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Disfunción judicial: más tecnología, menos eficiencia
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Disfunción judicial: más tecnología, menos eficiencia

Este viernes la intergremial que integran cinco asociaciones de funcionarios judiciales decretó un paro de 24 horas sin guardia gremial. De acuerdo a los operadores jurídicos la medida tuvo uno de los mayores grados de adhesión de los últimos años.

El motivo fue publicitado contundentemente: se solicitó a la Suprema Corte de Justicia el cese de Marcelo Pesce, a quien se responsabiliza de “prácticas que determinaron graves perjuicios en las condiciones de trabajo, un fuerte impacto en la salud de todos, y además la irreparable pérdida de un compañero”. 

Voceros del gremio denunciaron un clima insoportable en los Servicios Administrativos del Poder Judicial, que incluiría medidas draconianas tales como que los funcionarios no debían hablar entre sí, no podían almorzar en ciertas condiciones, ni debían salir del recinto, además de ser vigilados por cámaras de circuito cerrado o control de redes. 

Además, los sindicatos se quejaron de ser amenazados con medidas disciplinarias consistentes en  sanciones preestablecidas a las que atribuyen la terrible decisión del funcionario.

La situación denunciada se registra en un departamento no abierto al público, por lo que era ajena tanto para los empleados que tratan con el público, como para los abogados, escribanos, peritos, notificadores y las partes.

Seguramente la situación será abordada de acuerdo al ordenamiento jurídico y a lo que dictan las normas que regulan el acoso laboral. Cabe desear que el punto tenga un tratamiento y una resolución digna del Poder al que afecta.

Pero no es éste el único punto que compromete a Pesce. Desde que se emplazaron los Juzgados de Paz y de Conciliación en la calle 25 de Mayo 500 algo cambió en la justicia, y cambió para mal.

Los jueces ya no tienen despacho, ahora ocupan rotativamente “salas” impersonales que les quitan sentido de pertenencia y la autoridad administrativa sobre la Sede. Parecen apenas un engranaje administrativo computarizado que desdibuja su tradicional autoridad. Y en este cambio drástico hasta parece una falta que el magistrado reciba a un abogado, casi que arrojando un manto de duda sobre la objetividad y rectitud del juez. 

Al desaparecer la “baranda” del juzgado y el funcionario que atendía tras la misma, apenas si existe un área de unos 60 m2 donde -previa agenda- los abogados son recibidos por esforzados funcionarios que muchas veces ignoran la “vida” de un expediente, y otras tantas tienen que dar la mala nueva de que el legajo para el cuyo análisis el letrado tenía hora, no está disponible. El funcionario queda incómodo y los abogados se frustran —el tiempo es oro.

Ver a los funcionarios y las funcionarias paseando carritos plásticos negros llenos de expedientes que van y vienen no se sabe ni desde donde salen ni a dónde van, recuerda como los juzgados han pedido control sobre sus casos.

Los Actuarios y las Actuarias ya no pertenecen a un Juzgado; sus delicadas funciones son asignadas según criterios de ordenación informáticos: los que estudian títulos, los que notifican y así. Se acabó la vigilancia actuarial del expediente, y como se extrae del gracejo popular, “muchas manos en un plato…”

El proceso se enrareció por una histeria informática incomprensible. Ya es bastante tener que constreñir la libertad, el honor, el patrimonio, las razones, deseos y sueños de cualquier ser humano en sociedad dentro de los límites de un expediente, como para pretender, ahora, que el mismo  -y la suma de todos ellos- corra la suerte que le impone un sistema informático mal concebido y peor ejecutado.

Y por poco que se ha legitimado el incumplimiento. Un embargo ejecutivo de trámite antes decretado en 48 horas e instrumentado en 7 días, hoy, con suerte, puede demorar 4 o 5 meses

¿Un botón de muestra de la ineficiencia e ineficacia? Los Juzgados Letrados funcionan mejor que los de Paz, y eso que aquellos requieren del cuidado de causas más complejas, por cuantía, que lo que conocen éstos. Es que allí donde no llegó la agenda, la agenda frustrada, la demora innecesaria, la atención fuera de hora, y el pasaje mecánico a la Oficina Actuaria (a la que se satura), las cosas funcionan mejor.   

Tal vez sea hora de revisar los procesos, contrastar los objetivos con los resultados y aprovechar la tecnología no para despersonalizar las necesarias relaciones humanas que deben existir tras la justicia, sino para servir con eficiencia a las partes del proceso. 

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