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Lacalle ante el Parlamento
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Lacalle ante el Parlamento

El Presidente de la República compareció –como lo ha hecho desde que asumió la alta magistratura– ante el Parlamento para rendir cuentas tras otro año de gestión. No interesa aquí comentar sus dichos, que le merecieron, desde tiendas amigas, el calificativo de “estadista” y desde los sectores más combativos de la oposición, la acusación de vivir en otro país.

Sí, en cambio, merece la pena detenerse en lo que significa para los uruguayos —sustento del país— la presencia del Jefe de Gobierno en el Palacio Legislativo, la caja de resonancia del pueblo. 

A Luis Lacalle Pou lo eligió la ciudadanía con apenas unos puntos de diferencia respecto de su contrincante electoral y cuatro años después, según las últimas encuestas, el 45 por ciento de los electores aprueba su gestión. Es decir, el presidente no tiene una mayoría que lo respalde, y el partido que lo llevó a la cabeza del Poder Ejecutivo ni siquiera es la minoría mayor del espectro político nacional 

Sin embargo, es posible afirmar categóricamente que la enorme mayoría de los uruguayos celebra y aplaude el gesto que comienza con el Presidente de la Nación y termina con el último legislador electo por la lista menos votada del partido menos votado del país. Porque la mayoría de los orientales siente el republicanismo en su esencia y lo asume en su forma de vida.

Ciertamente, estas líneas no descubren nada nuevo. Uruguay es lo que es y rompe los ojos. Pero por si algún despistado faltase a la cita de la civilidad y no entendiera las cosas, es bueno que el senador opositor Mario Bergara, líder y precandidato a la presidencia por un sector del Frente Amplio, haya destacado el talante republicano del contenido del discurso presidencial cuyo carácter, a todas luces, impregna el evento en su integridad.

EL DIA destacaba en uno de sus últimos editoriales, la visión que se tiene del Uruguay desde el exterior, corroborada el mes pasado por el reporte de The Economist, que evalúa la democracia alrededor del mundo y que le confirió al país un lugar entre las escasas democracias plenas del orbe. Por cierto, que algunos pasajes de la exposición  de Lacalle Pou haya sido aplaudidas hasta por la oposición, no hace sino ratificar en los hechos lo que ya no es novedad para nadie.

No obstante, insistir en las fortalezas de la democracia nacional, en el acierto que constituye la comparecencia del mandatario ante las Cámaras y en el respeto de sus integrantes a la investidura presidencial, nunca está demás. Sobretodo si se toma consciencia que en el mundo entero al mismo tiempo en que se destaca el ejemplo uruguayo, se asiste también a la degradación democrática en países cuya involución resultaba impensable apenas años atrás.

Por lo tanto, que los uruguayos tengan motivos para estar orgullosos de la democracia que han construido les impone la obligación de mantener su estatus y la carga de mejorarlo. Y en esa tarea, a veces titánica, cabe también la honestidad de compararse con lo que no se es. Así, ser esencialmente demócratas , implica que no se pueda eludir la condena a los regímenes con formas dictatoriales de gobierno.

En momentos en que la ciudadanía se adentra, internas mediante, en el año electoral, estas consideraciones, que van dirigidas y se resuelven exclusivamente en la conducta de cada uno de los sufragantes, cobran, además, un sentido aún más profundo, casi perentorio.

 

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