Hay momentos en la historia política uruguaya que deberían estudiarse con bata blanca, como si fueran una rara mutación de laboratorio. Lo de Valeria Ripoll, por ejemplo: el milagro capilar del siglo XXI. Pasó de levantar pancartas contra el sistema a hacerse brushing para entrar al sistema. De sindicalista combativa a candidata perfumada. De “la lucha continúa” a “¿dónde me pongo para salir bien en cámara?”. De panelista de “Esta boca es mía” a candidata a vicepresidenta, de candidata a vicepresidenta a panelista de “Esta boca es mía”.
Y claro, Álvaro Delgado, siempre dispuesto a fundar una nueva escuela de la estética partidaria, la bautizó con el más profundo concepto político que su léxico pudo ofrecer: “bombón”. Así, sin notas al pie ni contexto. Lo dijo con la misma naturalidad con que uno le pone azúcar al mate, convencido de que el pueblo lo entendería. Y lo entendimos, claro: para ser candidata, no hacía falta programa, sino packaging.
Porque según explicó el propio Delgado —en un momento de sinceridad que Freud habría enmarcado—, Ripoll era “más joven que Raffo”, y eso, en su ecuación, equivalía a “más votos”. La biología al servicio del marketing. Si la política fuera un casting, el Partido Nacional sería la agencia.
Lo curioso es que la voz de Ripoll, aguda como pito de recreo, parece tener un efecto hipnótico sobre los varones del partido. Habla, y los senadores asienten. Habla, y los intendentes olvidan los números de las encuestas. Habla, y Moreira se cae de la silla. La ciencia aún no logra explicarlo…
Algunos sociólogos sostienen que la silla del ex intendente Moreira decidió independizarse del poder y renunciar en plena conferencia de prensa. Fue un golpe bajo —literalmente— que dejó al hombre en el suelo y al país reflexionando sobre la fragilidad del mobiliario político. Algunos lo tomaron como una metáfora: “cuando el cuerpo cae, el alma del partido tiembla”. Otros, más prácticos, pidieron revisar las patas de la democracia.
Yo, que soy hombre de Estado pero también de observación, sólo diré esto: en Uruguay no se caen gobiernos, se caen sillas. Pero el impacto suele sentirse igual.
Volviendo al caso científico de análisis capilar: pensar que hace apenas poco más de un año, Ripoll era la encarnación de la resistencia, la voz de los que “no se vendían”. Hasta que, de pronto, descubrió que la política también paga aguinaldo. Fue un giro tan veloz que ni los radares de la Fuerza Aérea lo detectaron. La mujer que marchaba contra el poder hoy lo representa con perfume francés y sonrisa de candidata.
Dicen que se disfrazó de Masoller, pero llegó tarde: Halloween ya había pasado. Aunque, siendo justos, el Partido Nacional ha logrado lo que ningún otro: que un sindicalista se bañe, se haga la planchita y huela a colonia importada. Es un triunfo del aseo ideológico.
Y mientras tanto, los blancos siguen en su autocrítica, guiados por el oráculo sociológico de Porzecanski, ese que descubrió que para ganar había que sacar más votos. Genio. Ciencia pura. El renacimiento del dato obvio.
Entre tanto análisis, tanto focus group y tanto PowerPoint, el verdadero símbolo del momento sigue siendo Moreira cayéndose de la silla. Porque, a fin de cuentas, la política uruguaya no se cae: se desploma con estilo.
Como decía algunos de los don Batlle, con un tono que hoy parecería de ciencia ficción: “El partido debe ser el cerebro del país”. Pero a veces, querido José, el cerebro está de licencia y solo nos queda el bombón.


