En la entrega anterior analizábamos cómo la socialdemocracia internacional ha quedado reducida a una sombra de lo que fue, víctima de su propia renuncia a transformar la realidad. Para los uruguayos, y muy especialmente para quienes sentimos la divisa colorada, este escenario no nos resulta ajeno.
El Uruguay moderno no fue hijo de una socialdemocracia importada, sino de una creación propia, audaz y profundamente ética: el Batllismo.
Sin embargo, hoy debemos hacernos una pregunta dolorosa pero necesaria: ¿Sigue el Partido Colorado siendo el “escudo de los débiles” o se ha convertido, por pragmatismo o desidia, en el “escudo de los empresarios”?
La trampa del pragmatismo
Durante demasiado tiempo, el Partido (salvo alguna honrosa excepción) se ha mostrado incapaz de interpretar las angustias y demandas del hombre de a pie. Se ha dejado seducir por un pragmatismo frío, más preocupado por las “verdades económicas incontrastables” de la actual ortodoxia tecnocrática, de las alianzas o coaliciones con aquellos con los que históricamente hemos mantenido diferencias conceptuales insalvables.
Todo eso se ha pretendido justificar bajo la tan manida “ética de la responsabilidad”, que hoy no es más que la excusa del gestor para administrar lo existente sin cuestionar sus injusticias.
Frente a ello, debemos recuperar la “ética de la convicción” como la bandera del transformador: esa postura moral en la que nuestras acciones están guiadas por principios y valores profundamente arraigados, independientemente de las consecuencias prácticas o los cálculos electorales inmediatos.
Volver a la esencia
Hacer otra cosa sería renunciar a nuestra misión histórica. El Batllismo no nació para gestionar lo inevitable, sino para equilibrar la balanza.
Ser batllista es entender que, más allá de las modas, el Estado no es un estorbo, sino el árbitro necesario que evita que el fuerte aplaste al débil. Cuando el Partido olvida esto, pierde su alma y, en consecuencia, su conexión con la ciudadanía.
La verdadera ortodoxia batllista no tiene miedo de intervenir en el mercado si este se vuelve abusivo; es la que prioriza la defensa del salario y las jubilaciones, la que protege al deudor frente a la usura, y la que entiende que la paz social solo se construye sobre la base de la justicia económica.
La lucha quijotesca
Sabemos que defender estas ideas hoy es, para muchos, una lucha quijotesca. Los “molinos de viento” del conservadurismo y el marketing político intentan silenciar cualquier voz que hable de principios antes que de encuestas.
No faltarán quienes, desde la comodidad de la inercia, nos digan que “todo va bien” y que señalar estas verdades es hacerle el juego al adversario. A ellos les decimos que la verdadera rendición es el silencio frente al desdibujamiento de nuestra identidad.
El Partido Colorado no va a recuperar su lugar por ser “el mejor socio de una coalición”, sino por volver a ser la esperanza de quienes hoy no tienen otro defensor. Debemos recuperar la mística de la convicción: la de saber quiénes somos y a quiénes nos debemos.
Finalmente, Uruguay no necesita más “gestores de lo inevitable”. Necesita un Partido Colorado que vuelva a plantar bandera por los olvidados y que vuelva a ser, de una vez y para siempre, el escudo de los débiles.
No se trata de sobrevivir; se trata de volver a inspirar. Se trata de ser capaces, nuevamente, de convencer, movilizar y transformar.



correcto somos como esa vieja planta de vid ,descuidada ,que si se le pone tierra nueva y carriño da frutos y un mejor vino ,