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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
miércoles, febrero 4, 2026

Cuando el Estado no está: el deber de legislar con humanidad

Una sociedad justa no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado cuando una familia enfrenta el diagnóstico de cáncer de un hijo. Es en ese instante en que la vida se detiene, en que todo se tambalea, donde el Estado debería estar. Pero no está.

Y cuando no está, el silencio duele. El sistema se vuelve ajeno, frío, burocrático. Mientras una madre o un padre reorganiza su vida entre hospitales, tratamientos y cuidados permanentes, se enfrenta a una legislación laboral que ignora su realidad. Una legislación que les exige seguir produciendo como si nada pasara. Como si acompañar, sostener, cuidar a un hijo con cáncer no fuera un trabajo en sí mismo.

Hoy, en Uruguay, no existe una normativa general que contemple con claridad la situación de los padres y madres trabajadores cuyo hijo atraviesa una enfermedad oncológica. En el ámbito privado, la ley otorga apenas unas pocas horas al año —muchas de ellas sin goce de sueldo— y sólo si la enfermedad es terminal. ¿Y si no lo es? ¿Y si se requiere el acompañamiento diario, sostenido, humano? El sistema no responde. O peor aún, responde con frialdad burocrática, obligando a padres a fingir enfermedades propias, a recurrir a certificaciones psiquiátricas injustificadas, o a poner en riesgo su estabilidad laboral por cumplir con su rol más básico: cuidar.

Esta es una realidad silenciada, desprotegida, injusta. Pero también es una oportunidad: la de construir un derecho que humanice las relaciones laborales, que reconozca el valor del cuidado, que contemple el dolor ajeno y lo traduzca en amparo legal. Una oportunidad de hacer política con sentido, con sensibilidad, con compromiso por quienes hoy no tienen voz.

Por eso impulsé el proyecto de ley “Ley Facundo”. Porque cuidar también es un derecho. Porque el Estado no puede ser ajeno al sufrimiento de sus ciudadanos. Porque es inadmisible que ante un diagnóstico de cáncer infantil, la respuesta del sistema sea el vacío normativo, la improvisación o la negación.

La iniciativa propone una licencia especial con goce de sueldo para trabajadores que deban acompañar a sus hijos diagnosticados con cáncer. Establece también una licencia por duelo en caso de fallecimiento, reconociendo que la pérdida de un hijo no se tramita en tres días hábiles. Propone protección legal frente al despido y pone fin al estigma que pesa sobre quienes, ante la falta de herramientas, terminan patologizando su dolor para justificar una ausencia.

Este no es un proyecto costoso ni de impacto masivo. Es un proyecto de sensibilidad, de justicia, de humanidad. No transforma al país en números, pero sí en valores. Y es allí donde radica su urgencia: en recordarnos que el Estado debe estar, sobre todo, cuando más se lo necesita. Porque el verdadero costo es el de no hacer nada, el de seguir invisibilizando, el de seguir exigiendo heroísmos individuales ante dramas colectivos.

La “Ley Facundo” no es solo una norma. Es una respuesta ética. Es un acto de reparación frente a quienes han tenido que soportar el dolor en soledad. Es también una manera de decir, como sociedad, que no todo se mide en eficiencia o productividad. Que hay momentos en la vida en que lo más importante no es producir, sino sostener. No es trabajar, sino estar. Acompañar. Amar.

Porque cuando la vida se pone cuesta arriba, el país tiene que estar del lado de las familias. Porque una sociedad que no cuida, no crece. Una legislación que no contempla estas situaciones es una legislación incompleta. Legislar con humanidad es, en definitiva, entender que el derecho también debe abrazar.

Y también porque legislar no es solo dictar normas: es escuchar, entender y transformar el dolor en derechos. Es reconocer que detrás de cada historia hay una madre o un padre haciendo malabares entre el trabajo y el hospital, entre el miedo y la esperanza. Es, en definitiva, construir un Estado más empático, más humano, más justo.

En Uruguay, necesitamos avanzar hacia un modelo de protección social más justo y más consciente. Un modelo que no le dé la espalda al sufrimiento real, al drama humano que no siempre sale en los titulares pero que golpea con fuerza en miles de hogares. Esta ley no resuelve todo, pero abre una puerta. Marca un rumbo. Y pone en el centro a quienes más lo necesitan.

La “Ley Facundo” no es solo una ley. Es un mensaje claro: en Uruguay, el cuidado también importa. Y en Uruguay, ninguna familia debería enfrentar sola su batalla más difícil.

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