Quien fue arquitecto de la reforma del 96 ahora propone una enmienda constitucional para suprimir las internas y resucitar, en versión híbrida, el viejo doble voto simultáneo. La historia política —y también la religiosa— advierte algo incómodo: las contrarreformas suelen llegar tarde; más que renovar a las instituciones que dicen proteger, tienden a conservarlas a un alto costo y con menos vitalidad.
De Trento a Martínez Trueba
La Contrarreforma católica, tras Lutero, reforzó dogmas y centralizó poder para frenar el cisma, al precio de guerras y de un largo estancamiento intelectual.
Hoy, un eco de esa lógica aparece en la propuesta de Julio María Sanguinetti: eliminar las internas de junio y permitir que, en octubre, cada lema presente varios candidatos presidenciales, manteniendo el balotaje entre los dos más votados. Es un regreso parcial al doble voto simultáneo —el sistema pre-96 que él mismo ayudó a desterrar por “confuso y arcaico”— encapsulado en la segunda vuelta que introdujo la reforma de 1996.
El reformador de ayer aspira a intervenir sobre la criatura institucional que ayudó a parir. La escena tiene, al menos, una cierta contradicción histórica. Y para quien escribe, como para no pocos batllistas, contradecir un planteo de Sanguinetti no deja de ser incómodo en lo personal, por la consideración y el respeto que merece su figura. Precisamente por esa valoración sentimos el deber de expresar un punto de vista divergente, dada la importancia del tema en juego.
La reforma del 96, costo colorado
La reforma de 1996 se presentó como modernización: internas simultáneas con candidato único por partido, elección nacional en octubre, balotaje si nadie supera el 50 %, y departamentales al año siguiente. Desde el punto de vista institucional, ordenó el calendario y facilitó mayorías presidenciales más claras.
La discusión, sin embargo, no empezó allí. Ya a comienzos de los 90, Luis Alberto Lacalle Herrera había impulsado la idea de abandonar el doble voto simultáneo y avanzar hacia una elección presidencial más personalizada, con mayoría absoluta y balotaje, en nombre de la gobernabilidad. Sanguinetti, en su segundo gobierno, tomó esa agenda, la hizo propia y la llevó a término en clave de acuerdo Colorado–Nacional. La reforma del 96 cristalizó esa convergencia entre batllismo de gobierno y herrerismo modernizador.
Para el Partido Colorado batllista, el saldo fue otro. Bajo la vieja Constitución, el batllismo había funcionado como una suerte de partido al estilo uruguayo: abierto, policlasista, reformista, con comités, prensa y redes sociales y culturales que le daban identidad y fuerza territorial. La reforma, pensada en parte para ordenar ese pluralismo, terminó consolidando un escenario tripolar donde el Frente Amplio emergió como primera fuerza y el PC inició un declive pronunciado.
La secuencia es conocida: tras la primera elección post-reforma el PC conserva la Presidencia; pocos años después cae a guarismos de partido menor y queda relegado tras el FA y el PN. Se ha tendido a atribuir esa caída casi exclusivamente a las crisis del gobierno de Jorge Batlle y a la tormenta económica de comienzos de siglo. Esa lectura tiene su parte de verdad, pero omite una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el Partido Colorado llegó a esas crisis ya debilitado por una reforma que lo desarmó territorialmente y transformó la competencia interna por la candidatura en una carrera cada vez más dependiente de aparatos nacionales y acuerdos de cúpula?
La reforma del 96 ordenó el sistema, sí. Pero para el Partido Colorado, la factura fue alta.
La contrarreforma: doble voto sin internas
En una reciente entrevista en En Perspectiva, Sanguinetti defendió su nueva propuesta como una “racionalización”: acortar el ciclo electoral, evitar la fatiga de los votantes, permitir múltiples presidenciables por lema en octubre y mantener el balotaje entre los dos primeros. Ha llegado incluso a calificar las internas de “diabólicas”, y ha sostenido que la reforma del 96 buscaba, entre otras cosas, evitar la fragmentación política que, a su juicio, precedió al triunfo de Allende en Chile.
La escena vuelve a mostrar una contradicción nítida. En los años 90, la reforma se promovió para dejar atrás el doble voto, visto como distorsionador del viejo bipartidismo. Tres décadas más tarde, se propone reintroducirlo parcialmente en nombre de la simplicidad: menos elecciones, menos gastos, menos campañas.
No está claro si esa aspiración a tener varios candidatos por lema en octubre apunta, además, a habilitar algún tipo de lema común con los blancos. Lo que sí resulta evidente es la voluntad de suprimir las internas, usando como explicación casi exclusiva la extensión del ciclo electoral. Como si el problema central estuviera en el calendario y no en la anemia política de los partidos. Para no pocos batllistas que aspiramos a un Partido Colorado autónomo y con identidad propia, la combinación de lema común y eliminación de las internas no es una variante técnica: es sencillamente inaceptable. El argumento de que, bajo un lema compartido, podría preservarse la autonomía partidaria y evitarse en los hechos una fusión resulta increíble e inviable.
