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Editor responsable: Rafael Franzini Batlle
sábado, enero 17, 2026

Contradicciones

 

El periodo navideño es una carrera de obstáculos que se disputa en el estadio del caos. Gira en torno a una celebración religiosa explotada por los mercaderes del templo desde antaño. Lo que comienza con la lotería concluye en un mercado persa que poco tiene que ver con un humilde portal en Cisjordania. Entre ambas celebraciones, el brillibrilli de la nochevieja aporta el toque jaranero que predispone a abordar el nuevo año con tanta incertidumbre como fingido optimismo.

Yo soy un tío del montón que nació en una de tantas familias españolas. No me preguntaron si quería bautizarme, aunque luego dejé que me casaran siete curas en la Capilla de la Universidad. Mi dedicación al ritual se limita a la cortesía y no indago demasiado en torno a Dios porque, si existe, no se puede explicar con ayuda de la razón humana. A pesar de ello, no sólo respeto cualquier creencia, sino que me siento orgulloso de mis raíces; no creo que haya regla más simple y justa que amar al prójimo como a uno mismo. A lo largo de la historia, demasiada gentuza se ha empeñado en enfrentarnos. En Salamanca, el Edificio de las Tres Culturas se cae a trozos en la Rúa sin que nadie haga nada para evitarlo.

Comienza el año sin perspectivas de cambio. El poder seguirá mancillando la concordia predicada por los grandes credos. La hipocresía en las pequeñas cosas es inherente al ser humano, pero es poco decoroso invocar a la divinidad para perpetrar atrocidades. El emperador de occidente, aspirante a Nobel de la Paz, ha fundado una Oficina para la Fe y se rodea de pastores. Simultáneamente, desata batidas para cazar inmigrantes que exporta a cárceles construidas a miles de kilómetros, con celdas sin ventanas ni colchones en las que conviven más de cien presos.

El inmigrante es hoy el nuevo homo sacer del derecho romano más arcaico; la persona excluida de las leyes y la religión, sin derechos, que podía ser asesinada sin que nada ocurriese. En España, cuatrocientos inmigrantes fueron desalojados en vísperas de Navidad de un edificio público abandonado. La mayoría eran trabajadores sin medios para existir dignamente. Muchos siguen hoy viviendo bajo un puente. Si hubo delincuentes entre ellos, que el juez lo diga y aplique la ley; pero no me vengan con villancicos desde los balcones de palacio, que hace frío. Dar de comer al hambriento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo. No se pueden defender al mismo tiempo los pilares del cristianismo y la criminalización sistemática del extranjero. Del extranjero pobre, para ser más precisos.

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