En los últimos días, durante una sesión parlamentaria, Gustavo Salle volvió a ocupar el centro de la escena al referirse a “los incendios en la Patagonia”. No lo hizo para describir un fenómeno ambiental ni para comentar el estado de una investigación judicial en curso. Lo hizo para insinuar. Y como toda insinuación que aspira a parecer profunda, vino acompañada de un enemigo lo suficientemente impreciso como para no tener que probar nada: “sionistas militares de Israel”.
Los incendios existen. Son reales, devastadores y están siendo investigados por la Justicia argentina. Hasta ahora, lo único firme es que podría haber intervención humana en el origen de algunos focos y que no hay responsables identificados, ni imputaciones contra colectivos, nacionalidades o Estados extranjeros. Ese es el límite de la evidencia disponible. Todo lo que viene después pertenece al terreno del relato.
A partir de ese punto, el discurso de Salle da un salto lógico digno de estudio: de un hecho local aún no esclarecido pasa a una teoría internacional de sabotaje continental. La Patagonia deja de ser un territorio afectado por sequías, vientos, fragilidad ambiental y fallas estructurales de prevención, para convertirse en el tablero de una guerra secreta. No una guerra visible, documentada o judicializada, sino una que solo existe en la medida en que se la enuncia con un tono dramático.
La categoría elegida —“sionistas militares de Israel”— cumple una función precisa. No se refiere a personas concretas, no identifica unidades, no cita causas judiciales ni documentos. Es una etiqueta amplia, nebulosa y elástica, perfecta para explicar cualquier cosa sin explicar nada. No se trata de análisis geopolítico, sino de retórica de sospecha. Es Andinia 2.0, un mito conspirativo tan viejo que basta con googlearlo para comprobar que nunca existió.
Aquí aparece un punto que no puede eludirse: el antisemitismo. No hace falta mencionar explícitamente a “los judíos” para activar un imaginario histórico cargado de prejuicios. Basta con insinuar que las tragedias reales tienen detrás a un colectivo difuso asociado a Israel, sin pruebas, sin nombres y sin responsabilidades verificables. El mecanismo es antiguo: cuando no hay evidencia, aparece el estereotipo.
Criticar las políticas del Estado de Israel es legítimo. Convertir incendios no esclarecidos en pruebas implícitas de una conspiración atribuida a “sionistas militares” no lo es. No es un debate internacional; es el desplazamiento del miedo. Y ese desplazamiento siempre termina señalando a los mismos.
El problema no es solo la falta de pruebas, sino también la subestimación de la audiencia. Creer que un discurso así se sostiene supone pensar que el público confundirá la solemnidad con la verdad y una investigación judicial con una novela de suspenso. No dice nada sobre la Patagonia, pero sí mucho sobre la pobre opinión que quien habla parece tener del pueblo uruguayo.
Identidad Soberana, el partido que lidera Salle, no ofrece un modelo alternativo de país, sino un estado de sospecha permanente. Su política no se organiza en torno a propuestas públicas implementables, sino en torno a enemigos nebulosos que operan en las sombras. Sabe muy bien contra qué está, pero todavía no logra explicar cómo funcionaría el país el día después de tener la razón.
No se trata de silenciar opiniones ni de evitar debates incómodos. Se trata de respetar el lugar desde el que se habla. El Parlamento no es un espacio para relatos creativos ni para improvisaciones solemnes: es una institución que habla por el país. Cuando desde allí se lanzan insinuaciones graves sin una sola prueba, el asunto deja de ser doméstico y empieza a erosionar algo que a Uruguay le costó décadas construir: su reputación de seriedad. Y pronunciada con investidura parlamentaria, la conspiración deja de ser color local para empezar a dar explicaciones más allá de la frontera.
Hay palabras que no solo fracasan al explicar la realidad, sino que también contribuyen a degradarla. Cuando el temor adopta la forma del análisis y la sospecha se presenta como pensamiento, el daño deja de ser un accidente para convertirse en previsible. Los países no se debilitan por lo que ignoran, sino por lo que consienten que se diga sin rigor en los ámbitos donde debería primar la inteligencia. Y esa concesión —más que cualquier incendio— es la que finalmente deja cenizas.


