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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
martes, enero 27, 2026

El paseo al Chuy

Ruta, sierras y frontera: viajar despacio para llegar distinto

El paseo al Chuy no empieza en la frontera ni en las vidrieras. Empieza mucho antes, cuando uno decide no ir directo. Cuando entiende que el camino también cuenta una historia y que llegar rápido no siempre significa llegar mejor.

Cascada del Penitente – Lavalleja

Tomo como inicio llegar desde cualquier punto del país a Minas. Salir desde Lavalleja es dejar que la sierra marque el pulso. La ruta ondula entre cerros y quebradas, y aparecen paradas que ordenan el viaje. La Cascada del Penitente refresca el cuerpo y la cabeza; Villa Serrana invita a mirar el paisaje con calma, como si el tiempo tuviera otra densidad.

El camino conduce a Aiguá, una ciudad que no se cruza apurada. Aiguá se camina, se conversa, se saborea. Su arquitectura sencilla, los murales y una mesa sin pretensiones marcan una pausa necesaria antes de seguir rumbo al este.

Cuevas, silencio y noche posible

Grutas de Salamanca – Maldonado

Muy cerca, las Grutas de Salamanca bajan el volumen del viaje. Cuevas, sombra, murciélagos y una sensación de tiempo suspendido. Para muchos viajeros, este es un punto lógico para pernoctar en el camping y retomar la ruta al día siguiente con otra luz.

Elegir el camino

Desde Aiguá, el viaje se abre en dos posibilidades claras, distintas en paisaje pero complementarias en experiencia.

Una opción es internarse en la Ruta 109, declarada de interés departamental como Ruta Natural de las Sierras de Rocha. Es una ruta para conducir despacio: curvas, repechos, cerros abiertos y una sensación permanente de estar atravesando un Uruguay menos contado.

Dentro de la Reserva Cerro Negro aparece el Mirador del Urubú, a unos 20 kilómetros de la ciudad de Rocha. El sendero, de baja dificultad y acceso gratuito, incorpora señalética bilingüe sobre fauna y flora nativa, transformando la caminata en una experiencia de educación ambiental. Desde allí, el paisaje se abre y el Cerro Catedral, punto más alto del país, se recorta con claridad en el horizonte.

La otra alternativa es optar por una ruta más abierta y fluida: desde Aiguá tomar la Ruta 13, completamente renovada, que atraviesa campos productivos y conecta con Lascano. Desde allí, el empalme con la Ruta 15 permite avanzar hacia el este en excelentes condiciones. En el trayecto aparece Velázquez, un pueblo sin artificios, de casas bajas y ritmo lento, donde detenerse es entender otro Uruguay, cotidiano y genuino.

Fortines, paisaje y memoria

Fuerte de San Miguel = Rocha

Antes de que el mar empiece a sentirse, el viaje suma historia en el Fuerte San Miguel, una construcción del siglo XVIII que recuerda que esta franja del país fue frontera mucho antes de ser destino turístico. La piedra, el horizonte abierto y el viento explican más que cualquier cartel.

A pocos kilómetros, el camino ofrece una detención que resignifica todo el recorrido: la Fortaleza de Santa Teresa. No es solo una fortificación. Es una clave para entender el territorio y una de las experiencias más completas del este uruguayo.

Levantada como enclave militar en un espacio disputado, Santa Teresa estuvo durante años abandonada, cubierta por arena, vegetación y olvido. Su rescate se debe en gran parte a la visión de Horacio Arredondo, quien entendió que el patrimonio debía recuperarse integrándolo al paisaje y a la vida, no aislándolo.

Gracias a esa mirada, hoy Santa Teresa es un sistema vivo: murallas, túneles, senderos, bosque, dunas y mar funcionando como una sola experiencia. Pernoctar allí, en el camping, es escuchar la noche sin interferencias. El viento entre los pinos, el rumor del Atlántico y el cielo abierto devuelven al viaje una dimensión poco frecuente en el verano.

Agua y horizonte

Punta del Diablo- Rocha

Antes del Chuy, la Laguna Negra impone una pausa distinta. Es la más grande del Uruguay y una de las menos intervenidas. El agua oscura refleja el cielo y el entorno conserva una calma intacta. Aquí no hay urgencia: solo horizonte.

Un desvío costero posible

Para quienes prefieren sumar mar y mesa antes o después de la frontera, Punta del Diablo aparece como una alternativa natural.El antiguo pueblo de pescadores mantiene un aire descontracturado, ideal para pernoctar o simplemente sentarse a comer. Mariscos frescos, pescado del día, olor a leña y salitre. Alojamientos pequeños, casas sobre las rocas y atardeceres largos completan una pausa que no compite con el Chuy: lo complementa.

 

Chuy: aromas, compras y mar

Barra del Chuy – Rocha

Y entonces sí, el Chuy. La frontera viva. El cruce invisible de idiomas. El aroma del ticholo uno tras otro, los bombones garoto, las bolsas que se llenan casi sin darse cuenta. Y los perfumes o cervezas del Free Shop.

Del lado brasileño, la posibilidad de entrar con el coche hasta la playa forma parte del ritual. Bajar la heladera, abrir una silla, mirar el mar sin reloj. En la Barra del Chuy, de ambos lados de la frontera, aparecen casas de alquiler, hospedajes familiares y una vida de playa simple, compartida.

El día suele cerrarse alrededor de una mesa larga. Espetos corridos que llegan uno tras otro: carne, pollo, ananá asado. El humo, el chisporroteo, la charla cruzada. A veces, mariscos frescos, apenas pasados por la plancha, con limón y sal gruesa.

Complejo Turístico Chuy- Rocha

Para descansar, el Camping del Chuy funciona como base, y el Parque Acuático del Chuy devuelve risas, chapuzones y descanso para chicos y grandes después de tantos kilómetros de ruta.

El paseo al Chuy sigue siendo un clásico.
Pero cuando se lo vive así —eligiendo caminos, sumando paradas, dejando que el paisaje, la historia y los aromas guíen— deja de ser costumbre.
Se convierte en viaje.

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