El invierno y el verano, en el Norte y el Sur de América, vinieron con cambios. En Estados Unidos a pesar de unas temperaturas que hicieron estragos por la capital, más de uno templó el ánimo al leer varios de los decretos de Donald Trump, que inauguró su nueva Administración con una cantidad de regulaciones que bien podrían ser un “manifiesto” de visiones un tanto extremas.
Por estos lares, empero, el calor del verano trajo consigo los últimos toques para la conformación de un gobierno que, si no reparásemos en los detalles, parecería absolutamente incompatible con las tendencias que van tomando forma en el Norte.
Pero cabe preguntarse, en estos días en que las posiciones se resuelven entre los extremos, si realmente las incompatibilidades son ciertas e insalvables.
En realidad, no tanto. Estados Unidos seguirá siendo Estados Unidos a pesar de su nuevo presidente y lo mismo pasará en Uruguay. Las frases grandilocuentes del tipo “no los necesitamos” en referencia a las definiciones político-económicas que regirán las relaciones entre la Administración Trump y Latinoamérica, sin dejar de ser bravatas verbales, parece más dirigidas a la tribuna que a marcar la realidad.
En un mundo muy interconectado, pautado por la competencia comercial entre Estados Unidos y China, como que es difícil la prescindencia de actores que juegan su papel. Esto, que resulta casi de perogrullo, no obsta que desde quienes vociferan para el azuzar el fuego de los radicalismos, insistan desde y hacia donde se pueda para que cualquier dicho o señal se convierta en una tragedia.
Para botón de muestra, el gesto del inefable Elon Musk, que terminó siendo disecado por periodistas, políticos, sicólogos y tertulios para ver si era –sí o no– una emulación del repugnante saludo hitleriano. Claro, depende de la posición que tomemos, los intereses o el gobierno favorecido por el magnate, ya agregará, en las mentes de muchos, una nueva carga negativa.
Tal vez sería más importante, en vez de distraer el tiempo la energía y esa suerte de prédica de confrontación, pensar profundamente cuáles son la implicaciones de los ultra millonarios con intereses muy definidos, integrando gobiernos. Posiblemente nos obligaría a pensar cómo limitar el poder desde las regulaciones estatales. . .
Pero no. Parecería que el divisionismo, inoculado por gotas, desde lo gestual o la apelación a la simplicidad malsana de generar o revivir resentimientos, es un ejercicio politico que rinde más que el pienso.
Es que se necesitan dos para el tango. Y si, finalmente, unos realimentan a los otros, promoviendo el maniqueísmo bruto, mejor. El sentido crítico no gana elecciones, parecería.
Saliendo de la liviandad que nos permite el verano, no estaría de más ponerle atención a las exageraciones con que se toman las señales de los hunos y los otros para saber quienes queremos ser cuando se trata de construir república.
