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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

La vocación que me eligió

Desde los diez años supe qué quería ser en la vida. Mientras muchos aún jugaban a imaginar futuros inciertos, yo ya soñaba despierto con un destino claro: quería ser poeta, periodista y político. No era un capricho infantil ni una fantasía pasajera. Era un fuego interior que, en lugar de apagarse con los años, fue creciendo, tomando forma y volviéndose compromiso.

Recuerdo esas noches como si fueran ayer. CX 30, La Radio, era mi ritual secreto. Mientras otros dormían, yo era, probablemente, el oyente más joven de la emisora. Esperaba con ansias las transmisiones en vivo desde la Asamblea General o los plenarios legislativos del recién llegado parlamento. No era solo una cuestión de interés: era admiración profunda. Escuchar aquellos parlamentos me emocionaba. Las voces cargadas de convicción, las pausas que marcaban las ideas, la elocuencia de quienes claramente habían estudiado y leído largamente antes de tomar la palabra. Era, para mí, un espectáculo de inteligencia, de cultura viva en acción. Y me deslumbraba.

Ese era mi radio teatro. Mientras otros niños esperaban cuentos o fútbol, yo me perdía en el drama real de la democracia, en el debate apasionado de hombres y mujeres que —con ideas y argumentos— construían el país palabra a palabra. En esas noches entendí que la política no era griterío, sino pensamiento; no era oportunismo, sino vocación. Y supe que algún día quería estar ahí. No como espectador, sino como protagonista.

En un país donde muchas personas llegan a la vejez sin saber para qué estaban hechas, yo tenía una certeza que me sostenía: quería servir, debatir y construir. Quería estar ahí, entre esas voces, aportando mi palabra, mi visión y mis valores. La política, desde mi mirada adolescente, no era el lugar de la ambición mezquina, sino el escenario donde las ideas se enfrentaban con altura, con pasión, con argumentos encendidos, pero también con respeto. Era una escuela viva de ciudadanía.

Alguien podría pensar que ese deseo era ingenuo. Pero no lo era. Era puro y profundo. Y lo sigue siendo. Porque amar la política no es fácil. Es resistir la decepción. Es no ceder al cinismo. Es seguir creyendo que desde el Estado se puede transformar la vida de la gente, sobre todo de quienes más lo necesitan. Es tener memoria, y convicción. Es no olvidarse nunca de por qué uno empezó.

La política, para mí, no fue una carrera: fue una vocación. Y quizás más aún, una pertenencia emocional. Como otros sienten la llamada del arte o del sacerdocio, yo sentí la llamada de la palabra pública, de la plaza, del Parlamento, del micrófono y de la prensa. Y con ella he recorrido la vida, con aciertos y errores, pero sin traicionar nunca aquella certeza luminosa de la infancia.

Soñaba con ser Presidente de la República. No por gloria personal, sino porque me dolía el mundo y quería tener la oportunidad de mejorarlo. Hoy no sé si ese destino se cumplirá. Pero sigo caminando con la misma fe de aquel niño que, con un viejo transistor de los años ’80, escuchaba los discursos nocturnos como quien escucha un sueño posible.

Recuerdo una frase atribuida a José Batlle y Ordóñez que me marcó desde que la leí en la adolescencia: “La política no es un negocio, sino una función pública, un sacerdocio laico al servicio de la sociedad.” Esa idea, que luego defendieron con altura otros referentes éticos de nuestra democracia, se enraizó en mí. Pienso, por ejemplo, en Renán Rodríguez, quien creía firmemente que la política era una expresión moral y pedagógica de la República, una forma de servir, educar y elevar a la ciudadanía desde la palabra clara, honesta y culta.

Y en ese camino de formación y pasión, hubo un nombre que me marcó de manera definitiva: Julio María Sanguinetti. Él fue mi inspiración. Mi espejo. En su figura encontré el ideal del político culto, democrático, profundamente humanista y universal. Siempre sostuvo que “la política es la forma más alta de la cultura, porque supone organización, diálogo, tolerancia y respeto al otro.” Con su ejemplo comprendí que ejercer el poder exige sensibilidad por el arte, comprensión de la historia y una defensa férrea de la libertad. Su palabra iluminó mis certezas y me enseñó a pensar sin fanatismos, a servir sin rencores, a defender ideas sin perder la serenidad.

Hoy, 35 años después de haber iniciado mi militancia en el Partido Colorado, tengo el honor de ser Diputado suplente. No es un título, es una responsabilidad. No es una medalla, es un compromiso que reafirma aquel impulso primero. No llegué aquí por azar, sino por fidelidad a ese sueño persistente que nació en mi infancia y que aún hoy me acompaña como una brújula.

El pasado 18 de junio, inicié mi actividad parlamentaria sentado en la Asamblea General, durante el homenaje al Lic. Hugo Fernández Faingold. Y en un momento posterior a mi oratoria, sucedió algo que solo puede entender quien ha amado profundamente una vocación: se me apareció aquel adolescente en su cuarto, escuchando esas intervenciones sin fin. Y me vi ahí, sentado en ese mismo recinto que para mí, durante tantos años, había sido un lugar sagrado e inalcanzable. El niño que soñaba con la política se encontró con el adulto que la vivía. Y en ese instante, supe que los sueños —cuando se cultivan con constancia, disciplina y amor— pueden cumplirse.

Y si algo deseo con este testimonio, es que sirva como ejemplo para los más jóvenes. Que sepan que no hay sueños imposibles. Que entiendan que los anhelos más profundos no se compran ni se improvisan: se construyen, paso a paso, lentamente para mejor disfrutarlos y con la fuerza justa de la convicción.

 

 

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