En mayo de 2024, Giuliano da Empoli —autor de Los ingenieros del caos y de la novela El mago del Kremlin— fue entrevistado por Carlos Pagni en un encuentro en el Instituto Francés de Argentina.
Tras presentar al invitado, Pagni sostuvo que el mileísmo constituye un experimento político que parece salido de uno de sus libros. El periodista argentino define esta etapa del desarrollo de las democracias como una “política cuántica”: líderes más vinculados a la emoción que al concepto, que captan la atención del electorado y generan identificación y sentimientos de pertenencia. Se rodean, además, de gurúes que descifran a la opinión pública y cuya función principal es inducir conflicto y detectar nichos de odio. “¿En qué medida esto es novedoso y en qué medida repite viejas experiencias de liderazgos populistas?”, preguntó Pagni.
La casta
Da Empoli señaló que, aunque ser italiano no siempre es una ventaja, sí lo es al estudiar el fenómeno nacional-populista. Recordó que, en los años noventa, un best seller italiano titulado La Casta vendió tres millones de ejemplares y se convirtió en un vector de la furia contra el establishment político, condicionando el rumbo del país durante los últimos 25 años. Así, Italia se transformó —involuntariamente— en el Silicon Valley del populismo.
A su juicio, no es cierto que la explotación política del enojo sea novedosa: crece en tiempos de crisis y se disipa en períodos de normalidad. Existen instituciones y partidos que actúan como auténticos “bancos” de esa furia. Los votantes frustrados depositan allí su malestar, y quienes administran ese capital lo utilizan para impulsar los cambios que proponen.
Los partidos de izquierda fueron los primeros en capitalizar el enojo social. Lograron llegar al poder, pero, una vez instalados, perdieron buena parte del capital acumulado. Las nuevas derechas también recogen ese malestar, pero lo hacen dentro del ecosistema de medios y plataformas hiperpoderosas que hoy estructuran nuestra relación con la información.
Tecnología y extremos
Según Da Empoli, los ingenieros del caos no están interesados en la verdad ni en las tradicionales categorías de izquierda y derecha. Las plataformas de internet carecen de ideología: solo buscan captar atención y retener usuarios. Sus algoritmos no se sienten cómodos en el centro; explotan los extremos.
Mientras que los viejos medios —televisión, radio, prensa en papel— obligaban a converger hacia el centro para construir mayorías, hoy lo que se capitaliza es la sobreexcitación de los extremos. Da Empoli comenta que, siendo joven en los años noventa, le costaba entender la década de 1930; hoy le resulta más sencillo. Cuando el nivel de desconfianza y enojo social supera cierto umbral, todas las reglas de la política se invierten.
Caminar hacia lo desconocido
El periodista de La Nación recordó un pasaje de Los ingenieros del caos que afirma que los alemanes de 1933 y los rusos de 1917 no hicieron otra cosa que caminar hacia lo desconocido.
Da Empoli añade que, tras la caída de la Unión Soviética, surgieron los oligarcas, mientras que el resto de la población perdió los modestos privilegios que conservaba. La nomenklatura soviética ofrecía previsibilidad, y todos los seres humanos desean tener algún control sobre su futuro. Ese orden se evaporó con el derrumbe del comunismo. Los primeros años del capitalismo ruso implicaron la bancarrota del Estado, que ya ni siquiera podía pagar salarios. En ese contexto de colapso surgió la demanda de un liderazgo fuerte. Putin vino a restaurar esa verticalidad.
Las nuevas derechas
Da Empoli sostiene que la política tradicional ha respondido de dos maneras ante estos nuevos liderazgos. Una consiste en esperar que el advenedizo se autodestruya. Biden, un político clásico, sucedió a Trump; Lula retornó tras el fenómeno Bolsonaro.
La otra estrategia consiste en que los viejos líderes adopten algunos atributos de los nuevos: comienzan a expresarse de forma más franca, simple y confrontativa, desintermediando el vínculo con sus votantes. Les hablan de manera directa, una práctica que Da Empoli resume como “cabalgar al tigre”.
Pero advierte que un jefe de Estado no puede entregarse a la simpleza sin pagar costos. Ese camino, señala, puede convertirse en una trampa para las democracias: exacerba la polarización y desconecta al liderazgo de la realidad. “Al final del día —resume— es una cuestión de equilibrio”.
Pagni plantea entonces que la capitalización del descontento y el cultivo del odio pueden resultar muy eficaces para ganar elecciones, pero pregunta: “Después, ¿cómo se gobierna?”.
Da Empoli responde distinguiendo entre líderes populistas capaces y otros que no lo son tanto. Entre los primeros menciona a Viktor Orbán en Hungría, Narendra Modi en India y Giorgia Meloni en Italia. En sus gobiernos, afirma, operan con un doble sistema: son ortodoxos en lo económico, con ministros de economía respetables, pero en la política doméstica actúan como agitadores, reaccionarios, activando chivos expiatorios y explotando la cuestión identitaria —inmigración, alteridad, minorías— para sostener su programa de gobierno.
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