El pueblo uruguayo acaba de definir su gobierno para los próximos cinco años. El Frente Amplio es el triunfador de la hora.
Por más que en la campaña se trató de enfatizar que en esta oportunidad se elegían personas y no partidos, eso es sólo la mitad de la verdad que el balotaje trae consigo: los candidatos fueron tales en tanto fueron ungidos en las internas partidarias. El peso de las colectividades tomará toda su dimensión a partir del primero de marzo del año que viene.
En el Frente Amplio actual, que es el producto de un proceso institucional de más de medio siglo mediante el cual varios partidos políticos se coaligaron para llegar al poder, las diferencias originales parecen haberse difuminado con el paso del tiempo. Pero sólo en apariencia.
Explica tal circunstancia un hecho indisputable: dentro de la coalición frenteamplista los partidos más radicales se fagocitaron a las expresiones moderadas representadas por la ideología socialcristiana y socialdemócrata. Tupamaros y comunistas arrasaron dejando con poco margen de maniobra a sectores otrora fuertemente representados y esto, obviamente, marcará el talante de este nuevo período.
Bien podría decirse, entonces, que los próximos cinco años estarán pautados por los equilibrios logrados tanto al interior del oficialismo como de la oposición, de acuerdo al peso específico logrado en las instancias previas a la definición de las últimas horas.
Todo esto bien pudo ser escrito —aunque, lo reconocemos, con distinto énfasis— cinco, diez quince o veinte años atrás, luego de conocido quién habría de comandar el Poder Ejecutivo en dichas oportunidades. Sin embargo en esta ocasión la realidad política es muy otra. Tabaré Vázquez, José Mujica y Luis Lacalle Pou gobernaron con mayorías parlamentarias que les permitieron darle un rumbo claro a sus gestiones.
Es cierto, en aquellos años hubo circunstancias en que los presidentes tuvieron que apelar al veto. Casos emblemáticos fueron el de Vázquez en el caso del aborto, cuando sobrepuso su ética personal a la de la mayoría parlamentaria, y el de Lacalle Pou, al dejar sin efecto una iniciativa de Cabildo Abierto que amenazaba la libertad de prensa. Pero fueron hechos puntuales excepcionales.
No menos cierto es que muchos analistas encontraron la explicación al anodino segundo período presidencial de Vázquez en los difíciles equilibrios internos que le tocó administrar durante esa gestión. Pero eso suele ser parte de las realidades políticas de las concertaciones y sus negociaciones.
La nueva realidad que se inicia hoy es bien distinta. El nuevo gobierno no cuenta con mayoría en las Cámaras. Este hecho que durante la campaña fue presentado como argumento para el voto a la fórmula del Frente Amplio, es apreciado en los regímenes presidencialistas fuertes como una garantía democrática deseable que efectiviza la separación de poderes mediante controles y equilibrios.
La ciudadania no debería ver amenazas donde no las hay, y si por alguna razón prefiriese que las gestiones deben tener siempre un mínimo respaldo parlamentario entonces debería pensarse —como lo venimos proponiendo insistentemente— en adoptar un sistema parlamentarista. Mientras tanto la Constitución establece institutos para dirimir las posibles discrepancias entre los distintos Poderes del Estado.
Naturalmente, en la resolución de posibles conflictos, hay formas de formas y maneras de maneras. De los métodos elegidos, que corresponderá decidir tanto al futuro gobierno como a la oposición también dependerá el talante con que el pueblo transcurrirá los 1826 días que se inauguran a partir del 1° de marzo.
Es de desear que la herramienta de la negociación sea la norma, contra la excepción de una confrontación inconducente.
En estos días circuló en las redes sociales un discurso del Presidente de la República pidiendo a su audiencia que no olvidase que después del 24 de noviembre venía el 25. Inexorablemente pasada la elección no cambia la cotidianidad de la vida nacional. Los vecinos siguen siendo los mismos los problemas también, dijo el mandatario. Pero el Uruguay sigue siendo uno.
A la hora de conducir los asuntos públicos el gobierno y la oposición, la oposición y el gobierno habrán de tenerlo en cuenta. Porque al cabo, resulte lo que resulte después de las dos vueltas electorales, es la decisión sagrada de la Nación.
