento de intereses particulares.

Otra característica es la propuesta de reformas constitucionales que otorgan legitimidad electoral a la permanencia en el poder. Sin embargo, una definición esencial de la democracia consiste precisamente en la posibilidad de sustituir a los gobernantes en cada elección.

El populismo difuso se alimenta de dos motores principales:

  • El vínculo directo del Ejecutivo con la opinión pública, sin mediaciones institucionales.
  • La centralidad de los conflictos de valores y pasiones, más que de intereses.

Los intereses pueden negociarse; las pasiones, no. Por eso el populismo es, ante todo, el régimen de las pasiones.

Un tercer motor es la politización total de la esfera pública, donde incluso la verdad se vuelve objeto de disputa.

El populismo parte de la idea de que el Pueblo existe como una unidad dada. Pero para Rosanvallon, el Pueblo no es un sujeto preexistente: es una construcción, un proyecto en constante elaboración, tejido con experiencias sociales, tensiones y contradicciones. La democracia, precisamente, consiste en hacer Pueblo, en hacer Nación.

La democracia

Para Rosanvallon, la democracia no debe analizarse solo desde sus instituciones, sino desde sus funcionalidades.

No existe una democracia ideal: no es un modelo acabado, sino la búsqueda incesante de poner en movimiento sus principios.

La definición clásica —soberanía del Pueblo, poder para el Pueblo— abre de inmediato preguntas: ¿quién es el Pueblo?, ¿cuál es su interés?, ¿qué significa soberanía?

Cada respuesta genera un nuevo problema. La democracia es, en ese sentido, una exploración permanente. Algunos países avanzan más en ciertos aspectos —los escandinavos, por ejemplo, en paridad de género— y otros en la representación de minorías. La democracia es un campo de experiencias.

No se trata solo de un procedimiento, sino también de una cualidad política. Es democrático quien decide frente al Pueblo y rinde cuentas. La democracia obliga al poder a explicarse: un juez debe motivar sus fallos, no basta con invocar legitimidad electoral.

Reducir la democracia únicamente a la elección es una visión angosta. Supone también instituciones al servicio del interés general, aunque no sean electas, como tantas autoridades independientes. De lo contrario, todo quedaría bajo control de un solo poder. Y la democracia es, por definición, el régimen que impide que el poder se concentre en unas mismas manos.

Fuente: https://www.redalyc.org/journal/628/62869362011/html/

 

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