El Estado, la Sociedad y el Progreso

Quizá por el entorno, el discurso del Presidente de la República como invitado de la Fundación Libertad, en Buenos Aires, no ha pasado desapercibido. En contraposición con el de su homólogo argentino, Javier Milei, las palabras del mandatario uruguayo fueron destacadas por varios columnistas nacionales que, seguramente, vieron el carácter nacional —valga la redundancia— y no nacionalista de Lacalle Pou

Obviamente, en tren de campaña, no faltaron comentarios referidos a la proximidad de las elecciones, y la preocupación por que los elementos “progresistas” de la intervención de Lacalle tuviesen que ver con las votaciones que se aproximan. Y con el tono fundacional al que son tan afectos tantos frenteamplistas, la Intendenta de Montevideo y el Intendente de Canelones, ambos precandidatos, no perdieron la oportunidad de hacer sentir que si no se pertenece al Frente Amplio no se puede ser progresista.

Es una pena que lo expresado por Lacalle no fuera analizado desde “lo nacional”, carácter que se le quiso imprimir a su intervención y que el juego político pase siempre por la separación de lo que unos les niegan a los otros, como si el pensamiento y la acción fuesen patrimonio exclusivo de aquel que juzga. 

Eso es torpe, y quita riqueza al análisis. Y para botón de muestra sobre cómo de tal manera se borran los matices, recordemos al expresidente Tabaré Vázquez, cuando no dudó en apelar al pensamiento conservador el mismísimo día que vetó una ley que consagraba el aborto. Porque, por más que algunos quieran olvidarlo, contar con los votos negativos que no levantaran el veto, es contar con el pensamiento de aquellos que lo sustentan.

En fin, nos parece más adecuado aceptar que Uruguay —aunque no sirva de ejemplo al mundo, y su experiencia no sea extrapolable— tiene una impronta que le distingue. Y si en ella está reflejada el espíritu de José Artigas, de José Pedro Varela, de José Enrique Rodó o el de José Batlle y Ordóñez, sea, es lo que somos y aprovechémoslo. Notará el lector que entre los tres últimos nombrados hubo discrepancias fortísimas, lo cual conviene destacar a la hora de la síntesis de la cual somos resultado.

Y hay elementos del progresismo que nos pertenecen a todos y que nadie —felizmente— quiere que desaparezcan. Y entre ellos está el concepto del “piecito” al ciudadano al que refirió Lacalle, que, por cierto, no es una idea que ya no haya expresado antes. El “piecito” es el Estado preocupado, es la negación de la exclusividad del “Juez y Gendarme” como definición intrínseca de su esencia. Es —el “piecito”— una característica que se incorpora en mayor o menor medida, a la “uruguayidad”.

El “piecito” es aceptar la educación como la tabla rasa desde la cual la ciudadanía se iguala, la salud para el cuidado del todos los que conformamos el verdadero capital nacional o el reconocimiento de la pasividad como premio y descanso que toma en cuenta el inevitable declive  del individuo, entre otros.

Ahora, cómo se quiere que el Estado administre tales conceptos, que a nadie, sino a un loco, se le ocurriría eliminar de entre sus cometidos, ya es otra cosa. Porque hay quienes buscan administrarlos desde el corporativismo o, directamente, “desaministrarlos” cediendo o promoviendo un populismo que termina dejando las cosas como en Argentina y que hacen que el discurso de Lacalle y, el mismo día, de Milei, sean tan, pero tan, diferentes.

Por eso no podemos menos que coincidir con el concepto del “Estado fuerte” que apenas delineó, sin mayor profundidad, nuestro presidente. El Estado fuerte, sirve, y es imprescindible, por muchos motivos. Tiene que ver, desde el combate a los enemigos que lo desafían, como el  crimen organizado, hasta la necesaria e imprescindible regulación que, en los casos más extremos, se las tiene que ver con individuos riquísimos cuyas fortunas superan el Producto Bruto de decenas de naciones.

El “Estado fuerte”, no necesariamente productor o comerciante, y que los uruguayos asumen como propio, es el que hace posible la justicia social, el entramado entre los distintos estratos sociales y el tránsito ascendente de unos a otros. El “Estado fuerte”, para el cual desde el batllismo fue necesario asumir la producción o la provisión de servicios, es el que ha moldeado nuestra sociedad.

Y, valga la redundancia, traigamos otra vez el ejemplo de Tabaré Vazquez, que desde su cuna obrera, se convirtió en doctor en medicina, dirigente deportivo, prestador de servicios médicos, político, hasta alcanzar la Primera Magistratura. Desde la cual, continuó el derrotero naciónal, sin que le temblara el pulso —en el acierto o en el error— para pedir auxilio a Estados Unidos, en un eventual ataque a la soberanía del país, o para vetar el aborto por cuestiones morales.

Que el progresismo, a veces, pasa por muchas circunstancias y avatares, de las cuales nadie se tiene que sentir dueño.