
Con frecuencia, el talento español se nos escapa entre los dedos. Formamos a universitarios que cuestan mucho al erario público para que luego se marchen a otros países, donde son más reconocidos que en su propia tierra. También pasa lo contrario; recibimos en España a profesionales cualificados, pero no siempre valoramos el sacrificio que hicieron al abandonar su país y, además, experimentamos cierta desconfianza al escuchar sus nombres. Cada vez más, ese recelo recae sobre quienes creemos recién llegados, pero son tan españoles como lo era La Faraona, pues sus padres ya nacieron aquí y estudiaron la primaria con la LOGSE. Hacemos muchas bromas con quienes exigen cuatro apellidos, pero en el fondo no actuamos de forma muy distinta.
A lo largo de los tiempos, por esta piel de toro ha pasado gente heterogénea. Hoy nos creemos muy puros y coreamos cánticos guerreros cuando juega la Selección, pero tantos siglos de conquistas y reconquistas hicieron de la vieja Iberia una auténtica coctelera racial y cultural. Más allá del ADN, nuestra manera de vivir, nuestras costumbres, nuestro arte, nuestra gastronomía o nuestra lengua hablan de la fusión de pueblos que dejaron huella en el presente. España es diversa, por mucho que le pese a los catetos que quieren convencernos de lo contrario, y deberíamos sentirnos afortunados de que así sea. Ahora somos más altos, incluso más guapos, pero no por la nobleza de nuestras raíces, sino porque nos alimentamos mejor que en los tiempos del pan negro, la leche en polvo y la emigración.
Tal vez sobren –sobremos– titulados superiores y falten albañiles, fontaneros, pescadores, camareros o jornaleros. Gracias a quienes nos han gobernado, hace tiempo que España cambió. Nuestro margen de mejora es grande, pero no debería sorprendernos que tantos vean en el nuestro el país en el que emprender la vida digna que no pudieron tener en el suyo. Según el Banco de España, una cuarta parte de nuestra riqueza procede hoy de la contribución de los trabajadores inmigrantes. Sin embargo, no hemos sabido garantizar a todos ellos lo que ya reclamaba Mecano en El blues del esclavo: «… dos pagas, mes de vacaciones y una pensión tras la jubilación».
Esa canción tiene casi cuarenta años. Durante ese tiempo, gobiernos de ambos colores han regularizado la situación de cientos de miles de extranjeros que, desde la pluralidad que a esos catetos les asusta tanto, hoy contribuyen a nuestro progreso. Perdónenme, pero yo también quiero cobrar mi pensión.


