“Todo lo que tiene que pasar… pasa”, dijo el Buda. Una especie de determinación de las cosas que Calvino reprodujo a su modo al establecer que Dios ha elegido a quienes han de salvarse y que ello ocurrirá sin ninguna previsión de mérito de esas personas, sino sólo porque Él así lo quiso. Y hasta don Vito Corleone, el padrino, menos sublime pero no por ello menos sabio, afirmó “todo hombre tiene su destino”. Y yo, ni sabio ni sublime, pero con humildes pretensiones de exégeta de los anteriores, digo que cuando está “de cajón” que algo va a ocurrir, lo más probable es que termine ocurriendo.
¿Y qué es lo que le “tiene que pasar” a este gobierno? ¿Cuál es el designio supremo con relación a él? ¿Cuál su destino? Con la misma humildad lo he sugerido en anteriores ocasiones desde esta misma columna de opinión: no le va a pasar nada o por lo menos nada más; se acabó, duró dos años y hasta ahí llegó. Lo que queda de su período constitucional va a ser sólo una sucesión de elecciones que, como en un crescendo musical, va a terminar con el redoble de tambores de la elección presidencial del año próximo.
Desperdiciados esos dos primeros años, que son los únicos en que un gobierno de cuatro años puede promover acciones transformadoras llevando a cabo negociaciones y llegando a acuerdos con sus adversarios, éstos han entrado en modo electoral y difícilmente van a concederle acuerdos al gobierno que éste transformará en argumentos electorales. Ya no habrá grandes reformas. La reforma al sistema de pensiones habrá de esperar a un gobierno más sensato, capaz de llegar a La Moneda sin ínfulas refundacionales y con proyectos trabajados con sus adversarios de modo de llegar rápidamente a acuerdos al comenzar su andadura.
Es más, y también lo he dicho desde esta columna: en el curso de estos años de gobierno y después de ver multiplicarse sus propios errores, Gabriel Boric ha cambiado y quizás su cambio se llame madurez. Todo indica que ya no tiene a sus ministros socialistas democráticos como simples sostenedores del entramado institucional mientras él se dedicaba a sus desafueros, como en el primer año de su gobierno, sino que ahora comparte sus ideas. Yo me alegro por él y puedo pensar que, en ese camino, el país podrá contar con un político talentoso en los años por venir… pero no podrá hacer nada para evitar lo que el destino le tiene señalado a su gobierno: su karma le hará pagar las acciones cometidas.
¿Quiénes son los agentes que se empeñan en desbaratar los intentos de Gabriel Boric de escapar a su destino? Son sus propios colaboradores. Ya hemos comentado como su ministro Álvaro Elizalde, al intentar pasar con ardides de asamblea universitaria un cambio en los procedimientos electorales de octubre, le entregó a la oposición el mejor argumento para que ésta justifique su renuencia a negociar nuevas leyes de reforma. Y ahora le tocó el turno a su ministra del Trabajo, Jeanette Jara.
Como parte de una discusión que parece eternizarse, la Comisión de Trabajo del Senado decidió constituir una “mesa técnica”, integrada por un representante de cada uno de los senadores de la Comisión, al objeto de que analizaran posibles acuerdos para la reforma previsional que impulsa el gobierno. Hace un par de semanas la mesa entregó un informe alcanzado por consenso por sus integrantes y el miércoles pasado lo expuso ante la Comisión, que tuvo a la ministra Jara y al ministro Marcel como invitados. En términos generales, como va siendo un ritual en este tipo de circunstancias, los ministros alabaron el consenso y la calidad de los acuerdos alcanzados (el ministro Marcel habló de que se podían identificar 21 puntos de acuerdo y que ello era “un hito bien importante para efectos del desarrollo de esta iniciativa”).
Pero… pero la ministra Jara, a su vez, y de la manera tranquila y comedida que le es habitual, señaló que había un punto sobre el cual no había acuerdo con los acuerdos de la “mesa técnica”. Aquel que rechaza la pretensión gubernamental de dividir la industria en dos partes: una que se haga cargo de administrar las cuentas de todos los cotizantes y otra, constituida por las actuales AFP, que rentabilizaría los fondos. Como en la aventura emprendida por el ministro Elizalde, aparentemente se trataría de un tema menor… pero no lo es. Lo que se ha dado en llamar la “separación de la industria” significaría la desaparición de las AFP tal como ellas existen actualmente. Es decir, el objetivo que desde un comienzo ha perseguido el gobierno. Y aunque no se trataría de su desaparición para ser substituidas por algún tipo de sistema de reparto, como era el objetivo original, sí sería suficiente para que el gobierno se colgara en el pecho la medalla de “haber terminado con las AFP como había prometido”. Algo que, es de presumir, sus adversarios no le permitirán.
Y, como también es de presumir, la discusión continuará sin fin, el gobierno no habrá logrado su propósito y continuará su andar por el camino que le está señalado. Y aunque, como en la tragedia griega, se escuche al coro compuesto por todos los partidos del espectro político proclamando la necesidad de la reforma previsional, esta no llegará sino con un nuevo gobierno.
En un momento como ese, contemplando un episodio como el que viviremos los próximos meses, el Buda habría podido decir: “lo que tenía que pasar… pasó”.



