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Einstein en Uruguay.  
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Einstein en Uruguay.  

En 1923, Albert Einstein, de 45 años, recibe dos invitaciones casi simultáneas desde Argentina. La primera cursada por la Universidad de Buenos Aires a través de Jorge Duclout y la segunda por la Sociedad Hebraica, que se la hizo llegar a través del amigo del físico, Paul Strauss.  

Los israelitas fueron quienes más aportaron para financiar el viaje.  Los judíos de Argentina también desempeñaron un rol importante para que Brasil fuese incorporado en la gira sudamericana. De hecho, dice Diego Moraes en su libro «Einstein en Uruguay» , fue Jacobo Saslavsky, presidente de la Jewish Colonization Association,  quien se contactó con el rabino Isaiah Raffalovich, homólogo de Brasil.

Contextualizamos la invitación en momentos que la inmigración judía a América del Sur estaba empezando a cuestionarse.  Los hispanoamericanos buscaban agricultores, expectativa a la cual los judíos no supimos responder a grandes rasgos.

Los universitarios uruguayos no quisieron quedarse atrás y encomendaron a Amadeo Geille Castro que convenciese al físico de visitar nuestras playas.  La iniciativa partió del Consejo de la Facultad de Ingeniería y Ramas anexas. En tránsito hacia Buenos Aires,  el barco amarró en Montevideo.

En Uruguay fue entrevistado por EL DIA, que destacó la sencillez de Einstein y lo solícito que fue con la prensa.

El 23 de abril de 1925 volvió a nuestro puerto en el Vapor de la Carrera, en respuesta a la invitación que se le había cursado. El vespertino El Diario describió el recibimiento popular montevideano como un espectáculo inusitado y comparó aquella multitudinaria concurrencia en el puerto, con la bienvenida que se había ofrecido a la selección uruguaya de fútbol que había obtenido la medalla de oro en las Olimpíadas de Colombes.  

En nuestro país se pactó un encuentro con el sabio Carlos Vaz Ferreira. Por correspondencia, el alemán le había criticado a nuestro filósofo su concepto de verdad. Para el físico la verdad no existe, sino que  solo debe hablarse de la verdad de un enunciado en relación a un conjunto de consecuencias, esto es, a un sistema de coordenadas. En su diario personal, el autor de la Teoría de la Relatividad describió al pensador uruguayo como un tipo fino, oscuro y nervioso, con un mediocre francés y muy tímido. El fotógrafo de El Diario fue quien fotografió a ambos en el banco de plaza que hoy los homenajea.  

El Consejo de Administración Departamental le ofreció alojamiento en el Parque Hotel, pero Einstein declinó la invitación, pues ya había acordado alojarse en la residencia del matrimonio Nahum Rosemblat Esther Filevich. El esposo,  un químico que tuvo distintos emprendimientos comerciales y fue presidente de la Jevrá Kedushá Ashkenazit, lo que hoy denominamos la Comunidad Israelita – Kehilá.  El matrimonio fue padre y madre de los primeros médicos judíos graduados en este país. La casa todavía se conserva  en Avenida 18 de Julio 1515.

En 1925 no existía en Uruguay una facultad de ciencias, así como tampoco ningún instituto u organización que se dedicase al estudio de la física.

La primera  charla académica  de tres que dio en Montevideo fue presidida por Elías Regules, Rector del Universidad de Montevideo, hoy Universidad de la República. Tuvo  la presencia de dos mil oyentes.  Otro nombre que hoy coloniza el mundo jurídico, el cónsul de suiza en Uruguay y abogado Max Guyer, acompañó las conferencias del ganador del Premio Nobel junto a las autoridades de la época: el Ingeniero José Serrato, presidente de la República, Carlos María Prando, ministro de Justicia e Instrucción Pública y Juan Carlos Blanco, de Relaciones Exteriores. Luis Alberto de Herrera lo visitó en una cena recepción de la colectividad alemana. Todavía no había nacido el nazismo.

