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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

Fructosa: el “alcohol sin borrachera” que afecta al metabolismo

En los últimos años, distintos grupos de investigación han comenzado a mirar con más atención un viejo conocido de nuestra alimentación: la fructosa, un tipo de azúcar presente en casi todos los productos ultraprocesados. Aunque su nombre sugiere algo “natural” —y muchos la asocian inmediatamente con las frutas—, la realidad es que el exceso de fructosa aislada puede comportarse en nuestro organismo de una manera sorprendentemente similar al alcohol.
No produce embriaguez, pero puede generar daños metabólicos y hepáticos con mecanismos parecidos. Esa es la razón por la que varios expertos la describen como “alcohol sin el buzz”, es decir, sin el efecto de borrachera.
Un metabolismo que sobrecarga al hígado
Cuando consumimos glucosa —el azúcar clásico que el cuerpo utiliza como energía—, esta se distribuye a casi todos los tejidos. La fructosa, en cambio, viaja directa al hígado, que es el único órgano capaz de metabolizarla en grandes cantidades.
¿El resultado?
El hígado se ve obligado a convertir una porción importante de esa fructosa en grasas, proceso que, repetido en forma crónica, genera:
• Hígado graso no alcohólico (idéntico al inducido por el alcohol).
• Aumento de triglicéridos y partículas VLDL, responsables de aterosclerosis.
• Resistencia a la insulina, camino directo hacia la prediabetes y la diabetes tipo 2.
• Inflamación hepática y estrés oxidativo.
En síntesis: un metabolismo sobreexigido, muy similar al que se observa en quienes consumen alcohol en exceso, pero sin los signos externos que alertan al organismo.
El gran problema: la cantidad
La fructosa presente naturalmente en las frutas no es el problema. En su forma original viene acompañada de fibra, agua, vitaminas y antioxidantes; además, la cantidad que ingerimos es moderada y su absorción es más lenta.
El verdadero desafío está en la fructosa aislada, que encontramos en:
• bebidas azucaradas,
• jugos industriales,
• productos de panadería y repostería,
• salsas comerciales,
• golosinas,
• alimentos ultraprocesados que utilizan jarabe de maíz de alta fructosa (muy común en la industria).
Hoy consumimos mucho más de lo que el hígado puede manejar. Y lo más preocupante es que la fructosa no genera saciedad, estimula el apetito y facilita el consumo excesivo sin darnos cuenta.
Un impulsor silencioso del síndrome metabólico
El exceso de fructosa contribuye de manera directa a varios componentes del síndrome metabólico, una condición que aumenta el riesgo cardiovascular y que se ha convertido en un verdadero problema de salud pública:
• obesidad abdominal,
• alteraciones en los lípidos,
• hipertensión,
• resistencia a la insulina,
• inflamación crónica.
Al igual que el alcohol, la fructosa puede ir “minando” la salud metabólica aun en personas que no presentan síntomas visibles.
¿Qué podemos hacer?
La recomendación es clara: disminuir el azúcar agregado y los productos ultraprocesados que contienen fructosa aislada. Priorizar alimentos reales, frutas enteras, verduras, proteínas de calidad y cereales integrales.
No se trata de demonizar un nutriente, sino de reconocer los efectos del exceso y volver a una alimentación más cercana a lo natural.
Un cambio de mirada necesario
Comprender que la fructosa no es tan inocente como parece —y que su impacto en el metabolismo se asemeja al del alcohol en varios aspectos— nos permite tomar decisiones más informadas. La epidemia actual de hígado graso no alcohólico, obesidad y diabetes obliga a analizar con seriedad el rol del azúcar añadido en nuestra dieta.
Reducir la ingesta de fructosa aislada es una medida simple, accesible y altamente efectiva para cuidar la salud metabólica de toda la población.

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