En los últimos años, el llamado nervio vago ha ganado popularidad en redes sociales y medios de divulgación. Se le atribuyen efectos casi milagrosos: reducir la ansiedad, mejorar el sueño, favorecer la digestión o incluso reforzar el sistema inmune. Pero más allá del entusiasmo digital, ¿qué hay de cierto en todo esto?
La ciencia tiene una respuesta más interesante aún: el nervio vago es una pieza clave en el equilibrio entre cuerpo y mente, un verdadero puente biológico entre nuestras emociones, el cerebro y los órganos vitales.
Un nervio que viaja por todo el cuerpo
Su nombre, “vago”, proviene del latín vagus, que significa “errante”. Y no es casual: este nervio —el décimo par craneal— es el más largo y ramificado de todos los que parten del cerebro. Desciende por el cuello, pasa entre el corazón y los pulmones, llega al estómago y continúa su trayecto hacia los intestinos.
Por el camino, transmite información en ambos sentidos: del cerebro al cuerpo y del cuerpo al cerebro.
A diferencia de otros nervios que cumplen funciones más específicas, el vago es un auténtico sistema de comunicación integral. Regula la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la digestión y la respuesta inflamatoria del organismo. Pero además, juega un papel decisivo en el sistema nervioso parasimpático, que es el encargado de promover la calma y la recuperación después del estrés.
Del estrés a la calma: el papel del sistema parasimpático
Nuestro cuerpo cuenta con dos grandes sistemas que se equilibran entre sí. El simpático, responsable de la reacción de “lucha o huida”, se activa frente a una amenaza o una preocupación: acelera el corazón, eleva la tensión, tensa los músculos y libera adrenalina. El parasimpático, en cambio, hace lo opuesto: desacelera, relaja, repara. Y su nervio principal es justamente el nervio vago.
Podría decirse que el vago actúa como un “freno biológico”. Cuando se estimula adecuadamente, envía señales de tranquilidad que bajan el pulso, reducen la ansiedad y restablecen funciones básicas como la digestión o el sueño. Por eso, los científicos lo consideran el gran mediador de la respuesta de relajación.
El “tono vagal”: el indicador de nuestra resiliencia
La ciencia utiliza el término “tono vagal” para describir qué tan eficaz es este nervio en su tarea de calmar al organismo.
Un tono vagal alto significa que el cuerpo puede pasar con facilidad del estado de alerta al de descanso. Estas personas suelen tener mejor regulación emocional, menor presión arterial, menor inflamación y mayor capacidad de recuperación frente al estrés.
Por el contrario, un tono vagal bajo se asocia con ansiedad, depresión, colon irritable, insomnio o fatiga crónica. En otras palabras: cuando el nervio vago no cumple bien su función, el cuerpo queda atrapado en un estado de “alerta constante”.
Cómo estimular el nervio vago de forma natural
Aunque las redes lo presentan como una especie de truco de moda, las estrategias para activar el nervio vago son simples, seguras y están bien respaldadas por la evidencia científica. Se trata de hábitos que estimulan su función mediante la respiración, el movimiento o la conexión social.
1. Respirar profundo y despacio
La respiración lenta y diafragmática es una de las formas más directas de estimular el vago. Al inspirar profundamente y exhalar de forma prolongada, se activa el reflejo de relajación. Ejercicio práctico: inhalar en 4 segundos, mantener 2, y exhalar en 6. Bastan 5 minutos al día para notar efectos en la frecuencia cardíaca y el bienestar general.
2. Cantar, tararear o recitar
El nervio vago atraviesa la laringe y las cuerdas vocales. Cantar, tararear o incluso hablar en voz alta genera vibraciones que lo estimulan de manera natural. No es casual que muchas personas sientan alivio o serenidad al cantar en grupo o rezar.
3. El poder del agua fría
El contacto breve con agua fría, ya sea al lavarse la cara o al finalizar una ducha, provoca una reacción fisiológica que activa el tono vagal. Es un pequeño “reinicio” del sistema nervioso.
No se trata de sufrimiento, sino de unos segundos de exposición para despertar la respuesta de calma posterior.
4. Meditación, yoga y mindfulness
Estas prácticas reducen la hiperactividad del sistema simpático (estrés) y aumentan la del parasimpático (relajación). Numerosos estudios muestran que las personas que meditan regularmente presentan una mayor variabilidad cardíaca, un marcador directo del tono vagal.
5. Conexión social y empatía
El nervio vago también participa en la llamada “teoría polivagal”, desarrollada por el neurocientífico Stephen Porges.
Según esta teoría, la evolución del vago permitió al ser humano desarrollar conductas de calma y cooperación. Cuando nos sentimos seguros, conectados y comprendidos, el vago se activa y reduce la ansiedad.
En cambio, el aislamiento o el conflicto social debilitan su función.
6. Cuidar la microbiota intestinal
El intestino y el cerebro mantienen un diálogo constante a través del nervio vago. Este “eje intestino-cerebro” explica por qué una flora intestinal sana mejora el estado de ánimo.
El consumo regular de frutas, verduras, alimentos fermentados y fibra estimula una microbiota saludable que, a su vez, favorece la función vagal.
De la ciencia a la clínica
El interés médico por este nervio no se limita al bienestar cotidiano. Desde hace dos décadas existen dispositivos de estimulación vagal, implantados o externos, que se utilizan en pacientes con epilepsia, depresión resistente y trastornos de ansiedad.
También se estudia su aplicación en enfermedades inflamatorias y autoinmunes, ya que el vago modula la liberación de citoquinas proinflamatorias.
Estos tratamientos buscan aprovechar de manera controlada el mismo principio que las técnicas naturales: activar el sistema parasimpático para equilibrar el organismo.
La diferencia es que en la vida diaria lo hacemos con métodos sencillos y sin efectos secundarios.
El cuerpo también sabe calmarse
A diferencia de los consejos genéricos sobre “pensar positivo” o “relajarse”, la estimulación vagal no apela a la voluntad, sino a la biología. Es una vía física y real para calmar la mente desde el cuerpo.
El conocimiento de este nervio invita a mirar la ansiedad desde otra perspectiva: no como un enemigo, sino como una señal de que el sistema nervioso ha perdido su equilibrio y necesita apoyo.
Cada respiración profunda, cada momento de conexión o de quietud, es en el fondo una forma de darle espacio al vago para hacer su trabajo: devolvernos la calma.
Una herramienta ancestral en tiempos modernos
El auge del interés por el nervio vago no es casual. Vivimos en una época de estímulos permanentes, hiperconexión digital y estrés sostenido. La posibilidad de encontrar un “botón biológico” para recuperar la serenidad resulta naturalmente atractiva.
Pero más allá de las modas, el mensaje que deja la neurociencia es esperanzador: nuestro cuerpo tiene mecanismos propios para volver a la calma, y aprender a activarlos puede transformar nuestra salud mental y física.
El nervio vago no es un secreto místico ni un truco oculto. Es una red que nos acompaña desde siempre, silenciosa pero poderosa, recordándonos que la tranquilidad no es un lujo: es una función vital.


