Cuando 2+2 da 5

La historia tiene una particularidad incómoda: insiste en repetirse.
Y cuando se trata de regímenes comunistas clásicos, la repetición es casi administrativa. Como si hubiera un instructivo con tapa roja que dice: “Cómo fracasar en 12 pasos (edición revisada)”.

El siglo XX dejó un inventario generoso: economías centralizadas que prometían igualdad y terminaron por administrar la escasez. Estados que prometían liberar al pueblo… y terminaron por liberarlo de la carne, la leche, el papel higiénico y la opinión.

La Unión Soviética colapsó con la elegancia de un edificio diseñado por un dentista.
Europa del Este se desplomó como manual ideológico al primer contacto con la economía básica.
Corea del Norte sigue funcionando como un museo interactivo del siglo pasado.
Y Venezuela es hoy un caso de estudio sobre cómo convertir el país con las mayores reservas de petróleo del mundo en una máquina de pobreza, inseguridad y emigración masiva.

El patrón es casi didáctico:
cuando el Estado controla los precios, la producción, la moneda, el comercio exterior y hasta la respiración económica de sus ciudadanos, la eficiencia se evapora. La escasez no es un accidente; es el resultado lógico de tratar a la economía como si fuera un comité.

Ahora bien, hay dos excepciones que suelen citarse con entusiasmo: China y Vietnam.

Y es cierto: no colapsaron económicamente.

Pero tampoco funcionan como los manuales marxistas soñaban.
Son, en los hechos, sistemas de capitalismo de Estado bajo dirección autoritaria. Mercado, inversión extranjera, zonas económicas especiales, competencia exportadora feroz. Partido único, sí. Pero apertura económica estratégica.

No derrotaron al capitalismo.
Lo absorbieron.
Lo disciplinaron.
Lo administraron.

Los dos “éxitos” comunistas del siglo XXI funcionan gracias a mecanismos que el comunismo clásico definía como degeneración burguesa. Ironía histórica de nivel olímpico.

Y llegamos a Cuba.

Sesenta y siete años después de la revolución, la isla vive su versión extendida del “Período Especial”. Apagones diarios. Escasez crónica. Inflación con vocación de atleta. Una migración que vota con los pies porque no puede votar con urnas.

El modelo económico cubano nunca logró sostenerse sin subsidios externos: primero, de la URSS; luego, de Venezuela. Cuando esos salvavidas se agotaron, la fragilidad quedó expuesta.

Hoy, mientras Estados Unidos mantiene sanciones pero también negocia canales de alivio y entendimiento —porque en política internacional no existen vacíos eternos—, el régimen intenta sobrevivir administrando aperturas parciales y controles intactos.

Y aquí aparece la escena curiosa:
Washington, el eterno villano de la narrativa revolucionaria, sentado a negociar una salida gradual.

Estados Unidos, negociando.

¿Y los demás?

¿Dónde están las grandes potencias revolucionarias?
¿Dónde está la solidaridad económica ilimitada?
¿Dónde está el bloque alternativo dispuesto a sostener el modelo?

China invierte cuando le conviene.
Rusia promete más de lo que puede.
Venezuela… bueno, Venezuela tiene bastante con su propio manual.

La revolución, al final del día, parece tener menos amigos de los que proclamaba.

Lo interesante no será lo que pase en La Habana.
Lo interesante será escuchar ciertas declaraciones en Montevideo cuando algo cambie.

Porque para algunos, cuando el modelo económico se asfixia por diseño propio, la explicación suele tomar un vuelo directo hacia el norte.

Habrá denuncias de “injerencia”.
Y probablemente nadie quiera mirar el dato incómodo: que la planificación central rígida, el monopolio estatal y la asfixia productiva generan exactamente los resultados que se vienen generando desde hace un siglo.

Habrá discursos sobre “soberanía vulnerada”.
En Cuba, la soberanía dejó de ser una facultad ejercida por la ciudadanía para convertirse en un patrimonio administrado por el Estado. Y cuando el Estado no admite alternancia ni disenso, la soberanía se gestiona, se conserva, se invoca; pero no se ejerce. La soberanía, cuando es plena, exige algo más incómodo que la retórica: poder efectivo y pueblo activo. Sin una de las dos, queda el concepto. Sin ambas, queda apenas la palabra.

Habrá editoriales sobre el imperialismo eterno.
El imperialismo, en algunos relatos, funciona como el Wi-Fi emocional de la política: si algo no anda, la culpa es de la señal extranjera.

Siempre está.
Siempre opera.
Siempre conspira.
Y, curiosamente, siempre explica todo… menos los errores propios.

Aprender de la historia no es traicionar ideales.
Es evitar estrellarse contra la misma pared una y otra vez.

China y Vietnam entendieron que el dogma no paga salarios.
Cuba aún pelea contra la aritmética.

Sin embargo, hay dirigentes en nuestro país que, cada vez que la historia vuelve a dictar examen, eligen culpar al pizarrón antes que admitir que la fórmula estaba mal planteada desde el principio. Quizás algún día entendamos que no se trata de izquierda o derecha como etiquetas románticas, sino de modelos que produzcan prosperidad real, libertad real y dignidad real.

Mientras tanto, la historia seguirá haciendo lo suyo.

Repetirse.

Y esperar, con paciencia infinita, que algunos tomen nota.