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El Día: Mis recuerdos e ideas
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El Día: Mis recuerdos e ideas

Se cumplen mañana 138 años desde que José Batlle y Ordóñez, apenas pasado un tiempo corto de la Revolución del Quebracho, fundó El Día, diario que desde entonces plasmó en sus páginas la historia de este país, así como del mundo, y fue el paladín de la defensa de la libertad y la República.

¿Qué podría decirse de nuevo sobre El Día? Muy poco, porque mucho se ha escrito ya por la pluma de sus propios protagonistas, lo que está debidamente atesorado en archivos personales y bibliotecas públicas.

No obstante, pretendo dejar plasmadas aquí algunas impresiones y una pincelada de recuerdos, que no hacen más que resaltar la influencia que tuvo un medio de prensa en la formación cívica de un ciudadano.

Mis recuerdos de El Día se remontan a mi infancia, cuando mi abuelo Fito, jubilado gráfico del diario, traía todos los días a casa un ejemplar que la empresa obsequiaba a quienes habían pasado por su plantilla.

Tendría unos ocho o nueve años cuando comencé a leer el suplemento escolar “El Día de los niños”. Cómo no recordar los personajes y hechos de las notas de tapa, la sección “Cuentos de allá lejos” o la enseñanza de un hablar o escribir correctos en “A veces se dice o se escribe”.

Por esos años, más concretamente en 1979, llegó a mis manos aquella colección de fascículos en blanco y negro, editados en ocasión del cincuentenario de la muerte de Batlle. Fue mi primer y precoz contacto con las ideas y la obra del gran estadista y de sus colaboradores más cercanos, lo que comenzó a disparar mi interés y curiosidad por la política.

No obstante, antes de profundizar demasiado en esta disciplina, comenzó mi fanatismo por el fútbol y la revista deportiva de los lunes, por entonces aún con tapas en blanco y negro, era una cita ineludible con las crónicas de maestros como Emilio Lafferrandierie (El Veco), Carlos Badano y Abayubá Hernández, un gordo bonachón con quien años después pude compartir tertulias en mi pasaje como periodista de Guía Financiera. Ni que hablar el encanto que ejercían en mi los posters de Nacional o de Uruguay cuando se consagraban campeones, los que iban directo a la pared con cinta adhesiva y significaban la muerte inminente para la pintura al retirarlos.

Recuerdo los rezongos de abuelo y mamá por empezar a leer el diario por la última página de la segunda sección, lo que el mismísimo doctor Sócrates, ídolo del fútbol brasileño, criticó alguna vez en la gran mayoría de los jugadores.

Dejando atrás el deporte, pronto llegaron los tiempos de apertura democrática para el país y ahí sí, con 13 años y en ocasión de las elecciones internas de 1982, la política se convirtió en una pasión, alimentada por la lectura de la prensa de la época y por conversaciones fermentales en mi familia a la hora del almuerzo o la cena.

Pasaron así por mis manos los editoriales, las portadas del diario con la foto icónica de Batlle con su sobretodo en la escalinata de la quinta de Piedras Blancas y la frase “Siempre al servicio de la libertad”, así como el suplemento “La Semana”. Ni que hablar también aquellas separatas especiales con la cobertura de las elecciones de 1984, el triunfo de Julio María Sanguinetti y finalmente de la toma de posesión del mando el 1 de marzo de 1985.

Sin embargo, no todo era alegría y esperanza entonces, ya que el país estaba sumergido en una profunda crisis económica y social, que también era reflejada en la portada de El Día con “Sufrido”, aquel entrañable personaje de Horacio Guerriero (Hogue) que supo mimetizarse con el sentir del pueblo, las protestas, los cacerolazos, los apagones, las imágenes en crudas viñetas sobre la pobreza y la fragmentación social que la dictadura nos dejaba como única herencia.

Matizaba toda aquella lectura con el suplemento cultural color sepia, fundado en 1932 por Lorenzo Batlle Pacheco, y en el que podía aprender más sobre mis otras pasiones como la literatura, los museos, la pintura y la escultura.

Pero El Día no sólo era lectura, eran también vivencias y relatos de mi abuelo, que entró a trabajar al diario en 1929 con 11 años, empleado por el propio Batlle al morir su padre, amigo de Don Pepe.

Atesoro con amor los cuentos de mi abuelo, a quien Batlle alguna vez lo llevó de la mano a recoger uvas por su quinta.

Fue él también quien me contó que un día Don Pepe liberó a unos pájaros que tenía enjaulados, ya que con su particular cariño por los animales, no los podía ver encerrados, ni mucho menos sufrir, tal como escribió Domingo Arena en un recordado artículo titulado “El humanitarismo de Batlle”.

El trato por demás humano, casi familiar que le dispensaban allí en Piedras Blancas en ocasión de sus visitas mientras fue cadete en su adolescencia, Rafael Batlle Pacheco y su esposa Anita Cherviere, también eran recuerdos muy gratos que mi abuelo me transmitió.

Sin dudas que todo aquello fueron insumos, sumas de pequeñas y grandes cosas que marcaron de forma indeleble mis ideas batllistas de libertad política y democracia, republicanismo, justicia social, humanitarismo, el compromiso con los más débiles y la convicción de que es preciso vivir la vida de forma digna, que valga la pena vivirla.

No menos importante, es que El Día, terminó de despertar mi vocación por el periodismo, vocación que me acompañó desde niño en los periódicos escolares impresos en mimeógrafo y me permitió junto a los estudios de Ciencias de la Comunicación poder ejercer luego esta apasionante profesión en distintos medios.

Como reflexión final, por cierto que me quedó en el debe no haber podido integrar el staff de El Día en aquella versión de papel, pero hoy sí lo puedo hacer en este formato digital, adaptado a los tiempos modernos y que tiene en la orientación que lo inspira, el compromiso con las ideas y la pluralidad de opiniones que tuvo Don Pepe desde aquel ya muy lejano 16 de junio, compromiso que más que nunca se proyecta hacia el futuro.

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