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La peor del mundo
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La peor del mundo

(Homenaje, en su mes, a las mujeres rebeldes que luchan)

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

(SJIC)

La persona más inteligente y sabia de la América de habla hispana durante el siglo XVII, vivió en el Virreinato de la Nueva España. Durante su vida, sin embargo, no pudo aportar la plenitud de sus capacidades a la sociedad, porque se opuso una dificultad que no pudo superar: era mujer.

Nació como Juana de Asbaje y Ramírez, aunque también fue conocida como Juana Ramírez de Santillana, los apellidos de su abuelo. Aprendió a leer en el pueblo de Amecameca cuando aún no había cumplido tres años y, antes de cumplir los nueve, cuando sus padres se trasladaron con ella a la Ciudad de México, había leído todos los libros de la biblioteca de su abuelo. Ya en la capital del Virreinato aprendió latín con un preceptor -no más de veinte lecciones- y esa, además de la enseñanza de la lectura, fue la única educación formal que tuvo a lo largo de su vida.

Sin embargo, sus lecturas, que siguieron siendo su pasión, la habían convertido en una erudita. Esa erudición a tan temprana edad, su prodigiosa memoria, así como su capacidad de improvisar e incluso de establecer conversaciones triviales componiendo rimas, la hicieron famosa, al grado que a los trece años se integró a la corte como dama de compañía de la virreina. Era una niña prodigio y pronto se convirtió en el centro de atracción de la corte. Personajes acudían a ella a solicitarle poemas o para mantener diálogos complejos. Y tanto los poemas como sus demostraciones de erudición circulaban luego como objetos de admiración que aumentaban su fama.

Ésta llegó tan lejos que, en algún momento, el propio virrey, el marqués de Mancera, decidió ponerla a prueba reuniendo a los cuarenta hombres más sabios de la Nueva España para que la interrogaran sobre los temas en que ellos eran expertos. Juana salió airosa del examen, que sólo sirvió para incrementar su prestigio.

Y con ello comenzaron sus problemas porque, en el siglo XVII, como quizás también ahora, una cosa era ser una niña prodigio y otra distinta una mujer inteligente. Y mucho más distinta, al grado de ser inaceptable, una mujer más inteligente que los hombres. La niña prodigio podía entretener, la mujer inteligente iba en contra del orden natural de las cosas. Así, al dejar de ser niña en ese mundo, a Juana se le abrieron sólo dos caminos: el matrimonio, que los virreyes podrían arreglar para ella… o “casarse con Dios”, convirtiéndose en monja. Para una mujer inteligente y culta, el matrimonio con un cortesano sólo podía significar la reclusión en solitario y, con suerte, la posibilidad de tener hijos a quienes dedicar su existencia entera, porque ya podría olvidarse de seguir incrementando su sabiduría o de hacer gala de su inteligencia que, si ya agraviaba a la mayoría de los hombres, mucho más agraviaría a un esposo.

De modo que no le quedó más que convertirse en monja. “Entréme de religiosa porque… para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir” escribió en su autobiografía. Así, a los dieciocho años entró al convento de las Jerónimas, en Ciudad de México, en donde adoptó el nombre con el que se la conoce hasta hoy: Sor Juana Inés de la Cruz.

Pero hacerse monja no la eximió de seguir siendo mujer y sus problemas, lejos de disminuir, aumentaron. A una mujer inteligente y sabia se oponían las normas de la sociedad, pero una monja inteligente y sabia no sólo chocaba con esas normas sino, además, directamente con la institución que administraba la cultura de ese tiempo: la Iglesia Católica. Y sor Juana Inés daba razones para encontrar oposición. Su biblioteca, en su celda, llegó a tener más de cuatro mil libros. Quienes la admiraban no dejaban de visitarla y en el locutorio del convento se organizaban tertulias en las que participaban decenas de personas, desde gente de la alta sociedad hasta amantes de las letras y de las ciencias que discutían con la monja sobre todos los temas imaginables. Y su talento tampoco mermó. Siguió escribiendo poesía, la misma que ha perdurado y es admirada hasta hoy.

Era demasiado. Su confesor, el padre Antonio Núñez de Miranda, y el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz que durante algún tiempo la había protegido, junto con el arzobispo de México Francisco Aguiar y Seijas, se convirtieron en los martillos que golpearon sobre su consciencia una y otra vez. El obispo publicó, sin consultarla, un opúsculo escrito por ella a petición de él mismo, criticando a un famoso sacerdote portugués llamado Antonio Vieira. El texto, que con la peor intención fue titulado “Carta Atenagórica” (“digna de la sabiduría de Atenea”), tuvo como supuesto editor a “sor Filotea de la Cruz”, que probablemente era el propio obispo Fernández. Éste, bajo ese seudónimo, incluyó en el mismo texto una feroz crítica a sor Juana enrostrándole dedicarse a escribir sobre filosofía y teología, materias que -señalaba la supuesta sor Filotea- estaban reservadas a los hombres.

Sor Juana reaccionó con una “Carta a sor Filotea de la Cruz”. El texto contiene su autobiografía y una reflexión profunda sobre su condición de mujer que busca el conocimiento “…yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar… sino solo por ver si con estudiar ignoro menos”; y siempre ajustándose, con finísima ironía, a las restricciones que la sociedad le imponía “¿Qué entendimiento tengo yo? ¿Qué estudio? ¿Qué materiales? … Dejen eso para quien entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio”. Pero su “carta” fue, sobre todo, un sutil alegato por las mujeres siglos antes de que el feminismo se constituyera como movimiento “…desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras que ni ajenas reprensiones (que he tenido muchas), ni propias reflejas (que he hecho no pocas), han bastado para que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: su Majestad sabe por qué y para qué y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra (según algunos) en una mujer; y aún hay quien diga que daña…”.

Pero sus poderosos detractores dentro de la iglesia no entendían de ironías ni de sutilizas y exigieron una abdicación total. Y Juana, la mujer que había superado el estigma de inferioridad intelectual y literaria que castigaba a las mujeres de su tiempo, finalmente no pudo sino abdicar. Entregó sus libros a sus detractores como prueba de esa abdicación y se condenó a sí misma al silencio en el que pasó el resto de su vida. Murió a los cuarenta y seis años víctima de la peste que asoló a la ciudad de México y que ella contrajo atendiendo a sus hermanas enfermas. Poco tiempo antes había escrito en el “Libro de Profesiones” del convento: “Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte… suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas… me encomienden a Dios que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz.”

Juana de Asbaje y Ramírez, sor Juana Inés de la Cruz, no fue la peor del mundo; quizás tampoco fue la mejor. Sólo fue una más en esa inmensa legión de mujeres rebeldes que han luchado y siguen luchando no por ser mejores, sino por ser iguales.

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