
Somos afortunados de vivir en Salamanca. ¡Cuántas veces habré visto cómo los turistas clavan el paso en la puerta de Prior, sobrecogidos por la belleza de la Plaza Mayor! Viejas guerras, unidas a la mala política, arruinaron buena parte de la belleza que cautivó al Licenciado Vidriera. En general, puede decirse que la nuestra es una ciudad bien administrada en este ámbito, con iniciativas, pero tanto el interés como la ignorancia hacen que, de vez en cuando, afloren malas decisiones.
Me gusta mi ciudad y me gusta presumir de ella. Por eso, cuando me calzo el traje de cicerone, evito caminar por la Rúa. La entrada desde el Corrillo no invita a contemplar la torre de la Catedral Nueva. La interminable hilera de terrazas que se instalan cuando el clima lo permite casi agota el ancho de la calle, reduciendo al peatón a la mínima expresión. Ya no hay librerías, sino tiendas para turistas que siguen a un paraguas chillón, obligados a respirar el olor que desprenden algunos locales. Descartados el paseo y la conversación, quedan pocos lugareños que no sean los estudiantes que van o vienen de sus facultades.
Peor aún es la lamentable situación en la que están muchos de los edificios de este tramo de la Vía de la Plata. Pollo Martín, el alcalde que tanto trabajó para dar a la Rúa el lustre que merece, lloraría de pena si viera cómo se encuentran desde hace décadas los restos del hotel Universal, declarado en ruina en 2007; o su vecina Casa de las Tres Culturas, construida bajo su mandato, hoy incluida en la lista roja de Hispania Nostra. Para que nadie se descalabre, el Ayuntamiento instaló en 2008 una cubierta de chapa que ahí sigue. Un solar cuyas vergüenzas oculta un muro lleno de grafitis da paso a otro, bastante más adelante, ya próximo a la plaza de Anaya. Tras la fachada apuntalada se halla el castro vetón del siglo IV a. C. descubierto en 2010. Ya entonces, la Junta declaró su intención de hacerlo visitable, pero al año se enterró de nuevo para evitar su deterioro. En las Cortes, se pidió su declaración como bien de interés cultural y luego se reclamó una modesta cantidad para que se apreciara su valor arqueológico. Toda iniciativa fue tumbada.
Todos eso lugares serán, probablemente, rentables alojamientos turísticos. A las autoridades me dirijo para que actúen. Y no para impedirlo, sino para que no dejen pasar la oportunidad de subsanar décadas de abandono. Que haya industria en nuestra tierra, que apenas vive más que de universidades y turismo, pero que no sea el negocio de unos pocos.



