Decíamos en nuestro editorial especial, la semana pasada, tras la invasión de Estados Unidos a Venezuela que depuso a dictador Maduro:
“El estado de cosas da para muchas conjeturas, pero sin información calificada no parece que el momento sea propicio.
Sí lo es en cambio . . . que organismos internacionales traten de poner equilibrio en estas horas complejas. Si no se procura, en instancias como esta, respaldarse en el Derecho Internacional, la situación puede tornarse aún más violenta para el pueblo venezolano, que ya ha padecido hartas horas aciagas.
Porque Venezuela no es una democracia, ni Estados Unidos el policía del mundo. Los riesgos y horrores de una cosa y la otra son conocidos.
El abandono del multilateralismo, empezando por el que los propios países hacen de él muestran que haberlo dejado de lado terminan en episodios horribles como este”.
El centro, pues, del editorial, podríamos resumirlo así. Primero, que el régimen de Maduro era ilegítimo, lo mismo la acción de la Administración Trump. Segundo, que la información era escasa e incompleta. Y, tercero, que era necesario insistir en la necesidad del Derecho Internacional y el multilateralismo.
Al día de hoy, el mundo ha sido bombardeado con información —de la buena, la mala y falsa— sobre el suceso. Por eso preferimos plantear algunos puntos a partir de un extenso reportaje que Trump concedió al The New York Times.
Es posible concluir, por lo que viene aconteciendo, que: El régimen en Venezuela no ha cambiado, aunque, a juzgar por el uso que se le dará al petroleo venezolano interceptado en el mar por Estados Unidos, y por la (muy celebrable) liberación de presos políticos, podríamos estar frente a un gobierno genuflexo ante Trump.
Teniendo en cuenta las declaraciones del primer mandatario norteamericano que preguntado sobre la duración del “cacicazgo” de Estados Unidos sobre Venezuela, —“tres meses, seis meses, un año, o más largo”—, contestó: “yo diría que mucho más largo”, es posible afirmar que si la actual dictadora del país caribeño, Delcy Rodriguez y sus corruptos acólitos se mantienen no es por otra causa que la precitada genuflexión.
“Nos están dando lo que nosotros sentimos que es necesario” dijo Trump en referencia a la nacionalización de a la infraestructura petrolera construida por compañías estadounidenses en Venezuela y por la cual quiere ser compensado. “Nosotros vamos a estar utilizando el petroleo y vamos a estar tomando petroleo. Estamos bajando el precio del petróleo y le vamos a dar dinero a Venezuela, lo cual necesitan desesperadamente” agregó. Huelgan los comentarios aunque podría afirmarse que de ser así, el “mucho más largo” puede ser terrible.
Huyendo de cualquier teoría “conspiranoica” —y considerando que hasta ahora las razones por las cuales Trump no habló con Corina Machado y descartó a Edmundo González como nuevo gobernante venezolano han sido opacas, sumado a que el mandatario no ha contestado porqué reconoció a la actual dictadora—a este medio le espeluzna aceptar que Estados Unidos está manteniendo una nueva dictadura en América Latina, pero esta vez. . . de izquierda.
“[Trump] reiteró que los aliados de Maduro están cooperando con los Estados Unidos, a pesar de sus declaraciones hostiles” comenta The New York Times. Y por lo que se ve, es así. . .
Mientras tanto, el Papa, se mandó una buena frente a los embajadores acreditados en el Vaticano: condenó la diplomacia basada en la fuerza y se despachó con una frase que le viene como anillo al dedo a todo este entramado, del cual —insistimos otra vez— no sabemos de la misa la media. Las naciones deben seguir el ordenamiento internacional y “no deben depender meramente en las circunstancias e intereses militares o estratégicos”.
León, con los pies en la tierra más que la mirada en el cielo, esperó un tiempo prudencial para pronunciarse, sopesando los dichos de Trump quien afirmó poder guiarse por su “propia moralidad” en lugar del Derecho Internacional. Y no es que necesitemos una iluminación divina —El Día es un medio laico— pero nos resulta acertado que el Papa, a quien nadie le puede negar su influencia mundial, le de a las Naciones Unidas “un rol crucial fomentando el dialogo y el apoyo humanitario, ayudando a construir un futuro más justo”.
Y no sería de extrañar que por esa razón un grupo de congresistas Republicanos hayan votado con los Demócratas para comenzar a debatir los límites a Trump para una eventual nueva intervención en Venezuela.
Mientras tanto, por estos lares, muchos han de estar lamentando sus actitudes tempranas ( y no muy reflexivas) ante este nuevo capítulo del infortunio venezolano. Sobre todo, no haberse ajustado a los datos del momento y hacer lo que correspondía: aceptar que una dictadura fue invadida por una potencia extranjera, y que una cosa no exime a una ni justifica a la otra, justamente por lo que viene ocurriendo: la dictadura sigue y la potencia extranjera se parece peligrosamente a algo que —pensábamos, deseábamos— había quedado atrás.
Y, para colmo, la representación popular de verano no pudo ponerse de acuerdo en cosas que parecerían ser harto simples, como aceptar la realidad.
Pensamos que todo lo que siga haciendo mal el tiránico poder absoluto venezolano y todo lo injusto que ocurra como consecuencia de una injerencia extranjera sin control ha de serle enrostrado a políticos que no vieron más allá de sus cajones ideológicos.
Será un enrostramiento sin mayores penas, lo sabemos, pero que debería ser motivo de vergüenza para quienes nacieron en la patria de Batlle, de Brum, de Herrera y de Larreta.
