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La historia a veces rima
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La historia a veces rima

El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió con tropas regulares el territorio de Ucrania e inició, así, una guerra europea convencional, algo que no ocurría desde la Segunda Guerra Mundial. Una guerra que parece no sólo eternizarse, sino que cotidianamente está involucrando a nuevos países. Se sabe que recientemente Estados Unidos autorizó a Ucrania a usar armas de fabricación norteamericana en territorio ruso y el ejército ucraniano ha denunciado reiteradas veces que Rusia ha disparado decenas de misiles norcoreanos hacia su territorio.

Es, ya, una guerra mundial.

¿O estoy exagerando?

Veamos otros antecedentes.

El 15 de mayo recién pasado, durante una cumbre celebrada en Beijing, el Presidente ruso Vladimir Putin y el presidente chino Xi Jinping reafirmaron lo que denominan asociación estratégica integral entre sus naciones. En la declaración que emitieron se refirieron a su relación como una fuerza estabilizadora en un contexto internacional turbulento; una fuerza estabilizadora que tiene un origen también explicitado en la declaración: sus intereses comunes en asuntos geopolíticos. Y en directa conexión con ese principio, la declaración criticó la política exterior de los Estados Unidos, especialmente su presencia militar en la región Asia-Pacífico y condenó las iniciativas occidentales de incautación de activos rusos en apoyo de Ucrania.

China es una potencia económica mundial y sus intereses económicos y comerciales son globales. Probablemente no esté interesada en un involucramiento militar en la guerra que inició su socio soviético en Europa y, por ello, la declaración de mayo no tuvo un carácter militar, aunque se hayan preocupado de dejar consignado el hecho que su visión del escenario geopolítico es compartida.

Algo más explícita fue la declaración que firmó el mismo Putin con Kim Jong-un, el dictador de Corea del Norte, el pasado 19 de junio en Pyongyang, apenas un mes después de su viaje a Beijing. Lo que se firmó en la capital norcoreana fue un pacto que sí contempla la asistencia mutua en caso de agresión contra una de las partes. El enemigo es el mismo, Estados Unidos, que, aunque no fue casi mencionado en las declaraciones oficiales, es el adversario que ha decidido enfrentar el dictador norcoreano y al que no deja de desafiar con pruebas de misiles cada vez más sofisticados. Lo que ha ocurrido hace pocos días ha sido, en consecuencia, que Corea del Norte y Rusia, dos países en posesión de armas nucleares que apuntan a occidente, se han convertido en aliados militares.

Hasta ahí la situación pareciera ser sólo inquietante. Veamos si puede ser algo más inquietante. Hagamos un poco de historia.

El 25 de octubre de 1936, Alemania e Italia (Hitler y Mussolini), firmaron un tratado de amistad en el que se comprometieron a seguir una política exterior común. El 25 de noviembre de 1936, un mes más tarde, la Alemania nazi y el Imperio del Japón firmaron un pacto que fue conocido como “pacto Anti-Comintern”. Con este pacto, los dos países se prometieron ayuda mutua para combatir la amenaza que representaba la Internacional Comunista. El 6 de noviembre de 1937, Italia se unió al pacto Anti-Comintern y un año y medio más tarde, el 22 de mayo de 1939, Alemania e Italia ampliaron su alianza con un nuevo pacto en el que se establecía la cooperación militar y el apoyo defensivo mutuo entre ambos países. Y algo más de un año después, el 27 de septiembre de 1940, cuando la guerra en Europa ya estaba en curso, los tres países firmaron el pacto que creaba, a partir de ese momento, la alianza militar entre los tres países. Con esa compleja trama de pactos entre tres países de características políticas semejantes, quedó conformado el llamado “Eje”, el frente político militar que se enfrentó a las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial.

Para iniciar la guerra europea Hitler necesitaba todavía asegurar por lo menos la neutralidad de su flanco oriental, en donde se situaban enormes ejércitos que podían constituirse en sus enemigos: debía buscar la neutralidad de la Unión Soviética.

Así, el 23 de agosto de 1939, en Moscú, logró la firma del Tratado de No Agresión entre los ministros de Relaciones Exteriores de los dos países que, en honor a los nombres de quienes dejaron sus rúbricas sobre el papel, ha sido recogido por la historia como “Pacto Molotov-Von Ribbentrop”. Según ese pacto los dos países no se agredirían mutuamente y, en secreto, acordaron dividirse entre ambos los países que se encontraban situados entre ellos. Era lo que Hitler necesitaba. Exactamente una semana más tarde, el 1 de septiembre, invadió Polonia y con ello se inició la Segunda Guerra Mundial (dos semanas más tarde y de acuerdo con el pacto, la Unión Soviética se apoderó a su vez de la mitad oriental de Polonia, de los países bálticos y de parte de Finlandia).

Desde luego y como todos en ese tiempo sabían, el pacto nazi-soviético no valía mucho más que el papel en que fue firmado y, así, el 22 de junio de 1941, Alemania invadió a la Unión Soviética. Y en diciembre del mismo año, junto con Italia, declaró también la guerra a Estados Unidos, cuatro días después de que Japón, su aliado en el Eje, atacara Pearl Harbor. Puede que haya sido el principio del fin para ellos, pues de ese modo terminaron enfrentándose a una coalición militar que incluía al imperio más grande del mundo (el británico), al país industrial y financiero más grande del orbe (Estados Unidos) y al país con los ejércitos más grandes del planeta (la Unión Soviética). Pero, claro, nadie puede afirmar que los dictadores ultranacionalistas sean inteligentes, aunque sí sea sabido que son ultra fanáticos y que su ambición no tiene límites.

Se atribuye a Mark Twain la frase “la historia no se repite, pero a veces rima”. Y a mí me parece demasiado inquietante la rima entre lo que hizo Hitler antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial y lo que está haciendo Vladimir Putin en nuestros días. Pero, claro, puedo estar exagerando.

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