Coalición, antifrenteamplismo y “lacallización”
No es casual que, en estos meses, Sanguinetti y Lacalle Herrera hayan firmado juntos el prólogo del libro La Coalición Republicana, del politólogo Francisco Faig, donde se propone un pacto electoral de largo aliento entre los partidos de la coalición. Allí se superponen el impulso por “ordenar” el sistema y el antifrenteamplismo estratégico. Más que reconstruir partidos con identidad propia, pesa la preocupación por asegurar dispositivos de acumulación de votos entre el Partido Colorado y el Partido Nacional.
En ese marco, mantener el balotaje y conservar la lógica de que “pasen dos” casi siempre conduce al mismo cuadro: un candidato oficialista del Frente Amplio y otro de la oposición. Si ese segundo candidato representa apenas a una fracción de uno de los partidos opositores, sus chances serán escasas. De allí la tentación de diseñar reglas que empujen a convergencias previas, aun al precio de reducir la autonomía y la vida propia del Partido Colorado. El riesgo deja de ser solo el de una “herrerización”: se parece más a una “lacallización” del espacio no frenteamplista, donde las decisiones estratégicas se tomen afuera y con criterio ajeno.
Internas y último vínculo con la sociedad
El problema del Partido Colorado no estuvo en la mera existencia de internas, sino en su incapacidad para convertirlas en un mecanismo de renovación doctrinaria, generacional y territorial. Es justo admitir, al mismo tiempo, que las internas tal como hoy existen tienen sus distorsiones: tienden a generar un cuerpo electoral con escasa autonomía respecto de los grandes sectores, con convencionales que llegan por arrastre de listas atadas a un precandidato más que por su vínculo con la vida partidaria en el territorio.
Pero el planteo de Sanguinetti omite una cuestión decisiva: no explica cómo se integraría esa orgánica si se eliminan las internas. Hoy, mal o bien, los órganos del partido se terminan enfilando detrás de grandes sectores; suprimir la instancia interna no corrige ese problema, solo lo traslada a una zona aún menos transparente, más dependiente de acuerdos de cúpula. El ejemplo del Frente Amplio en 2009 mostró que unas internas bien planteadas también pueden revitalizar a un partido.
Desde el punto de vista democrático, el riesgo de la contrarreforma es claro. Las internas, con todos sus defectos, ofrecen una forma de participación directa en la definición de la oferta política. Eliminarlas significa desplazar esa deliberación hacia ámbitos reservados. Y, para el Partido Colorado, puede implicar un segundo golpe estructural: después de una reforma que lo dejó sin red territorial sólida, renunciar también a las internas —último vínculo orgánico entre sociedad y partido— es una apuesta demasiado costosa.
El batllismo: partido o lema vacío
Para el batllismo, el dilema no es “internas sí o no”. Es mucho más hondo: ¿queremos un partido que vuelva a ser comunidad política —con ideas, militancia y proyecto— o resignarnos a un lema formal y vacío, disponible para ingenierías coyunturales?
Las internas pueden ser tediosas e imperfectas, pero suprimirlas para concentrar la decisión en pocos dirigentes equivale a admitir que se desconfía de la propia base colorada y de su capacidad para opinar sobre el rumbo del partido. La Constitución no debería funcionar como un catecismo que se ajusta cada vez que una dirigencia se siente incómoda con la realidad. Es cierto que nadie puede sostener que una reforma constitucional deba pensarse para salvar o favorecer a un partido en particular: su justificación solo puede ser la mejora del sistema político en su conjunto. A mi modo de ver, en 1996 se acertó en el plano institucional, pero se subestimó el costo que la reforma tendría para el Partido Colorado; insistir ahora en una nueva reforma que elimine las internas sería reincidir en el mismo error de enfoque. La reconstrucción del batllismo, en cambio, es tarea de los colorados, con ideas, organización y trabajo político, no de una nueva cirugía de calendario.
Y si este debate merece tomarse en serio es, en buena medida, por la trayectoria de Julio María Sanguinetti: dos veces presidente y actor central de la transición democrática. Precisamente por eso, disentir con su propuesta no supone desmerecer su contribución, sino honrarla a la manera batllista: discutiendo de frente, en defensa de un Partido Colorado vivo, autónomo y con futur



YO CREO QUE EL CAMINO DE REFORMAS POLITICAS O ENMENDAR LO QUE FUNCIONA , Y DEJAR DE LA LOS PROBLEMAS DIARIOS DE LAS PERSONAS .
O TIENE SENTIDO CUANDO LAS CARSELES ESTAN ECHAS M ,LAS PERSONAS EN ALGUNOS BARRIOS NO DUERMEN POR LAS NOCHESPOR CULPA DE LOS NARCOS LOS JOBENES NO ESTUDIAN
Y LOS QUE ESTUDIAN NO SABEN QUE HACER CON LO QUE ESTUDIAN PUES NO FUERON FORMADOS PARA LOS EMPLEOS DEL FUTURO .EN FIN .YO NO QUIERO REFORMAS POLITICAS