La silla vacía del Estado

 

El próximo 21 de julio, algunos de los principales líderes del progresismo iberoamericano se reunirán en Santiago de Chile en lo que se ha anunciado como un “retiro ideológico”. Participarán Luiz Inácio “Lula” da Silva, Gabriel Boric, Gustavo Petro, Pedro Sánchez y Yamandú Orsi, el recientemente asumido presidente uruguayo, quien a pocos meses de haber tomado posesión, ya se suma a esta especie de cumbre espiritual del poder.

La escena —tan cuidada como estéril— parece salida de un libreto gastado: cuando los gobiernos de izquierda comienzan a mostrar signos de fatiga, improvisación o desencanto, la respuesta no es mejorar la gestión, sino convocar un encuentro, un foro, una cumbre o un retiro. Siempre lejos del barro real, siempre en lo alto, donde las consignas suenan más fuertes que las demandas del pueblo.

Mientras las mayorías aguardan soluciones concretas, los presidentes se apartan…
A pensar… A reflexionar bajo el amparo del espejismo de una revolución que ya no llega ni llegará, entre retratos del Che, frases de Gramsci mal citadas y el eco de una épica que se desdibuja entre la comodidad del poder y la distancia con la calle.

En democracia, un jefe de Estado no tiene el derecho a retirarse del pueblo. No fue electo para meditar sobre el rumbo ideológico de su corriente, sino para administrar el país que le fue confiado, con eficiencia, con realismo y con presencia. La política no es un monasterio ni una sesión de terapia colectiva, es acción concreta, cotidiana, muchas veces ingrata, pero absolutamente irrenunciable.

Y sin embargo, mientras se preparan las credenciales para este nuevo ejercicio de autorreferencia continental, los problemas en sus países se acumulan.

Lula enfrenta una economía estancada, sin señales claras de inversión ni reactivación industrial, y con su base popular cada vez más distante de los efectos reales del “lulismo”. Petro ha hecho de la improvisación su estilo de gobierno, y ya ni su bancada lo sigue con convicción. Colombia convive con la violencia de siempre y con la frustración de quienes creyeron que esta vez sería distinto. Boric, atrapado entre la nostalgia estudiantil y la realpolitik, deja un Chile más inseguro, más dividido, y con una ciudadanía harta de promesas vacías. Pedro Sánchez vive su peor momento: su Gobierno está envuelto en casos de corrupción, de tráfico de influencias, y en escándalos vinculados a la esfera sexual del poder. Su credibilidad se erosiona día a día, mientras él insiste en proyectarse como el faro moral del socialismo europeo. Y Orsi, recién instalado en el poder, arranca su mandato no con una hoja de ruta clara, sino sumándose a un retiro ideológico, como si antes que presidente fuera todavía un militante buscando sentido.

Lo más revelador de Orsi, sin embargo, no es su presencia en Chile, sino lo que dijo:

“Si alguien espera que empecemos a gobernar inventando algo nuevo, tranquilo, se equivocó de película.”

La frase, lejos de ser una muestra de prudencia, es una confesión de resignación ideológica y pragmatismo conservador. Es el retrato de un liderazgo que se proclama progresista pero renuncia —de entrada— a cualquier transformación real. Es una promesa vacía de cambio. Y, al mismo tiempo, la justificación perfecta para aferrarse a la inercia del aparato político sin incomodarlo.

La pregunta, entonces, no es si tienen derecho a reunirse. La pregunta es qué hacen con el poder mientras están ausentes.

Porque cada vez que un presidente se retira a pensar en abstracto, deja vacía la silla del Estado. Cada vez que opta por el discurso antes que por la acción, la distancia con su pueblo se ensancha. Y cuando esa silla queda vacía —aunque sea simbólicamente—, no tarda en ser ocupada por la frustración, la antipolítica o el autoritarismo.

Defender la democracia no es repetir slogans. Es gobernar bien. Es respetar el cargo. Es entender que el poder no es propiedad privada, ni refugio de camarillas, ni escenario para retiros ideológicos. El poder es un compromiso, una tarea, una responsabilidad que no admite pausas.

El pueblo no vota para que sus líderes se piensen a sí mismos. Vota para que hagan. Para que estén. Para que ocupen su lugar. La silla del Estado no es simbólica, es real. Y hoy, cada vez más, está vacía por igual, sin ideas y sin acción.

Si los presidentes se retiran, es el pueblo quien debe ocupar el centro, con su voz, con su reclamo y con su memoria. No para sustituir al poder, sino para recordarle su razón de ser. Porque en una democracia auténtica, la autoridad no se hereda ni se aísla: se ejerce con responsabilidad.

No es progresista abandonar el deber. No es transformador eludir el presente y mucho menos, no es ético callar.

Que no nos gane la indiferencia. La silla vacía del Estado debe dolernos.
Y si no la ocupan ellos con compromiso, deberá llenarse con nuestra voz.