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Estas elecciones internas
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Estas elecciones internas

Trascendentes, porque de ellas saldrá ni más ni menos que el próximo Presidente de la República, las elecciones de este domingo, sin embargo, no concitan la atención de los uruguayos.

Los medios que se han ocupado de la escasa atracción de ciudadanos a los comicios, en la que influye  la no obligatoriedad de la votación, concluyen no obstante que la apatía por esta instancia se remediaría en las elecciones nacionales de octubre.

El hecho no es extraordinario si nos atenemos a las elecciones internas que se llevan en otros países cuando las mismas no son mandatorias. Pero eso no significa que no sea preocupante.

Se nos dirá que tanto en el Frente Amplio como en el Partido Nacional la contienda parece resuelta. Podría ser, si es que se le asigna a las encuestas algo más que ser una fotografía de un momento dado, y se asume que la suma de sus resultados en el tiempo marca tendencias irreversibles. No estamos tan seguros de ello.

Si es cierto que el desinterés ha ganado a los uruguayos, entonces la ausencia masiva de electores podría ser un mentís a las mediciones de opinión pública, dejando los resultados al albur de la militancia más organizada y disciplinada. Y sabemos bien que hay colectividades expertas en conquistar posiciones a partir de la constancia, mas allá del numero de simpatizantes.

Lo anterior es peligroso, por decir lo menos. Insistimos, podría argumentarse que un resultado desviado por la falta de concurrencia a las urnas podría rectificarse en las nacionales, pero eso no alcanza ni para remover a los candidatos ya electos para disputar la presidencia, ni para variar las opciones al legislativo que se definirán a partir de estas elecciones internas. Los resultados serán inapelables.

Por otra parte, teniendo en cuenta que los futuros gobiernos serán productos de coaliciones —el Frente Amplio lo es en si mismo, y los partidos mayoritarios de la actual coalición de gobierno prometen su continuidad—definir quien dirigirá y marcará el perfil en cada conjunto afín, no es un tema menor. Nuestros futuros cinco años se deciden ya, este domingo.

En el Partido Colorado el impacto de la votación interna adquiere una relevancia inusual. Nadie discute que la Colectividad de Rivera continúa con su vida institucional y sus blasones. Sin embargo el contenido ideológico de la corriente que hizo de los colorados  un partido moderno de masas  —el batllismo— está en disputa. Así lo reclaman algunos sectores progresistas del Frente Amplio. Porque si algo no podrá negarse a Batlle, el fundador de esta línea de pensamiento, es su marcado perfil progresista.

Ahora, como las vicisitudes de la vida política de los líderes (aunque sean de grupúsculos) son muchas veces funcionales a su lucha por el poder, no nos detendremos en las razones por las cuales muchos ex dirigentes colorados han terminado en el Frente Amplio. Eso es un tema menor en nuestro análisis. El verdadero tema, el sustancial desde nuestro punto de vista, es que ex electores del batllismo no encuentren en su partido de origen la representación de sus ideas.

Puede ser que para muchos votantes la cuestión sea de corte emocional, sobre todo se si asume que el Frente Amplio ya es un partido tradicional más. Nótese, por ejemplo, que en cuestión de nuevos derechos que hoy por hoy se consideran producto del progresismo —el aborto, la legalidad de drogas estupefacientes, la legítima de los hijos naturales equiparada a la de los hijos legítimos, la posibilidad de la eutanasia— las iniciativas originales partieron de la dirigencia colorada, antes que el Frente Amplio las convirtiera en leyes.

Y si bien la mayoría de ellas no lograron su concreción legislativa bajo gobiernos colorados, no menos cierto es que las que se aprobaron luego en administraciones del Frente Amplio no gozaron previamente del apoyo de ese partido. Más aún, una de ellas fue expresamente vetada por el primer presidente frenteamplista, Tabaré Vazquez, que en solitario, con su veto, sustituyó la voluntad del Parlamento, la caja de resonancia del pueblo, por su propio criterio moral en un tema controversial que hace a la ética y al derecho, y no estrictamente a la administración.

También puede ser que si bien ningún candidato colorado se ha proclamado antibatllista, como lo fueron los riveristas de antaño, el batllismo original se haya desfigurado pasando del batllismo del imaginario mitológico a un neobatllismo que no conforma a quienes buscan en un partido «el escudo de los débiles».

Lo que sí parece claro, al tenor de las campañas coloradas, es que su dirigencia tendría verdaderas dificultades para formar una coalición con sectores moderados del Frente Amplio, como para atraer a su liderazgo a sectores frenteamplistas que, si nos atenemos al origen de sus ideas,  seguramente se sentirían más cómodos con el progresismo batllista que con el radicalismo de una izquierda corporativa.

Lo anterior tal vez sea una razón para que las nuevas autoridades partidarias –con los líderes de antaño fuera de concurso– cambien estrategias que lleven a una  verdadera renovación más que  una sustitución de personas. Parece evidente que sólo un replanteo estructural posibilitará la vuelta al eje electoral.

Para este medio, sea quien sea que resulte electo dentro del Partido Colorado, deberá ser lo suficientemente innovador y arriesgado para hacerlo y superar  la excusa autocomplaciente de estar pagando caro el ejercicio responsable del poder. Hace ya demasiado tiempo que los colorados no lo tienen, y recuperar el verdadero brío batllista no sólo es importante para el partido, lo es para la República.

Puesta a reconquistar espacios, la colectividad de Rivera –reconstituida– daría un paso adelante  explorando la necesidad de una reforma constitucional que haga lugar al parlamentarismo, donde las concertaciones son más flexibles que las coaliciones, y permiten a los partidos fluir e influir con peso propio en los programas gubernamentales so pena de caída del gobiero. Ni que hablar que además ello implicaría una forma de limitación del poder personal, una vieja aspiración del Colegiado batllista.

Así las cosas, este domingo se juega mucho. Todos los hacen por una razón u otra.

Si se confirma que la libertad de votar implicó la merma de la participación, sería una verdadera pena, que habrá que remediar rápidamente mediante una de estas dos opciones: el voto es obligatorio en toda instancia, o es libre siempre, aún en las nacionales. 

Por eso hacemos votos para que la ciudadanía antes y después del domingo, gobernante o gobernada, asuma con responsabilidad lo que está en juego.

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