En su diario de viaje, cuenta Diego Moraes que el físico escribió sobre nuestro país:

«Uruguay, pequeño y feliz país, no solo tiene una naturaleza amable, con un clima agradablemente cálido, sino también instituciones sociales ejemplares (protección de la madre y el niño, cuidado de ancianos y niños ilegítimos, jornada laboral de 8 horas, día de descanso). Muy liberal, Estado completamente separado de la Iglesia. Situación algo similar a la suiza. Fue mucho más humano y agradable que en Buenos Aires, a lo que contribuyeron las dimensiones más pequeñas del país y la ciudad, por supuesto. La gente recuerda a los suizos y holandeses. Modesta y natural. ¡Que se vayan al diablo los grandes países y su locura! Los cortaría en pedazos».

Entrevistado por nuestro diario, manifestó lo siguiente sobre la situación de sus correligionarios (elijo ese término por comodidad- ya que el sabio era panteísta, a-religioso y sionista):

«Necesario se hace considerar, al ocuparnos de la situación de los hebreos en los distintos países del globo, los aspectos morales y políticos del problema.

El primero de ello depende casi exclusivamente de la naturaleza de los pueblos donde aquellos viven.

Así, por ejemplo, en Italia son en tal forma semejantes, los israelitas a los nacionales, tanto por sus sentimientos cuanto por sus ideas, que se sienten verdaderos hijos de ese país.

«No pasa lo mismo en Alemania o los Estados Unidos. Hay entre los judíos y alemanes o americanos una profunda diferencia espiritual.

En tales circunstancias, los hebreos suelen seguir una de estas dos orientaciones colectivas: bien buscan asimilarse a la civilización del país en donde viven o ya se aíslan del mismo, conservando en un círculo de hierro su cultura y su tradición.

Entre los que siguieron esta última tendencia que ha quedado viva el amor a la patria y son ellos los que en los actuales momentos encabezan el movimiento de reconstrucción de Palestina, que señala un verdadero renacer del alma colectiva.

Son ellos los que a pesar de las circunstancias modernas, que atentan contra toda unidad de pensamiento, han mantenido la vida de un pueblo, en el cual no existía el poderoso vínculo del pedazo de tierra en común, puesto que solo había para ellos como motivo de unión un recuerdo y un ideal.

Son ellos, en fin, los que han conservado las virtudes de la raza y la unidad moral del pueblo hebreo.

Pero hoy las circunstancias son muy otras. Y ese aislamiento resultaría perjudicial tanto para los hebreos como para los pueblos donde ellos hacen su vida.

El judío tiene su patria. Y Palestina será para nosotros y para el mundo un verdadero centro de cultura y civilización».

Respecto a la Universidad Hebrea de Jerusalém le dijo a nuestros colegas de La Mañana:

«Es su señal más ostensible la creación de una Universidad hebrea en Palestina, que más bien que el carácter de una casa de enseñanza tendrá el de un laboratorio de investigaciones sobre el pasado y sobre la historia de nuestra tierra, pero que es, no obstante, suficiente para demostrar que nos hemos unido en este esfuerzo nacional, porque de tanto en tanto sentimos el aguijón de nuestra conciencia de pueblo. No es posible determinar hasta dónde llegará este movimiento, ni si él será suficiente para logar el anhelo inalcanzado de la patria judía. Muchas veces las aspiraciones colectivas tienen que subordinarse a las necesidades individuales. No es posible saber hasta dónde nuestros hombres esparcidos por todo el mundo para dar satisfacción a las apremiantes exigencias de la vida, podrán colaborar en este resurgimiento nacional que se levanta con fuerza propulsora.

Sobre el futuro del pueblo judío yo solo me atrevería a hacer esta indicación: sin aislarnos totalmente, porque ello no lo permite nuestra posición material y económica, tratar de conservar socialmente una ligera separación y mantenernos en un digno distanciamiento, para evitar los posibles rozamientos que podrían sobrevenir en nuestra convivencia con aquellos pueblos que no armonizamos y, sobre todo, para conservar  intactas las virtudes de la raza trabajadora y mártir».

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