La semana pasada dijimos que este gobierno gobierna mal, pero flota igual. Nos equivocamos.
No flota: deriva.
Y la diferencia no es menor. Flotar supone cierta estabilidad; derivar es irse despacio, sin rumbo, como una sombrilla en la playa cuando nadie la clavó bien y el viento decide por vos.
Este gobierno no se sostiene por fortaleza ni por convicción popular. Deriva porque nadie empuja con la fuerza suficiente, pero tampoco nadie se anima a cambiar el curso. Deriva en aguas mansas, sin oleaje, sin resistencia y, sobre todo, sin interés.
No es gobernabilidad. Es desgano con protocolo.
En Uruguay, la política dejó de ser una decisión colectiva y pasó a ser paisaje. Está ahí, como el cartel de “Cuidado piso mojado” en una oficina pública: nadie lo mira, pero nadie lo saca.
Antes, un error de gobierno generaba bronca. Hoy genera un “y…”. Antes rompía sobremesas; hoy apenas interrumpe el mate, y solo si justo alguien se quedó sin agua caliente.
Las encuestas lo confirman —aunque alcanza con salir a la calle—: a la mayoría de los uruguayos la política le interesa poco o nada. No porque todo esté bien, sino porque todo suena igual, como esos discursos que uno escucha y piensa: “esto ya lo dijeron… ¿en 2019 o en 2024?”.
La ciudadanía ya no se enoja. Se encoge de hombros. Y cuando una sociedad deja de enojarse, deja de involucrarse. Derivar es eso: avanzar sin voluntad, como el carrito del supermercado con una rueda torcida, que uno igual empuja hasta la caja porque “ya fue”.
Los únicos que siguen discutiendo con pasión son los militantes y los parlamentarios.
Unos por convicción; otros por oficio. La diferencia es que los militantes creen que están hablando con el país, y los parlamentarios creen que el país los está escuchando. Mientras tanto, el resto de la ciudadanía mira esa discusión como quien ve un partido sin sonido: entiende que algo importante pasa, pero no siente que lo involucre.
El ciudadano común desierta emocionalmente. No porque no entienda la política, sino porque la entiende demasiado bien: entiende que, gobierne quien gobierne, el rumbo no cambia lo suficiente como para justificar la úlcera.
Las encuestas vuelven a ser claras: los fanáticos son pocos; los descreídos, muchos. Y en medio hay un bloque enorme de gente que vota como quien paga la patente: no porque crea que sirve, sino porque es obligatorio.
Y entonces aparece la frase que resume la época, repetida con la misma convicción con la que se pide una pizza:
“Unos son malos y otros peores.”
No es ideología. Es agotamiento. Es la versión política del “elegí vos, a mí me da lo mismo”.
Nunca fue tan fácil gobernar mal.
Nunca hubo un costo político tan bajo por equivocarse.
Se puede errar sin pagar.
Se puede improvisar sin escándalo.
Se puede anunciar lo mismo tres veces y llamarlo “relanzamiento”.
Porque la reacción social es mínima. No hay presión. No hay expectativa. No hay reclamo sostenido. Derivar es cómodo: no exige decisiones difíciles ni liderazgos fuertes. Alcanza con no chocar contra nada grande y esperar a que el período termine solo, como una reunión eterna que nadie se anima a cerrar.
Pero el tiempo, cuando nadie decide, no corrige: desgasta. Como la humedad en una pared que todos ven, pero nadie arregla porque “todavía aguanta”.
Conviene decirlo sin vueltas, antes de que alguien acuse a la ciudadanía de apática: la indiferencia no es una falla moral del pueblo, es una consecuencia política.
La gente no se volvió apática por vagancia cívica. Se volvió apática porque durante años los gobernantes confundieron prudencia con inacción, consenso con parálisis y estabilidad con no animarse a nada. Cuando desde el poder no se hace nada que merezca ser defendido con pasión, el ciudadano aprende a no sentir nada. No por cinismo, sino por higiene emocional.
Claro que al pueblo también le falta un sacudón. Nadie despierta solo. Pero antes de pedir reacción, alguien tiene que hacer algo que merezca una reacción. No se puede exigir fervor ante una planilla de Excel ni pasión ante un PowerPoint.
La raíz del problema no es este gobierno en particular. Es más profunda: no hay grandes ideas en disputa.
Sin ideas, no hay conflicto.
Sin conflicto, no hay liderazgo.
Sin liderazgo, queda la gestión del desgaste, versión “copiar y pegar”.
Por eso conviene aclarar qué tipo de líder no va a sacar al país de esta deriva.
Uno que prometa calma, porque la calma, cuando todo está desordenado, no es virtud: es anestesia.
Uno que prometa continuidad, porque la continuidad, en un país que hace años no avanza, es apenas una forma elegante de seguir igual.
Uno que prometa “no hacer olas”, porque el problema no son las olas, sino la quietud eterna.
Uruguay todavía tiene memoria democrática. No está dormido: está harto de la política como coreografía.
La pregunta no es si existe alguien con ideas y coraje.
La pregunta es si habrá suficientes dispuestos a moverse políticamente pensando primero en Uruguay y no haciendo cualquier cosa para sumar puntos o ganar la próxima elección.
Porque el timón no se toma con gestos ensayados.
Se toma con coraje, con ideales y con decisiones.


